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El espíritu del solista

Crónica Puebla por Crónica Puebla
10 febrero, 2024
en Cultura
El espíritu del solista

Foto: Agencia Enfoque

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Dos graduados eligen estar al frente de los instrumentistas sinfónicos y llevar el peso de la partitura; el director de la orquesta los alienta

Mario Galeana

Fotos: Sergio Cervantes, de Agencia Enfoque

No es que en algún momento remoto de sus vidas se hayan propuesto llegar a ser solistas: simplemente sucedió.

Tampoco es que haya sido una cuestión de azar. En realidad, se acercaron a la música desde niños y comenzaron su instrucción formal cuando eran apenas unos adolescentes.

Durante todos estos años han dedicado casi la tercera parte de cada día a ensayar con sus instrumentos hasta tratar de hacerlos una extensión más de su cuerpo. Además, su personalidad y su carácter los hizo preferir ciertos repertorios, piezas en las que se sentían más cómodos u osados, según fuera el caso.

Fue todo esto, la suma de cada uno de estos rasgos, lo que llevó a Roberto García Pérez y a Jacinto Emilio Victoria López a debutar como solistas la tarde del 1 de febrero, en un concierto con la Orquesta Sinfónica del Benemérito Conservatorio de Música de Puebla, que dirige Omar Ruiz García.

Roberto, de 33, con el clarinete.

Emilio, de 27, con el piano.

“Como solista, por supuesto que tienes una carga adicional de exigencia. Al final tenemos la responsabilidad de estar al frente de toda la orquesta, el papel principal. Para preparar estos conciertos dedico unas seis o más horas al día. Y sí, hay un momento en que termino rebasado. Pero descanso y regreso para retomar el punto en donde lo dejé”, dice Roberto.

“Convertirte en solista tiene que ver con tu propio carácter y lo que buscas de la música. Hay escenarios que a mí me gustan, un tipo de música y algunas emociones que me gusta representar. De tal forma que todas estas preferencias me llevaron ahora a tocar con la orquesta. Es una cuestión de criterio, de cuánto te gusta la adrenalina”, completa Emilio.

Aquella tarde, García ejecutó uno de los dos emblemáticos conciertos para clarinete compuestos por el austriaco Maria von Weber y una obra dividida en tres partes que compuso el italiano Gioacchino Rossini, famoso por óperas como El barbero de Sevilla.

El clarinete daba forma al sonido del resto de los instrumentos, caracoleando entre las agujas del violín y la base sombría del contrabajo.

“Escogí estas obras porque son las piezas por excelencia del clarinete, el que ocupa la función más importante”, apunta.

Victoria, por su parte, escogió Totentanz –también conocida como Danza de la muerte–, una obra sinfónica para piano y orquesta compuesta por el mítico Franz Liszt, basada en el canto gregoriano Dies Irae que se incluye en las misas de réquiem.

Esta partitura convoca cierta atmósfera oscura, en la que el piano tensa el aura con el acompañamiento de los violines. “Durante todo el concierto, Franz va conjurando las distintas facetas de la muerte”, explica.

Las piezas del concierto fueron elegidas por ellos mismos como una presentación previa a sus exámenes profesionales de titulación, donde también contaron con el apoyo y elocuencia de la orquesta sinfónica dirigida por Ruiz García.

Explica el director: “Roberto y Emilio hicieron este concierto como solistas graduantes. Prepararon estas obras para su concierto recepcional. Ellos solicitaron al Conservatorio el acompañamiento de la orquesta y lo que hice fue juntar las obras de ambos para hacer dos presentaciones. Lo considero importante porque, en la medida de lo posible, este es un fogueo para el desempeño de ambos”.

UN LARGO CAMINO

El director Omar Ruiz ha sido, como ellos ahora, un solista o concertista. Reconoce que los solistas, en realidad, son una pequeña porción de la gran cantidad de personas que llegan a formarse en el Conservatorio de Música del estado.

“Es cierto que no todos los que estudian música serán solistas. Primero, porque en la música hay varias especialidades, desde composición, educación musical o etnomusicología. Pero el título que se recibe no necesariamente hace solista a un graduado. Más bien depende de las habilidades, de los deseos y del temple que tenga cada quien. Si se desea, se necesita otra formación adicional, ciertas habilidades para ir tomando el camino del solista”.

Hay músicos que nunca llegan a tocar con el acompañamiento de una orquesta sinfónica. De hecho, el examen recepcional de la mayoría se realiza sólo con el acompañamiento de un piano. Pero muchos ni siquiera llegan a ese punto.

