Soliloquio
Felipe Flores Núñez
El principio químico “nada se pierde, todo se transforma” puede aplicarse cabalmente a la política, en donde las formas cambian y se renuevan para terminar siempre en lo mismo.
Es el caso de la figura de “El tapado”, término que en política se aplica a quien el presidente en turno elige para sucederlo en el cargo y a quien mantiene intencionalmente en el anonimato para hacer creer que el relevo se hará de manera abierta, transparente y democrática.
Mucho se ha dicho sobre este fenómeno político mediante sesudos estudios y textos académicos; incluso el Colegio de México aportó una definición que aún conserva, al determinar que se conoce como tapado “Al candidato a presidente de la República que mantiene en reserva el presidente anterior, o el grupo que tiene el poder político, sin tomar en cuenta ni a su partido ni a los ciudadanos”.
Para algunos, el hecho de que la sucesión sea decidida por el presidente en turno es “tan viejo como la historia de México” y así ha ocurrido al menos desde el siglo XIX, aunque el término específico de “El tapado” se le atribuye al genial caricaturista Abel Quezada, cuando contra todos los pronósticos resultó electo Adolfo López Mateos.
La caricatura de Quezada con un hombre de traje y corbata con la cabeza cubierta por un trapo blanco o capucha que sólo dejaba ver sus ojos apareció por primera vez en diciembre de 1956 en la portada de la desaparecida Revista de Revistas.
Fue tal el impacto de esa imagen que fue utilizada en los subsecuentes procesos sucesorios del PRI para ilustrar el juego del engaño al que era sometida la clase política del país, el que de paso servía para medir afinidades, rivalidades y hasta lealtades entre los grupos del poder.
Tal referencia del “tapadismo” sirve para ilustrar que no hay nada nuevo en la política cuando se viven, como ahora mismo, los momentos de la sucesión, si bien las formas han ido evolucionando en función de las circunstancias.
El “tapado” ha existido y actualmente no es la excepción, por más que el presidente Andrés Manuel López Obrador sostenga que esa figura se ha extinguido y que ahora será “el pueblo” el que tomará la decisión final.
Hace casi un par de años, en su conferencia mañanera, AMLO relató que el “tapado” surgió en la época de Porfirio Díaz y al primero que le llamaron así fue a su compadre Manuel González, pero sostuvo que esa práctica actualmente ya desapareció.
Como lo hizo el PRI durante largas décadas, AMLO trata de engañar con la verdad e intenta hacer creer que la sucesión no está resuelta, que no hay todavía candidato a candidata y que la definición se hará de manera democrática, porque “no somos iguales a los de antes”.
Ya no será, quiso decir, como lo fue al menos en los casos de Alemán, Ruiz Cortines, López Mateos, Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas de Gortari, Colosio y Zedillo, ya que, en el caso de Peña Nieto, en ese momento la presidencia la tenía el PAN.
Quizá con variaciones de fondo, el proceso interno tuvo otras características en 1987 cuando el PRI (el presidente De la Madrid) designó a seis “distinguidos” aspirantes para contender por la candidatura que no hicieron campañas abiertas, pero fueron expuestos en una pasarela donde cada uno pudo exponer su visión y proyecto de país.
Aquella vez, por cierto, tuve ocasión profesional de estar cerca de uno de los elegidos –Sergio García Ramírez, entonces procurador de la República– ocasión que me permitió sentir en carne propia la adrenalina que se vive en las altas esferas del poder.
Todos sabíamos entonces que no habría sorpresas. Los dados estaban cargados a favor de Carlos Salinas de Gortari, quien, a pesar de arrebatos y confusiones de última hora, acabó siendo el “elegido” por el PRI.
Ahora son tres los aspirantes, llamados “corcholatas” por el propio López Obrador desde hace ya buen rato y quienes abiertamente han realizado una tan intensa como ilegal campaña proselitista, la que a partir justo desde este domingo entrará a una nueva dinámica, una vez que el Consejo Nacional de Morena defina las reglas del juego para la sucesión.
En efecto, hoy se sabrán los mecanismos con los que Morena decidirá la candidatura presidencial, aunque ya se han adelantado algunos detalles; entre ellos, de los más importantes, que los aspirantes deberán renunciar a sus cargos para permitir igualdad de circunstancias durante la contienda interna.
Por más que el dirigente nacional de Morena, Mario Delgado, se ha esforzado en señalar que el proceso será abierto y transparente y que se procurará la mayor participación de la sociedad, quedan dudas sobre si la ruta ya ha sido definida por el propio presidente López Obrador, quien indiscutiblemente tiene en Claudia Sheinbaum a su aspirante principal.
En ese contexto, la preocupación mayor de AMLO y de toda la camada de la 4T es la posibilidad de que las reglas del juego que se definan hoy puedan romper los equilibrios y se fracture la unidad. El reciente caso de Coahuila es el mejor referente y es también el riesgo mayor.
En el fondo, lo que se propone es que los aspirantes –Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard y Adán Augusto López– suscriban tácitamente su aceptación a lo que se acuerde hoy y en consecuencia se adhieran sin reclamo al que resulte ganador o ganadora, lo cual estaría por verse.
En esa peligrosa tesitura, sobresale sin duda Marcelo Ebrard, el único que se ha atrevido a cuestionar los mecanismos que ya han sido insinuados para que la designación se derive por la única vía de las encuestas.
El canciller tiene fundada razón. Fue evidente el estrepitoso fracaso de las casas encuestadoras a las que habitualmente recurre Morena en la elección del Estado de México, cuyo margen de error fue de hasta 15 puntos y eso es motivo de dudas y de alta preocupación.
Habrá que esperar a lo que resuelvan los morenistas en su reunión directiva de este domingo y, en esa expectativa, cerciorarse sobre la posibilidad de algunas sorpresas no previstas en la agenda de López Obrador, quien hasta ahora ha manejado a su gusto y antojo, con enorme habilidad, todo el proceso sucesorio.
AMLO sabe que desde 1987 ningún presidente ha podido culminar exitosamente su propósito de llevar a la presidencia a su “tapado” y sabe también que cualquier error de cálculo a estas alturas pudiera ser letal.
Es muy posible que el plan que AMLO ya había delineado tenga ajustes de última hora. Un “Plan B”, como los que acostumbra para salir airoso de los grandes desafíos.
De lo que hoy resulte habrá muchas consecuencias, muchas de ellas también para Puebla, donde el nervio ha invadido a los actores locales, aunque podría suponerse que por ahora sólo se decidirán los lineamientos para la elección presidencial, los que aun replicándose no llegarán al grado de que por el momento los involucrados poblanos tuvieran que renunciar a sus cargos.
Mientras todo eso ocurra, la imagen de la capucha y del “tapado” o “tapada”, tan vigente en todos los sentidos como en los tiempos del poderoso PRI, gravitará morbosamente este domingo en la reunión cupular morenista.


