Soliloquio
Felipe Flores Núñez
Nunca ha sido fácil todo el proceso selectivo al interior de los partidos políticos para definir las candidaturas a posiciones de elección popular, ya que además de oportunidades, se afrontan múltiples intereses y una gran diversidad de riesgos.
En esa gestión partidista, aun habiendo reglas claras, el margen de aciertos es muy amplio, tanto como la posibilidad de que también puedan surgir inconformidades, las que frecuentemente provocan fracturas y daños que llegan a ser irreversibles.
Ejemplo de ese natural contraste lo ejemplifica ahora Morena, ante las próximas elecciones para las gubernaturas del Estado de México y de Coahuila, en las que con tiempo se determinó que la decisión se tomaría con base a los resultados de encuestas en las respectivas entidades.
En el caso mexiquense, quizá por estar demasiado “cantada”, resultó muy tersa la postulación de Delfina Gómez, pero no fue así para la entidad norteña, donde se suscitó un inesperado conflicto.
Al no verse favorecido en la encuesta final, el aspirante Ricardo Mejía Berdeja, no sólo descalificó el proceso, sino que renunció al partido Morena y a su posición de subsecretario federal de seguridad, para convertirse en candidato por el Partido del Trabajo, situación que causó enorme enfado en las altas esferas de la 4T.
Ahora resulta que Mejía Berdeja tiene amplias posibilidades de ganarle al singular empresario carbonero Armando Guadiana, o en su caso, de restarle votos al morenista, lo que acabaría por favorecerle al aspirante de la alianza del PRI, PAN y PRD.
El enredo es de tal tamaño, que ha prendido los focos rojos en la cúpula de Morena, ya que como lo advierten también muchos analistas, un fenómeno similar podría replicarse en otras latitudes, entre las que, –no habría que descartarlo– se podría incluir al caso de Puebla.
Hay incluso quienes van todavía más allá y hasta piensan que ese modelo también podría ajustarse al escenario del más alto nivel, es decir, al de la candidatura por la presidencia de la República, donde hasta ahora, y a pesar del desgaste por los conflictos en el Metro, encabeza la disputa la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum.
Ha sido por demás evidente que al menos para el presidente Andrés Manuel López Obrador, las simpatías han estado siempre a favor de Sheinbaum, y ante un posible reclamo por la ausencia de un piso parejo, la dirigencia del partido en el poder se atrevió a “sugerirle” a todos los gobernadores morenistas “abrirle las puertas” a los demás contendientes, entre los que incluyó ahora sí, a Ricardo Monreal, junto a la propia Claudia Sheinbaum, al
Canciller Marcelo Ebrard y al secretario de gobernación, Adán Augusto López.
Ante ello, en un ánimo de no levantar olas a destiempo, el mandatario reiteró apenas que la decisión de quién será el candidato, será tomada por los ciudadanos a través de una encuesta y no por consigna ni por “dedazo”.
Por ahora se percibe armonía entre las “corcholatas” presidenciales, pero a prospectiva, parece conveniente especular sobre cuál pudiera ser la reacción de quienes resulten perdedores de las encuestas internas, las que por cierto –habría que decirlo– nunca han sido lo suficientemente transparentadas.
En el supuesto y casi seguro triunfo de Claudia Sheinbaum, la institucionalidad de Adán Augusto López podría garantizarse, pero ¿se quedará callado e inamovible Marcelo Ebrard?
¿Y que haría Ricardo Monreal, que además de seguidores, tiene un enorme capital político?
¿Bueno, y hasta el belicoso Gerardo Fernández Noroña, no diría o no haría nada?
El caso de Puebla es muy diferente, pero tiene rasgos que lo hacen similar.
Las aguas han empezado a moverse y entre dos de los aspirantes –Ignacio Mier y Alejandro Armenta– existe ya una disputa abierta, aunque de los acontecimientos recientes al menos ya les quedó muy claro que hay también otros contendientes que no deberían ser soslayados.
En la lista –tan larga o tan corta según convenga– hay algunos muy destacados y posibles en el gabinete del gobierno estatal y por ello, el gobernador Sergio Salomón Céspedes Peregrina volvió a enfatizar este miércoles que no debe haber distracciones y que todavía es temprano para pensar en la elección del 2024.
“En el gobierno de Puebla estamos en un momento en el que la primera prioridad es Puebla, su gobernabilidad y estabilidad”, destacó en su conferencia de prensa matutina, que luego rubricó en sus redes sociales, al asentar que “Lo principal es nuestra gente y nuestro estado. La prioridad de cada servidor y servidora es el bienestar de las familias poblanas. Hoy los tiempos electorales están lejos y no podemos distraernos”.
De parte de los funcionarios, queda claro que sabrán esperar, pero no es el caso de los demás. Al menos eso parece y para quienes ya están mostrando desesperación, deberían saber que un error de cálculo podría ser letal.
En los días por venir se verán nuevos capítulos en los que se pondrán a prueba idearios, convicciones y lealtades, y también todo lo que se contrapone a esos principios de la política elemental.
Finalmente llegará el momento de las definiciones y entonces irremediablemente las preguntas surgirán.
¿Cómo van a reaccionar especialmente Ignacio Mier o Alejandro Armenta si, en su momento, las encuestas no les favorecen?
¿Serán capaces de sumarse al vencedor?
¿Levantarán su mano haciendo prevalecer el interés de la venerada 4T?
¿Y tras la definición de las candidaturas, cuántos casos se verán como el del coahuilense Mejía Berdeja?
¿Cuántos allá, y cuántos aquí también?
Será cosa de esperar.


