Cuando era estudiante de sexto año de primaria, el maestro pidió a todo el grupo ver por televisión el informe del Presidente de la República, para que al día siguiente lo comentáramos en el salón de clases
Hubiera preferido los castigos que acostumbraba para los que no éramos muy aplicados, como hacer 50 sentadillas frente a todos con los brazos sobre la cabeza, o dar 20 vueltas a trote en el amplio patio del colegio.
Todos cumplimos el encargo, pero la glosa del día siguiente fue patética.
Recuerdo bien que la percepción generalizada entre todos mis compañeros de escuela era que vivíamos todos en un país maravilloso.
Un México próspero, en creciente desarrollo y con perspectivas del primer mundo.
Al escuchar sus comentarios, parecía que los logros y avances eran evidentes en todos los ámbitos: salud, educación, campo, seguridad, economía.
Se concluyó que se fomentaba el empleo y se combatía la pobreza.
Había paz social, progreso, razones suficientes para ser felices.
Eso fue hace muchos años, no importa cuántos ni quién era entonces el presidente y mucho menos quién el ingenuo profesor.
Este recuerdo me revolotea, con la certeza de que los discursos presidenciales no han variado desde entonces.
La misma sensación que tuve desde niño, se ha desdoblado repetidamente al paso de los años.
Nada ha cambiado, ni con los de ahora que se dicen diferentes.
En los días previos, en los apuntes de su libro (¿a qué hora escribe?) y ayer, otra vez, denoto el mismo estilo triunfalista en el mensaje presidencial.
Pareciera en verdad que somos otros, que el país por fin dio el viraje largamente ambicionado.
“A solo dos años y nueve meses de ocupar la Presidencia de la República, puedo afirmar que ya logramos el objetivo de sentar las bases para la transformación de México”.
“La independencia de los Poderes Legislativo y Judicial, y de la Fiscalía General de la República, es una realidad”.
“No se tolera la corrupción ni se permite la impunidad”.
“En estos dos años y nueve meses del actual gobierno, hemos tomado decisiones trascendentes y consideramos que se ha trabajado con intensidad y en bien del pueblo”.
“Récord histórico en remesas, en inversión extranjera, en incremento al salario mínimo…”
Loas magnificadas por las tareas cumplidas en educación, en la obra pública, en el campo, así como a favor de los que menos tienen.
“Récord histórico en no devaluación del peso, en no incremento de deuda, en aumento del índice de la Bolsa de Valores, en las reservas del Banco de México”, refirió.
Nunca, ni antes ni ahora, el reconocimiento explícito de fallas, rezagos, metas incumplidas.
Prevalece, de siempre, el optimismo desbordado.
Se dice ahora que superamos ya las crisis, la económica y la sanitaria.
Parece no importar entonces que ya sean más, muchos más los pobres.
O que la inflación agobie, se ahuyente la inversión y que impere el desempleo
Ni que la pandemia prevalezca en rojo fulminante, con sus ya casi 258 mil muertos.
Nada se dijo ahora del incumplimiento para subsanar la falta de medicamentos oncológicos.
Tampoco del actuar impune del crimen organizado amparado en el “abrazos, no balazos”.
O de la creciente espiral de violencia que se refleja en cifras de homicidios dolosos, muy superiores a los dos últimos gobiernos.
Se ha combatido a la corrupción, es cierto, pero es constante la opacidad, sobre todo en la asignación de recursos y contratos.
Los militares no volvieron a sus cuarteles, como se ofreció en su momento; hoy en cambio están en todo: seguridad, aeropuertos, aduanas, obra pública e incluso en salud.
El manejo de la pandemia ha sido desastroso, de los más descalificados en el mundo. La vacunación es lenta y desigual, según convenga.
Hay austeridad, aunque los recursos fluyen para los proyectos insignes mientras que se recortan a los fideicomisos, a las entidades y a los municipios.
La justicia sigue impartiéndose de manera desigual, inequitativa; no es lo mismo Lozoya que Rosario Robles o hasta que Ricardo Anaya.
Y la impunidad tampoco es pareja. Nada de los hermanos, ni de las cuentas pendientes de Bartlett.
¿Y de la injerencia a las instituciones, del amago de violentar su independencia?
Tampoco nada.
Habrá siempre “otros datos”.
Es cierto, a la mitad de su camino Andrés Manuel López Obrador llega con una aprobación ciudadana en promedio de 60%.
La cifra no es nada despreciable, si bien se ajusta a las mediciones de otros presidentes justo al tercer año de su gobierno, cuando tienen todavía el poder absoluto.
No obstante, en su caso habría que acotar que en el perfil de sus simpatizantes se observa una mayoría que es beneficiada con los programas y apoyos sociales, tema que consideran como su mayor logro.
Hay seguidores fieles, ni duda cabe, pero en otros casos, favor con favor se paga.
Y es relevante señalar que en esas mismas mediciones destacan, entre los asuntos que motivaron los mayores rechazos, el combate a la inseguridad y el manejo de la pandemia.
Siempre hay “otros datos”, aunque los discursos sean iguales.
Ahora viene la segunda mitad del mandato presidencial, el desgaste.
Habrá ambiciones e intereses por la sucesión.
Distracciones y hasta traiciones.
Ya lo veremos.
Por lo pronto, al seguir por televisión el tercer informe presidencial me sentí como cuando iba en sexto de primaria.
Esta vez también hubiera preferido los castigos de aquél malvado profesor del que no tengo precisamente los mejores recuerdos.


