En ningún país del mundo, por más “bananero” que sea, una turba de manifestantes puede irrumpir en un acto público y llegar hasta las narices de su mandatario.
Eso ocurrió el pasado domingo en la entidad poblana, concretamente en Huauchinango, cuando transcurría un evento para evaluar los apoyos a los damnificados de la Sierra Norte por el huracán Grace.
No es un tema menor.
La seguridad del presidente en cualquier parte es de la mayor prioridad, tema de seguridad nacional y no puede ni debe banalizarse.
Tampoco tratar de desvirtuarse como lo hizo el propio López Obrador, al afirmar que las protestas de la gente fueron porque las organizaciones ya no intervienen en la entrega de apoyos y que ahora se hacen de manera directa a los afectados.
No fue exactamente así.
Desde días antes, grupos de vecinos de varios municipios habían expresado su inconformidad porque funcionarios de la Secretaría del Bienestar no habían hecho bien su tarea.
Se les acusó con suficiente antelación –hay evidencias periodísticas– de que no integraron correctamente el padrón de beneficiarios y que estaban favoreciendo a familiares, compadres y conocidos.
Concretamente se señaló a la delegada regional Lizeth Aguirre Ortiz, quien tiene ya un largo expediente de yerros por su incompetencia.
Y hasta un video fue exhibido en redes sociales en el que se demuestra que algunos de los llamados servidores de la nación cometieron fraude, al registrarse ellos mismos en el padrón de beneficiarios.
Vamos, hasta el controvertido diputado federal del PT Gerardo Fernández Noroña se comprometió en reciente visita a Puebla a presentar ante el gobierno de la República las denuncias de eliminación de las listas de apoyos que le plantearon pobladores de la Sierra Norte de Puebla.
Entonces, todos lo sabían, pero nadie hizo caso de las protestas previas y esa grave omisión puso en peligro al propio presidente de la República.
AMLO no lo percibe así, o lo disimula. En su “mañanera” del día siguiente calificó los hechos como “gajes del oficio” y dijo que puede enfrentar cualquier situación adversa porque tiene “su ángel de la guarda”, que es el pueblo quien lo cuida, quiere y respeta.
Además, volvió a jactarse de prescindir de guardaespaldas y carros blindados, porque tiene la conciencia tranquila.
Nadie cuestiona los afectos que invoca. Y tampoco puede dudarse que diga la verdad cuando afirma que tiene su conciencia en paz, pero lo que también es incontrovertible es que la seguridad presidencial es un valor inapreciable que debe resguardarse de manera extrema.
¿Se imaginan un atentado de consecuencias fatales? La afectación y desestabilización política, económica y social sería de un tamaño inimaginable. No hay razones entonces para exponerse a un riesgo de esa dimensión.
No creo que haya nadie, en el cabal uso de su razón, que tenga en su cabeza ni siquiera la intención de cometer un atentado contra el presidente, pero él debe saber que pululan personas radicales y extremistas, o que sencillamente hay muchas otras con alteraciones mentales capaces de cualquier cosa.
Lo peor de todo es que existen antecedentes de lo ocurrido en Huauchinango.
Apenas en el pasado mes de julio, en Chiapas, el mandatario fue prácticamente copado en su vehículo por maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, cuyas formas nunca han sido educadas que digamos. Poco faltó para la agresión.
No se aprendió de esa lección y tal parece que en los días por venir seguirá exponiéndose. AMLO dijo también que tras la pandemia, la gente “ya quiere vernos”. Y hasta anunció eventos masivos en el zócalo de la Ciudad de México para el día de la Revolución, el 20 de noviembre, además de asambleas informativas en distintas partes del país.
“La gente quiere que los escuchemos de manera directa y quieren participar. Ya no quieren que todo sea a través del internet o de la televisión; por eso vamos a hacer ya grandes concentraciones y asambleas informativas en todas las plazas de México, para que no haya portazos, para que puedan participar todos”.
Es evidente que AMLO añora la plaza pública. Es ahí donde mejor se exhibe y logra conectar con amplios grupos de la población. Está en todo su derecho, pero debería acatar las normas mínimas de seguridad.
Con la extinción de las llamadas “guardias presidenciales”, que integraban grupos especializados de militares del Estado Mayor Presidencial, muchos entrenados incluso en el extranjero, el tema de la seguridad ha quedado a la deriva.
En otros tiempos, dado su trabajo de inteligencia, se hubiera sabido de la intención de pobladores de la Sierra Norte poblana de hablar directamente con el presidente.
Se hubiera ponderado también la conveniencia de concertar acuerdos antes del evento, o incluso hasta de cancelarlo si se ponderaba el enojo de los demandantes.
Todo, menos dejar que se acercaran, que lograran burlar los cercos de seguridad de la Guardia Nacional y del propio Ejército y que incluso más de 200 personas tuvieran acceso e interrumpieran la reunión de trabajo. Resulta difícil creer que una señora pudiera llegar con facilidad hasta el propio presidente para expresar su inconformidad.
Lo contradictorio es que, en efecto, la ayuda del gobierno federal para los damnificados había sido dispuesta sin restricción alguna. A la fecha, ha destinado 744 millones de pesos para atender las distintas afectaciones, además de la inversión que hizo por su lado el gobierno estatal, que rebasa los 200 millones de pesos.
El problema de derivó de la deficiencia de los operadores de la Secretaria del Bienestar, encabezados por la delegada regional Lizeth Aguirre Ortiz, quien por lo visto no fue capaz, ni siquiera, de advertir que había mucha gente inconforme.
En el momento de mayor tensión, tuvo que ser el propio presidente el que afrontara a los manifestantes, a quienes micrófono en mano preguntó: “¿Me van a dejar hablar?, ¿me van a escuchar?, ¿van a guardar silencio? ¿Me van a respetar?”.
Tuvo entonces que precisar que estaba ahí para informar los avances de la recuperación y les aseguró que los apoyos se seguirán repartiendo.
El evento terminó ahí y la salida del presidente del recinto ferial rumbo a su vehículo fue atropellada, con mucha gente arremolinada que hizo propicia la ocasión para que a gritos y empellones se expresaran diversas quejas. Los momentos de tensión fueron reales y el peligro, evidente.
A nadie conviene que ocurra ese tipo de acontecimientos.
Más allá de filias o fobias, la integridad del presidente del país debe ser preocupación de todos. Y su seguridad no puede dejarse en manos de inexpertos, por muy adeptos que sean de la 4T, y menos si además ya cayeron en las tentaciones de la corrupción que tanto se combate.
Así de simple.


