Soliloquio
Felipe Flores Núñez
En mi ya largo transitar en ejercicio del oficio del periodismo, o como servidor público en cumplimiento de responsabilidades vinculadas a la comunicación social, he tenido oportunidad de conocer y tratar a muchos funcionarios de primer nivel y otros tantos gobernantes. Así fue durante 20 alucinantes años en la Ciudad de México y también lo ha sido desde mi retorno a Puebla, a finales de 1989.
Desde entonces, el contacto que he tenido con gobernadores, alcaldes, rectores y decenas de empresarios y actores políticos ha sido tan diverso y circunstancial, como disímbolo y contrastante. Enriquecedor en muchos casos, y en otros menos, acaso decepcionante.
De cada uno tengo vivencias, historias por contar y muy suficientes elementos para configurar mis propios juicios.
A Miguel Barbosa Huerta no lo conocí, jamás se dio la ocasión.
Si acaso ocurrió un saludo casual, tras la visita que hizo a Puebla –creo que en el 2015– siendo presidente del Senado de la República, en un desayuno con algunos periodistas que le organizó en el Camino Real la que ya era su fiel y eficiente operadora de medios, Verónica Vélez.
“Nos veremos pronto con mayor frecuencia”, recuerdo que me dijo al despedirse. Entonces, nadie pensaba que años después sería candidato y luego gobernador de Puebla, cargo al que llegó tras superar circunstancias inéditas.
El inicio de su mandato fue atropellado y en el natural reacomodo se cruzó después la pandemia de COVID-19, que a todos obligó a una larga confinación.
No obstante, lo pude seguir de cerca, ininterrumpidamente, durante sus habituales conferencias de prensa. En esos encuentros virtuales con los medios locales lo fui conociendo. Fueron, en buena medida, fiel espejo en el que traslucía su personalidad y pensamiento.
Ahí, de manera cotidiana, Miguel Barbosa daba cuenta puntual de sus acciones y proyectos; de sus prioridades como mandatario estatal y también de su ideario y convicciones.
Siempre fue congruente y frontal. No eludía los temas salvo cuando percibía mala intencionalidad. Decía lo que pensaba, a veces incluso de modo irreflexivo para un político, pero eso lo compensaba con apuntes de contexto.
Puede ser que no tuviera siempre la razón, pero bajo su perspectiva, sabía sostenerse con argumentos sólidos.
Al menos en mi caso, quedó siempre claro cuál era su propuesta y su estilo de gobierno.
Destaco en particular su alto compromiso social, su cercanía con la gente y su vocación por beneficiar a los segmentos más desfavorecidos.
También subrayo, de modo sobresaliente por episodios recientes en la vida pública poblana, su perseverante lucha por combatir todo acto de impunidad y corrupción. En este propósito fue implacable.
Sabía de la necesaria planeación y de la importancia del buen manejo de los recursos públicos, maniobras que le permitieron ahorros y economías con las que afrontó imprevistos y circunstancias inesperadas.
Puso el acento en temas torales e incluso enfrentó a la Federación cuando creyó se perjudicaba a Puebla: salud y educación son buenos ejemplos en los que impuso criterios y acciones efectivas, al grado que se llegó a ser ejemplo y hasta modelo a nivel nacional.
En materia de seguridad pública hizo lo más que pudo, no siempre acompañado por las policías municipales y mucho menos por el gobierno federal en cuanto al combate de bandas delictivas que aún se asientan en muy focalizadas regiones de la entidad.
Fue también reformista. Así lo acreditan las innovaciones al seno del Poder Judicial, en el ámbito notarial y en todo el intrincado asunto del transporte público y la movilidad, entre otros temas.
Tenía dotes de liderazgo, visión de Estado y un respeto irreductible al Derecho, a lo que la ley mandata.
Fue fiel al presidente López Obrador y a los principios transformadores de la 4T.
Ayer mismo –paradojas de la vida– tenía agendado rendir su cuarto informe de gobierno en el Congreso para dar cuenta de los logros y avances, como también de los planes que se avecinaban.
2023 era un año que esperaba. Tendría justo el mayor presupuesto de la historia para dar sustento a varios proyectos de obra pública –caminos, carreteras, hospitales– y muchas acciones de impacto social, más otras para impulsar la economía, el turismo y la cultura.
El año venidero era también el de las definiciones en al ámbito político, donde parecía tener pleno control, con miras al complejo proceso sucesorio local y nacional.
Todo quedó truncado. La muerte lo sorprendió –nos sorprendió– el pasado martes.
Nunca es tiempo para morir, pero es posible que a Miguel Barbosa le haya llegado en mal momento.
Deja, no obstante, un enorme legado que no se debería desdeñar.
Hay ruta pero, sobre todo, paz social y la estabilidad necesaria para una buena gobernabilidad. Ojalá todos lo entiendan.
A Miguel Barbosa no lo conocí, pero más allá de filiaciones políticas e ideológicas, lo que pude ver en el reflejo del espejo cotidiano me pareció mucho más que convincente.


