Soliloquio
Felipe Flores Núñez
Con una visión optimista, todos quisiéramos que el proceso electoral en curso pueda transcurrir en un clima de civilidad y que las campañas políticas de los grupos en contienda sean de la mayor altura, haciendo prevalecer ideas y propuestas, por encima de las denostaciones.
Sin embargo, hay suficientes señales para deducir que la lucha para atraer el voto será encarnizada; habrá guerra sucia e inclusive –ojalá no– que serán frecuentes los actos de violencia como el ocurrido el pasado lunes en Michoacán, donde fueron vilmente asesinados dos precandidatos a la presidencia municipal de Maravatío, uno del PAN y el otro de Morena, con lo que ya son 14 los aspirantes y actores políticos masacrados apenas en lo que va de este año.
En este escenario las campañas electorales presidenciales comenzarán este viernes y tendrán como principal expectativa saber si la candidata opositora Xóchitl Gálvez podrá lograr lo que parece casi imposible: remontar la desventaja de al menos 20 puntos que tiene sobre la morenista Claudia Sheinbaum. El tercer contendiente, Jorge Álvarez Máynez, aspiraría acaso a obtener el 3% de la votación para que su partido naranja conserve su registro.
Las estrategias de los bandos están muy claras: ya con alusiones personales reforzadas en mensajes por los medios electrónicos, Xóchitl atacará los francos más endebles del lado oficialista, en especial aludiendo el tema de la seguridad con el eslogan “Por un México sin miedo”. En su primera etapa de campaña, referirá también a la esperanza como motivación y subrayará que las becas y los programas sociales se mantendrán.
Claudia privilegiará también el tema de la seguridad enfatizando que su experiencia como jefa de gobierno le garantiza resultados para combatir la delincuencia y la impunidad. “Honestidad, resultados y amor al pueblo” es su consigna y entre sus ofrecimientos, destaca la reducción de homicidios y mejoras en pensiones y más becas.
Álvarez Máynez, sin propuestas claras ni concretas todavía y desgastado por una conducta que no ha sido la mejor para un aspirante presidencial, al menos tratará de vender hasta donde pueda la oferta de representar “lo nuevo”.
Hasta ahí todo muy bien, de eso se tratan las campañas políticas, de no ser porque hay un muy relevante actor adicional que ha estado interfiriendo, directa o indirectamente, en el proceso electoral y es él, desde la máxima tribuna, el que ha estado generado en buena parte el clima de polarización social, cuyos efectos podrían empañar el curso de las campañas y hasta posiblemente, el resultado final de la elección.
Solapado frecuentemente por la autoridad electoral, el presidente Andrés Manuel López Obrador lleva tiempo, años incluso, con las manos metidas en las distintas etapas del proceso y no dejará de hacerlo bajo su infranqueable visión transexenal del poder.
Lo peor del asunto es que el ánimo presidencial no ha estado en su mejor momento durante las semanas recientes y eso hace suponer que sus narrativas se irán endureciendo para abonar más a la crispación social, justo ahora que se empatan las campañas electorales.
Por más que ha tratado de minimizarlo o de generar otras temáticas como recurso distractor, varios son los asuntos que le han causado enojo y preocupación al presidente, conforme con velocidad avanzan de manera paralela tanto el fin de su mandato como el calendario electoral.
En medio de esas dos vertientes muchos han sido los acontecimientos que literalmente le han movido el tapete y provocado un ruido mediático adverso no previsto ni calculado.
Uno lo fue la intervención mediadora de obispos del estado de Guerrero con líderes de grupos delincuenciales para concertar la pacificación de la región, circunstancia que no hizo más que poner en evidencia la ausencia y vacío de la autoridad en zonas de alto riesgo y de creciente criminalidad.
Otro evento fue la Marcha por la Democracia que atiborró al zócalo capitalino y a decenas de plazas públicas del país, en la que ciudadanos por su libre albedrío reclamaron respeto a las instituciones y votaciones limpias el próximo 2 de junio. Entre otras cosas, esas movilizaciones acreditaron que hay un amplio segmento social que no es afín a la 4T y que está dispuesto a tener una reacción activa en los asuntos nacionales.
Otro fue el desliz presidencial al admitir de manera explícita que el exministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación Arturo Zaldívar –ahora asesor de Claudia Sheinbaum– le “ayudaba” al gobierno a influir en las decisiones de jueces, como en los casos que se buscó evitar que criminales salieran de prisión, lo que dejó en claro la inadmisible intromisión entre poderes.
Uno más, la embestida contra periodistas nacionales y extranjeros y hasta con la red social YouTube, por varias publicaciones ciertamente no sustentadas de presuntos apoyos del crimen organizado en al menos dos de sus campañas políticas para obtener la presidencia del país. En su reacción, el presidente exhibió un documento que incluye el número telefónico de la periodista del New York Times, Natalie Kitroeff, en clara violación a la ley de protección de datos personales, a lo que el Ejecutivo espetó que por encima de la ley está su autoridad política y moral. (¡Ah caray!)
En cada uno de esos capítulos en los que se sintió agraviado, las reacciones del presidente han sido virulentas. Imposible saber ahora la dimensión de posibles efectos y de haberlos, si podrían tener incidencia en el ánimo colectivo el día de la jornada electoral. Lo que sí puede afirmarse es que los ánimos irán caldeándose todavía más. Toda una ola de calor político-social que será difícil contener.


