Por: Alejandro Cañedo Priesca
Al viajar siempre queremos saber cuánto cuesta lo que vamos utilizando durante nuestros recorridos.
Una gran parte del presupuesto de un viaje lo cubrimos con antelación y otros gastos se darán durante la estancia y los traslados previstos. La suma de todo, multiplicado por el total de visitantes a un destino, es la derrama económica que se genera y que permite que miles de personas disfruten y otras ganen.
El bienestar turístico se da cuando todos ganan; los que viajan, al tener experiencias que le dan sentido a la vida; y los que atienden a los turistas, recursos para vivir y generar riqueza. El gran periodista e investigador sobre temas turísticos Fernando Gallardo puso a debate hace unos días el saber el valor de los destinos turísticos.
Saber cuánto vale una catedral, un museo, las ruinas arqueológicas, los tesoros que hacen que miles de personas se muevan de donde viven para disfrutarlas y entenderlas. Fernando afirma que el valor de un destino no sólo se calcula con base en sus monumentos y tesoros; está en la fuerza de su gente, el atractivo de las calles, sus tiendas, comercios, cultura y sobre todo en el espíritu del lugar.
Cito a Fernando: “El nuevo turismo pasa ahora por la diversidad gestual, los pequeños detalles personales, la eventualidad de una actividad, la impredecibilidad de un suceso, la innovación como modo de vida, la ensoñación de una esquina, un rincón…” Viajar será ahora algo que se disfrutará más, sabiendo del riesgo de no tenerlo de nuevo por tiempo prolongado. Por ahora se espera que se viaje más cerca y menos tiempo.
Al final, cuando las fronteras se vuelvan a abrir, muchos querrán ir a conocer de manera presencial todo lo que pudieron ver de forma digital. Y así, sin importar qué tan lejos estén, soñarán en llegar, porque los viajes son sueños que se hacen realidad.
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