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Tercer Informe, recuerdos de infancia

Felipe Flores por Felipe Flores
2 septiembre, 2021
en Soliloquio
Tercer Informe, recuerdos de infancia
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Cuando era estudiante de sexto año de primaria, el maestro pidió a todo el grupo ver por televisión el informe del Presidente de la República, para que al día siguiente lo comentáramos en el salón de clases

Hubiera preferido los castigos que acos­tumbraba para los que no éramos muy aplicados, como hacer 50 sentadillas frente a todos con los brazos sobre la ca­beza, o dar 20 vueltas a trote en el amplio patio del colegio.

Todos cumplimos el encargo, pero la glosa del día siguiente fue patética.

Recuerdo bien que la percepción ge­neralizada entre todos mis compañeros de escuela era que vivíamos todos en un país maravilloso.

Un México próspero, en creciente de­sarrollo y con perspectivas del primer mundo.

Al escuchar sus comentarios, parecía que los logros y avances eran evidentes en todos los ámbitos: salud, educación, campo, seguridad, economía.

Se concluyó que se fomentaba el em­pleo y se combatía la pobreza.

Había paz social, progreso, razones su­ficientes para ser felices.

Eso fue hace muchos años, no impor­ta cuántos ni quién era entonces el pre­sidente y mucho menos quién el inge­nuo profesor.

Este recuerdo me revolotea, con la cer­teza de que los discursos presidenciales no han variado desde entonces.

La misma sensación que tuve desde ni­ño, se ha desdoblado repetidamente al pa­so de los años.

Nada ha cambiado, ni con los de aho­ra que se dicen diferentes.

En los días previos, en los apuntes de su libro (¿a qué hora escribe?) y ayer, otra vez, denoto el mismo estilo triunfalista en el mensaje presidencial.

Pareciera en verdad que somos otros, que el país por fin dio el viraje largamen­te ambicionado.

“A solo dos años y nueve meses de ocupar la Presidencia de la República, puedo afirmar que ya logramos el objeti­vo de sentar las bases para la transforma­ción de México”.

“La independencia de los Poderes Le­gislativo y Judicial, y de la Fiscalía Gene­ral de la República, es una realidad”.

“No se tolera la corrupción ni se per­mite la impunidad”.

“En estos dos años y nueve meses del actual gobierno, hemos tomado decisio­nes trascendentes y consideramos que se ha trabajado con intensidad y en bien del pueblo”.

“Récord histórico en remesas, en in­versión extranjera, en incremento al sa­lario mínimo…”

Loas magnificadas por las tareas cum­plidas en educación, en la obra pública, en el campo, así como a favor de los que menos tienen.

“Récord histórico en no devaluación del peso, en no incremento de deuda, en aumento del índice de la Bolsa de Valo­res, en las reservas del Banco de Méxi­co”, refirió.

Nunca, ni antes ni ahora, el reconoci­miento explícito de fallas, rezagos, metas incumplidas.

Prevalece, de siempre, el optimismo desbordado.

Se dice ahora que superamos ya las crisis, la económica y la sanitaria.

Parece no importar entonces que ya sean más, muchos más los pobres.

O que la inflación agobie, se ahuyen­te la inversión y que impere el desempleo

Ni que la pandemia prevalezca en ro­jo fulminante, con sus ya casi 258 mil muertos.

Nada se dijo ahora del incumplimien­to para subsanar la falta de medicamen­tos oncológicos.

Tampoco del actuar impune del cri­men organizado amparado en el “abra­zos, no balazos”.

O de la creciente espiral de violencia que se refleja en cifras de homicidios do­losos, muy superiores a los dos últimos gobiernos.

Se ha combatido a la corrupción, es cierto, pero es constante la opacidad, so­bre todo en la asignación de recursos y contratos.

Los militares no volvieron a sus cuar­teles, como se ofreció en su momento; hoy en cambio están en todo: seguridad, aeropuertos, aduanas, obra pública e in­cluso en salud.

El manejo de la pandemia ha sido de­sastroso, de los más descalificados en el mundo. La vacunación es lenta y des­igual, según convenga.

Hay austeridad, aunque los recursos fluyen para los proyectos insignes mien­tras que se recortan a los fideicomisos, a las entidades y a los municipios.

La justicia sigue impartiéndose de ma­nera desigual, inequitativa; no es lo mis­mo Lozoya que Rosario Robles o hasta que Ricardo Anaya.

Y la impunidad tampoco es pareja. Nada de los hermanos, ni de las cuentas pendientes de Bartlett.

¿Y de la injerencia a las instituciones, del amago de violentar su independencia?

Tampoco nada.

Habrá siempre “otros datos”.

Es cierto, a la mitad de su camino An­drés Manuel López Obrador llega con una aprobación ciudadana en promedio de 60%.

La cifra no es nada despreciable, si bien se ajusta a las mediciones de otros presidentes justo al tercer año de su go­bierno, cuando tienen todavía el poder absoluto.

No obstante, en su caso habría que acotar que en el perfil de sus simpatizan­tes se observa una mayoría que es bene­ficiada con los programas y apoyos so­ciales, tema que consideran como su ma­yor logro.

Hay seguidores fieles, ni duda cabe, pe­ro en otros casos, favor con favor se paga.

Y es relevante señalar que en esas mis­mas mediciones destacan, entre los asun­tos que motivaron los mayores rechazos, el combate a la inseguridad y el manejo de la pandemia.

Siempre hay “otros datos”, aunque los discursos sean iguales.

Ahora viene la segunda mitad del mandato presidencial, el desgaste.

Habrá ambiciones e intereses por la sucesión.

Distracciones y hasta traiciones.

Ya lo veremos.

Por lo pronto, al seguir por televisión el tercer informe presidencial me sentí co­mo cuando iba en sexto de primaria.

Esta vez también hubiera preferido los castigos de aquél malvado profesor del que no tengo precisamente los mejores recuerdos.

Etiquetas: AMLOMéxicotercer informe de gobierno

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