Por: DULCE LIZ MORENO
Gilberto cambió el taller de las cosas electrónicas por las cuerdas de las guitarras. Y por el gusto de ponerle fundamento de ritmo y armonía a las canciones con el guitarrón.
Empezó de acompañante, cuando apenas terminaba la secundaria. Pero como buen hijo varón grande de un músico mariachi, tomó el camino de las serenatas con rasgueo y metales. Hace diez años, por estos días, armó su propio grupo.
Ya ganó un concurso estatal y tiene el orgullo de reclutar a los mejores con “Alma ranchera”. Ese nombre le dio su papá al primer grupo de mariachi que sonó en el límite de Puebla con Veracruz en el rumbo de las montañas que se derrumban con cualquier cosa.
Y decidió bautizar el nuevo ensamble con el mismo rótulo que describe la pasión por la que su familia dejó el campo para pulsar los instrumentos y aprender la técnica vocal que permite desafiar cualquier frío de la peor madrugada.

“Es algo que trae uno; no se puede negar a lo que le gusta”, dice con modestia. Y así también cuenta las historias de “sus muchachos”, que van y vienen cantando con vozarrones y con timbres de seda, unos y otros, para otros conjuntos de más o menos el mismo tono. Tiempo completo.
Este oficio requiere no sólo 8 horas de trabajo sino las de estudio, las de ir por el sastre, conseguir botonadura, reparar los instrumentos, vocalizar a los chavos, aprender solfeo, ensamblar las cuerdas, uniformar los botines, hacer relaciones públicas, contentar al viene-viene, consentir al cliente, adaptarse a la pandemia, barrer el cuartel, pagar la renta, mandar a hacer el rack para colgar los trajes, forrar de casimir los diez sombreros, ir a la tintorería… ¿Hay algo mejor en la vida? No, dice Gilberto García que no hay nada como hacer llorar a la gente de pura alegría.
El campeón del falsete
De niño, Alberto Meléndez no era el músico, sino Claudio, su hermano. Piano. Pero a los siete, ¿quién no quería oírle “La de la mochila azul”? En el Conservatorio le ganaba la escala aguda a su violín.
Así que en esa laringe había algo… algo grande. Y sí, esa escala y esa potencia lo sacó de San Nicolás de los Ranchos y lo llevó a Roma, a España, a hacerle segunda y acompañamiento a Pablo Montero, a Eugenia León, a Maite Perroni. Sus hermanos médicos y dentistas saben que es buen heredero de don Rodolfo, el papá trompetista de mariachi, y del abuelo que reservaba el clarinete para cosas más calmadas.



