La presencia de una tercera ola de contagios por COVID-19, que ahora nos revuelca con sus variantes más letales, hace pensar que nos falta todavía un largo tramo para superar la pandemia que, en el caso de nuestro país, ha tenido especial estrago por la incidencia de al menos dos factores.
Por un lado, habría que sumar la cadena interminable de errores en la estrategia del gobierno federal para enfrentar la letalidad del virus y, por el otro, tendría que reconocerse que no siempre el comportamiento social ha sido el adecuado, situación que en este reciente periodo se ha hecho mucho más evidente.
A los yerros iniciales del 2020, enfatizados en los intentos por minimizar la crisis sanitaria y por confundir a la población con mensajes contradictorios (de las estampitas antivirus y de López-Gatell mejor ni hablamos), se titubea ahora con criterios que ya probaron su ineficiencia, como mantener un semáforo epidemiológico del que nadie hace caso.
Por inoperante, desde el pasado fin de semana dejó de presentarse el mapa nacional y son ahora las propias entidades federativas las que determinan su situación, lo que Puebla ya había hecho desde hace tiempo ante la necedad de querer ubicarnos en mejores escenarios.
Así por ejemplo, Sinaloa, anunció por su cuenta que del amarillo retrocede al rojo; Michoacán pasó del verde al amarillo, lo mismo que Hidalgo, Estado de México y Oaxaca.
Por conveniencia, otros estados turísticos asumen estar en naranja cuando en realidad deberían pasar a un rojo encendido por ser actualmente los principales centros de contagio, como es el caso de Yucatán, Quintana Roo, Baja California Sur, Tabasco y Tamaulipas, todo con la complicidad de la autoridad federal.
Otro error imperdonable de graves secuelas es no haber impuesto en ningún momento de la pandemia restricción alguna en las centrales aéreas para el acceso al país, como la inmensa mayoría lo ha hecho para proteger a sus habitantes.
De acuerdo con un reporte reciente, México es de los únicos ocho países en el mundo totalmente abiertos al turismo internacional, donde ni siquiera se requiere a visitantes alguna constancia de una prueba PCR o de antígeno para acreditar que no están infectados por el virus.
En cambio, hay 75 países que actualmente están cerrados al turismo y en otros 137 existen severas restricciones, entre ellas, presentar prueba de PCR y evidenciar que se tiene el esquema completo de vacunación.
Un lamentable y persistente desatino adicional, que en su momento se dimensionará y juzgará, es el lento, sinuoso e inequitativo proceso de vacunación.
En este caso, el gobierno federal mantiene su necia posición de querer protagonizar todo el proceso de inoculación, en lugar de apoyarse en múltiples instituciones que han mostrado intención de ser coadyuvantes, como es el caso de las universidades y del sector empresarial, por citar algunos.
Es evidente que hay razones políticas para centralizar el programa de vacunación, pues de lo que se trata es que la población se sienta agradecida por recibir su dosis, cuando bien se sabe que es su obligación como se asume en el mundo entero. De otra manera no se explicaría por qué en los días previos al proceso electoral aumentó considerablemente la aplicación de vacunas en todo el país.
Esta medida errónea y absurda hace que actualmente se mantengan en bodega casi 19 millones de dosis (se habla ya de un extravío) cuando hay una demanda inexplicable en algunas entidades, entre las que está por cierto Puebla, que se ubica entre las tres de todo el país con menor índice de vacunados.
Esta pasividad hace que México sea uno de los países en el mundo con menos personas vacunadas y el décimo lugar en América, a diferencia de, por ejemplo, Uruguay, donde casi el 70% de la población ya tiene al menos una dosis.
En ese ranking estamos por debajo de Chile, República Dominicana, Argentina, Brasil, Costa Rica y El Salvador, por citar algunos, al tener un poco más de 21 millones de personas con el esquema completo, mucho menos de la cuarta parte de la población.
Otra pifia de la que se espera no tenga consecuencias es que se están adquiriendo y aplicando al menos dos vacunas que no han sido todavía avaladas por la Organización Mundial de la Salud, las que en otros países incluso han sido rechazadas. Es el caso de la china CaNsino, que se aplicó en una sola dosis a todo el magisterio del país y de la soviética Sputnik.
¿Y qué decir de los desvaríos en la reprobable conducta social?
Al torrente de contagios por COVID-19, ahora con sus variantes más letales, se ha añadido otro dañino mal. Se llama languidez.
Explican los especialistas que se trata de una abrumadora sensación de aburrimiento, de estancamiento, de desesperanza, de resignación y de frustración.
No llegó de manera súbita, dicen, sino que es producto de la larga prevalencia de la pandemia que obligó a cambios drásticos en nuestras vidas. Y obedece a la incertidumbre sobre si alguna vez volveremos a la llamada “normalidad”.
Esa añoranza a nuestras rutinas ha provocado decaimiento, fatiga, cansancio, hartazgo. Y coraje. Como respuesta, muchos han asumido una actitud retadora, de franco desafío y, lo que es peor, le han perdido el miedo a los riesgos de contagio.
Se habla –lo habíamos dicho– de un posible síndrome de “adormecimiento psíquico”, para explicar la recurrencia de conductas de riesgo frente al contagio inminente. Una suerte de respuesta adaptativa en la que se pierde advertencia de la amenaza real.
A juzgar por los niveles de movilidad social que se han registrado durante los días recientes aquí y en todo el país, son muchos los casos de languidez que han derivado en actitudes racionalmente impropias; conductas socialmente reprobables.
Algo dice que en este verano, los hoteles en sitios de playa estén casi en su tope máximo, aunque hay ciertamente otros muchos casos que revelan un burdo desprecio a la vida, irresponsabilidad, ignorancia, egoísmo o de plano absoluto cinismo.
Casos concretos los conocemos todos. ¿Cómo juzgar a los que se resisten a la vacunación? ¿Qué decir a quienes desoyen los múltiples exhortos para un comportamiento responsable, o de aquellos que ni cubrebocas usan?
El caso de Puebla deja evidencia de una mala conducta social, que nos está conduciendo a márgenes preocupantes. Hay estado de alerta máxima que no debería desoírse.
Por lo pronto, ya retornamos al semáforo naranja luego que el registro de personas contagiadas ya iguala los números que había en abril. Este miércoles los casos positivos fueron 208, cuando en semanas recientes era menor a 50.
Para bien de todos, es momento todavía de retomar conciencia, cuidarnos, abatir la languidez y recobrar el miedo. Se trata, al fin y al cabo, de preservar la vida.


