Soliloquio
Felipe Flores Núñez
Con reiterada frecuencia, el dirigente estatal del PRI, Néstor Camarillo Medina, se ha lamentado de los militantes que han abandonado al partido para refugiarse en Morena, y hasta ha llegado a decir que esos personajes políticos “son cuadros que en Puebla nadie quiere”.
En su impotencia, también ha recriminado al partido de la 4T por acoger a priistas que “hicieron de las suyas y mancharon al partido”, así como “aquellos que no han obtenido ninguna candidatura basada en compadrazgos o favores políticos”.
“Los expriistas se fueron porque aquí no tienen candidaturas; aquí les cerramos los espacios porque son campeones de elecciones perdidas”.
Envalentonado, asegura que no le asusta la desbandada, porque cada vez que hay elecciones ocurre lo mismo y como no encuentran lugar o “agandalles”, políticos en el PRI, buscan otros espacios.
Y de remate, llamó a los priistas que han participado en eventos públicos de Morena y que no han renunciado “a que se quiten las máscaras”.
Camarillo no dio nombres, pero es evidente que se refiere, entre otros, a Enrique Doger Guerrero, Iván Galindo Castillejos, Edgar Salomón Escorza, Francisco Ramos Montaño, Luis Antonio Godina, el edil José Luis Márquez y desde luego, al líder cetemista Leobardo Soto Martínez, quien de plano ya se descaró en la víspera al presidir un evento público a favor del morenista Julio Huerta Gómez, aspirante a la gubernatura de Puebla.
El duro pero afligido discurso del joven dirigente poblano ni siquiera es original, sino una réplica de la voz de su amo, el presidente nacional priista Alejandro Moreno, quien ante la desbandada de militantes distinguidos ha dicho que quienes han renunciado al PRI “no representan nada”.
“Todos los que se van ya no estaban, sus renuncias se van al bote de la basura porque nunca estuvieron”, señaló en referencia a las múltiples dimisiones al partido tricolor durante las semanas recientes, entre ellas, las de los senadores Miguel Ángel Osorio Chong, Claudia Ruiz Massieu Salinas, Eruviel Ávila Villegas y Nuvia Mayorga Delgado.
Mucho radicalismo, fuerza innecesaria que se dimensiona en la víspera de una crucial elección en la que se necesita conglomerar, no dividir.
Ante ello, Osorio Chong acusó a la actual dirigencia de Alejandro Moreno como “la peor de la historia” y de haber alejado a la militancia después de perder las elecciones presidenciales de 2018.
“Sólo se ocupó de sus intereses con acuerdos que beneficiaban a unos pocos y por su ambición, recurrió a trampas y amenazas para prolongar su dirigencia”, enfatizó.
Figuras o no del PRI, en todo caso no sólo los que han ido abandonando el barco, sino también los que conforman la base partidista se preguntan si en las dirigencias nacional y estatal hay tamaño y autoridad moral para plantear ese tipo de reclamos.
Néstor Camarillo parece no darse cuenta que el problema del PRI es piramidal, todo deviene en buena medida del liderazgo hueco y falso de la estructura nacional.
Alito ha sido la desdicha y las cifras hablan: en su gris mandato, de 2019 a la fecha, el PRI ha perdido 21 de 23 gubernaturas en juego.
Igual se dejaron ir poco más de 2 mil presidencias municipales.
Y de gobernar a 44 millones de mexicanos hace cuatro años, hoy el partido tricolor solamente lo hace a 5 millones.
Más allá de traiciones y de juego sucio, que lo hay en todos lados, tampoco es casual lo que ocurrió en Hidalgo, donde las oficinas del PRI están abandonadas y no quedó ni siquiera quien cerrara la puerta al salir, además de las renuncias de otros personajes relevantes del PRI en Sinaloa y Yucatán. En Puebla hace tiempo ya lo habían hecho varios militantes, entre ellos el excandidato a gobernador Alberto Jiménez Merino.
Entre otras cosas, a los dirigentes priistas –de aquí y de allá– les falta capacidad política y memoria histórica. Recurren a la política con fuerza, no a la fuerza de la política.
Bien decía el ilustre Jesús Reyes Heroles que “la política es demasiado seria para que sus acciones sean determinadas por el temperamento y la emoción, al margen de la cabeza; sin emplear la cabeza muchas cosas se pueden hacer, pero no política”.
Tal parece que las dirigencias no se han dado cuenta que las desbandadas son en buena medida una reacción a la falta de oportunidades para confrontar ideas y llegar a acuerdos.
Se vale la discordancia y hasta la disidencia interna, pero para ellos, negociar, concertar, conciliar son términos absolutamente desconocidos.
¿Qué no fue la división interna en los años setenta la que provocó la escisión histórica del PRI, que tuvo entre sus protagonistas con su visión de estadista al recién fallecido Porfirio Muñoz Ledo?
¿Ya no se acuerdan que de aquel rompimiento del partido todopoderoso, en el que también fueron actores relevantes Cuauhtémoc Cárdenas e Ifigenia Martínez, derivó en toda una transición política con la configuración del PRD, y luego en el incontenible movimiento de la 4T que ahora enarbola Morena?
Las dirigencias no lo saben, no se acuerdan o solo disimulan.
Los renunciantes le han dicho a Alito que es él quien ha traicionado al PRI, partido que como nunca antes gobierna tan poco, influye tan poco y se conforma con tan poco.
Y Alito Moreno, en su cerrazón, sigue sumergido en la soberbia, respondió con fiereza al asegurar ingenuamente que “lo mejor del PRI se quedó en el PRI”.
Qué lejos están, aquí y allá, de asumir la fuerza de la política, de la que el ya citado Reyes Heroles decía “es un imperativo ético”.
Y aún más asentaba el ilustre ideólogo priista (de los que tanta falta hacen ahora,) sobre la necesidad de recurrir a la auténtica e inteligente fuerza política.
“La fuerza de la política, que es persuasión y no imposición, que es convencer y no vencer, que es demandarnos el deber de la convivencia antes de demandárselo a quienes no piensan como nosotros”.
“Si sólo con la política se puede cambiar, transformar, hacer y deshacer, confiemos en la fuerza de la política. Si logramos que triunfe la fuerza de la política sobre la política de la fuerza, habremos conseguido una victoria para México”.


