Dr. José Manuel Nieto Jalil
Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Sur Tecnológico de Monterrey Campus Puebla
Hoy, a tres años y 14 días, la pandemia de COVID-19 sigue presente en el mundo y ha superado el argumento de cualquier película de catástrofe. Las cifras ya superaron los 548 millones de casos confirmados y más de 6.35 millones de muertes en todo el planeta y cerca de 520 millones de personas recuperadas.
Los datos oficiales de coronavirus en México al pasado sábado, reportaban 595 mil 6732 casos, 325 mil 576 muertos, 5 millones 150mil 459 recuperados y 480 mil 697 activos a causa del coronavirus.
Atender a estos datos que en 2019 no esperábamos nos hace recordar el artículo del virólogo Nathan D. Grubaugh, investigador en la Escuela de Medicina de Yale, cuando publicó en la prestigiosa revista Nature Microbiology un escrito explicando que las mutaciones raramente tienen un efecto importante en una epidemia, definiendo estos cambios como una consecuencia inevitable de ser un virus y particularmente en uno cuyo material genético es el ARN (no el ADN, como los animales o las plantas), tal como le ha estado pasando al que produce la COVID-19.
El científico explica que las mutaciones son un aspecto rutinario en la vida de un virus cuyo material genético es el ARN. Los virus son especialmente indolentes a la hora de hacer copias de su material genético, una operación necesaria para multiplicarse e infectar, por lo que van acumulando fallos, auténticas erratas en sus secuencias genéticas, a las que también podemos llamar mutaciones.
Adicionalmente, destaca que estas mutaciones tienen de su lado la fuerza de los números.
Mientras que un humano necesita décadas y mucho esfuerzo para reproducirse, un virus puede multiplicarse en cuestión de horas y además puede replicarse miles de veces en cada célula de una persona infectada.
Sin embargo, estos cambios no harán a los virus más letales, puesto que la alta virulencia puede reducir la transmisibilidad de este, es decir, si un virus deja a una persona agonizante o directamente muerta, es muy probable que el patógeno deje menos descendientes capaces de seguir infectando y que con el tiempo lo más probable es que pierda severidad y se convierta en un patógeno estacional, recurrente cada invierno. La realidad hasta ahora ha sido un incremento de contagios y de fallecidos.
Hoy en día la esperanza de la humanidad está centrada en dos aspectos: la primera en la continua campaña de vacunación a nivel mundial, y la segunda en la capacidad del sistema inmunológico como primera línea de defensa ante la COVID-19 o cualquier pandemia.
Hasta ahora no se cuenta con suficiente información respecto a la respuesta de nuestro sistema inmunológico frente al coronavirus, sin embargo, varios estudios están trabajando en conocer cómo puede responder de forma más eficiente.
Nuestro sistema está formado por una red muy compleja de células de distintos tipos que están interconectadas entre sí, algunas de ellas son capaces de atacar a los patógenos, otras funcionan como líderes y son capaces de guiar a sus compañeras.
En paralelo todas ellas liberan una gran variedad de sustancias que interfieren con los agresores, que piden refuerzos o que activan la inflamación. Pero lo más importante de todo es que nuestro sistema inmunológico es capaz de hacer frente a todas las formas posibles de patógenos, incluso si nunca lo han visto.
Es importante destacar, que en estos tres años de epidemia, algunas personas infectadas por el coronavirus no reportan síntomas o estos son muy leves, en parte porque la respuesta inmunitaria innata, genérica y rápida, es suficiente para contener al virus, pero no todos tienen la misma suerte.
Otro aspecto por considerar es en qué grado de protección quedan las personas que estuvieron en contacto con el virus y por cuánto tiempo. Este aspecto es sumamente importante para las diferentes vacunas elaboradas y así poder desarrollar una vacuna duradera.
Finalmente, un tema que aún no queda de todo claro es por qué algunas personas son más susceptibles que otras. En las diferentes campañas de vacunación se han priorizados a las personas de la tercera edad por el hecho que los reportes mundiales indican que son el sector más vulnerable y más sensible, por lo que la enfermedad puede ser más severa en ellos y sobre todo por la presencia de otras enfermedades.
Sin embargo, aún hay muchos casos sin una explicación científica como, por ejemplo, el hecho de que una gran cantidad de niños parecen ser especialmente inmunes y jóvenes sanos que sufren síntomas muy serios a causa de la pandemia.
La comunidad científica está realizando diversas investigaciones con el objetivo de rastrear el genoma y así poder detectar las diferentes variantes de genes e identificar qué personas son más susceptibles a la COVID-19.
En vista de los efectos de la pandemia de COVID-19, los 194 estados miembros de la Organización Mundial de la Salud iniciaron un proceso para redactar y negociar un nuevo convenio, acuerdo u otro instrumento internacional sobre la preparación y respuesta que se debe realizar para enfrentar estos acontecimientos.
Particularmente destaca la necesidad de garantizar que las comunidades, los gobiernos y todos los sectores de la sociedad estén mejor preparados y protegidos, a fin de prevenir y responder a futuras pandemias.
La gran pérdida de vidas humanas, las perturbaciones sufridas en los hogares y las sociedades en general, y las repercusiones en el desarrollo nacional y mundial, han sido factores para que los gobiernos comiencen a preocuparse y logren acciones duraderas que eviten la repetición de crisis de este tipo.
La necesidad de garantizar la equidad en el acceso a las herramientas necesarias para prevenir pandemias (en particular tecnologías como vacunas, equipos de protección personal, información y conocimientos especializados) y en el acceso a la atención de salud para todas las personas.
¿Cuál es la mayor preocupación para esta temporada de frío? Que hayamos cumplido las normas de cuidado desde que se aplicaron medidas de protección y de alguna forma hayamos sido el escudo contra una mayor propagación del virus. O, por el contrario, que en la actualidad bajemos la guardia con el cambio de temporada y provoquemos unos niveles muy altos de transmisión comunitaria, difíciles de controlar.
Tenemos que ser consciente de los riesgos. Lo malo no es ser susceptible al coronavirus, sino propagarlo. Es fundamental pensar de forma colectiva y no sólo en sí mismos. Finalmente, aquellos poco susceptibles al virus pueden ser más susceptibles a las consecuencias del impacto económico que está causando la pandemia. Pero no hay que olvidar que sin salud no hay economía.


