Soliloquio
Felipe Flores
El clima de polarización que ha prevalecido en el país de manera singular desde que llegó al poder la 4T ha subido de tono conforme avanza el proceso electoral y sin duda llegará a su máximo nivel después del 2 de junio, cualquiera que sean los resultados.
En ese trance ocurren a diario ataques de todo tipo entre los contendientes, la mayoría fraguados de manera intencional, aunque también hay los que surgen de modo inconsciente, situación que viene a demostrar que no siempre conviene decir lo que se cree o se piensa.
Eso al parecer le ocurrió hace una semana al candidato a la gubernatura por la alianza opositora Eduardo Rivera Pérez, quien sabe bien que en cualquier campaña política los errores suelen pagarse y con frecuencia, a muy alto precio.
El exalcalde de la capital poblana cometió tremenda pifia al llamar “morenacos” a los simpatizantes de Morena y aunque se disculpó con celeridad, el daño de su dicho ya estaba consumado.
Es definitivo que el término naco es despectivo y clasista, fue un error garrafal utilizarlo en un discurso político para aludir al rival y hacerlo además en el ocaso de la contienda electoral.
Wikipedia refiere que naco es una palabra peyorativa de uso frecuente en el español mexicano, que puede traducirse al inglés como clase baja, inculto, vulgar o incivilizado. Un naco, refiere la enciclopedia de consulta libre por internet, suele asociarse con clases socioeconómicas bajas.
Como ya se documentó, la reacción en redes sociales registró efectos adversos al candidato de la coalición PAN-PRI, PRD, tan urgida de adeptos al mantenerse abajo en las preferencias a diez días de los comicios.
Otras mediciones recientes desde el enfoque clasista hacen ver que el 49.3% de los poblanos piensa que de ganar la elección, Eduardo Rivera sólo beneficiaría a los sectores más pudientes, mientras que sólo el 10.8% cree que Alejandro Armenta lo haría.
Por más que Eduardo Rivera diga que al disculparse públicamente mediante un video “el tema está agotado”, es evidente que Morena no lo soltará durante los pocos días que restan de campaña.
En ese contexto se entiende que el pasado lunes, el secretario general de Morena en Puebla, Agustín Guerrero Castillo haya dado a conocer que solicitó al Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación y a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos que Rivera Pérez sea investigado por su declaración, que llamó “clasista y racista” y hacerlo además “con intención política”.
Debo acotar que por cosas del destino, otro candidato panista cometió un error similar a finales de 2007.
Es el caso de Antonio Sánchez Díaz de Rivera, quien durante su campaña por la alcaldía de Puebla capital hizo un comentario misógino en perjuicio de su contendiente, la priísta Blanca Alcalá, quien finalmente ganó de manera holgada la elección.
El caso es que tras el exabrupto de Rivera, el candidato rival de Morena declaró que es condenable la forma tan despectiva como se refirió a quienes no comparten sus ideas y pidió respeto.
En defensa de Eduardo Rivera, con cierta razón, hay quienes ahora arguyen que Morena patalea en exceso por el desliz de su candidato, pero omiten hacer comentario alguno de las reiteradas expresiones ofensivas que utiliza el presidente Andrés Manuel López Obrador, especialmente en sus conferencias de prensa matutina.
En efecto, el propio mandatario, tan avezado en inmiscuirse en temas electorales, no desaprovechó la oportunidad de comentar el incidente y este martes, desde su tribuna mañanera de Palacio Nacional, afirmó que sus adversarios “enseñan el cobre” con ese tipo de pronunciamientos. No citó por su nombre a Eduardo Rivera, pero si dijo que “alguien de buen nivel” había sacado a flote su clasismo.
Es probable que el tropiezo del panista no tenga mayor repercusión en las tendencias electorales y sólo será parte del anecdotario político local, pero la injerencia presidencial en el tema sí es de llamar la atención, cuando él ha sido de forma recurrente el principal promotor de la exclusión social.
Ciertamente desde que llegó al poder el primer mandatario ha sido persistente en fragmentar a la sociedad, al grado de afirmar que aquellos que no son afines a los principios de la 4T, están con él.
Buenos y malos, chairos, fifís, neoliberales, aspiracionistas, clasemedieros son solo algunos de los calificativos que ha usado de modo persistente para atacar a sus opositores.
Apenas a quienes apoyaron mediante un desplegado a la candidata opositora Xóchitl Gálvez, los llamó “alcahuetes de la oligarquía corrupta”.
El traspié de Eduardo Rivera es indefendible, pero no por eso puede admitirse que solo se vea la paja en el ojo ajeno, cuando es inmensa la viga en el propio.
¿O no?