“El índice de deserción está por los cielos”, asienta Emilio Victoria. “En mi generación comenzamos 70 y ahora nos estamos titulando tres. Esto ocurre por muchas razones, como el hecho de que la carrera es muy larga: hablamos de un proceso que puede tomar 11 años. También persiste el estigma hacia el futuro de los músicos; sé de compañeros que renunciaron por miedo a no encontrar trabajo. Por otra parte, algunos han creado sus redes profesionales y no creen necesario graduarse”.

Según explica el director de la orquesta sinfónica, en México no existe un programa académico dedicado exclusivamente para los músicos que tienen la intención de ser concertistas.

“En escuelas en Europa puedes ir eligiendo si serás solista o si tomarás un máster, si te especializas en enseñanza o música de cámara. Aquí no suele ser tan específico, cada quien va tomando por decisión su rumbo”, explica Ruiz García.

En cambio, hay programas de especialización en instrumentos en el Conservatorio de Xalapa o la Escuela Nacional de Música de la Ciudad de México, e incluso festivales internacionales, donde los ejecutantes adquieren conocimientos que pueden acercarlos a ese propósito.

Roberto García, por ejemplo, asistió hace poco al Festival Internacional de Clarinete Yuuban, en Xalapa, donde pudo recibir clases de un manojo de maestros nacionales e internacionales.

“Independiente del Conservatorio, de eso se trata: de buscar posibilidades. Hay buenas escuelas dentro de México, pero siento que depende sobre todo de uno mismo. Si tú tienes la intención, entonces te vas a formar de solista… o de lo que aspires”.

La academia familiar

Pongámoslo de esta forma: antes de que naciera, las probabilidades de que Roberto se dedicara a la música ya eran bastante altas.

Su padre era trompetista. Su abuelo tocaba el violín. Incluso su bisabuelo había estudiado en el Conservatorio de Música del estado.

No es que Roberto García Pérez no tuviera otras opciones; es más bien que aquella profesión resultaba tan natural, tan honrosa, la clase de trabajo que tu padre, el padre de tu padre, y el padre del padre de tu padre realizarían con gusto.

Roberto nació en la comunidad de San Luis Ajajalpan, en el municipio de Tecali de Herrera. Su infancia estuvo irremediablemente ligada a la música: desde pequeño, su abuelo los sentaba a él y a otros diez primos para que aprendieran solfeo. Poco a poco, aquellos garabatos en las partituras se convirtieron en sonidos.

“Desde pequeño me llamó la atención. Comencé a los ocho años con percusión, mi papá me daba clases. Después comenzamos con las clases de solfeo con mi abuelo y todos mis primos. Llegábamos a su casa a cierta hora y nos enseñaba a solfear. Algunos primos se desafanaron, se dedicaron a otras cosas. Pero la mayoría le tomamos el gusto y somos músicos”, dice.

Cuando no veía a su abuelo o a su padre en las clases, Roberto los miraba tocando en una de las tantas bandas de la región que salían a acompañar las fiestas patronales de los pueblos. En una de esas bandas hoy Roberto toca el clarinete.

“Como a los doce empecé con este instrumento. Me llamó mucho la atención la variedad de sonidos, su ejecución. Primero tomé clases con mi tío, que es clarinetista, y después con otro maestro en una orquesta sinfónica y después me fui al Conservatorio”.

Sí, como muchos años antes lo hizo su abuelo.

La familia de Roberto ha transcurrido siempre de ese modo: con un pie en las bandas del pueblo y con el otro en el Conservatorio. Hoy tiene 33, es profesional, ha sido solista al frente de orquesta sinfónica y, tal vez, haga la maestría en clarinete.

“Aunque mi papá hubiera preferido que uno de nosotros estudiara trompeta; pero a ninguno de mis tres hermanos les gustó. Mi hermano menor y yo tocamos el clarinete; y el mayor, trombón”.

El sonido (lejano) de un órgano

Todo comenzó con un órgano. Era una pieza voluminosa con pedales, un par de teclados, el órgano que suelen tener las parroquias para musicalizar las misas.

El padre de Emilio Victoria López tenía una fábrica para procesar el mármol que extraían de las canteras y, en la hosquedad de aquel trabajo, se compró un órgano como el que tocaba en la iglesia cuando era niño y recibía clases.

Emilio nació en Santiago Acatlán, una junta auxiliar en el municipio de Tepeaca, y desde que era niño escuchaba a su padre tocar aquel órgano.

“En mi familia no somos músicos, pero mi padre siempre tuvo esa espinita, esa predilección por la música. Por supuesto, yo sentía mucha curiosidad por el órgano y él me dio mis primeras clases de solfeo”, recuerda.

Después, sus padres le compraron un pequeño teclado. Era casi un juguete, pero servía para que Emilio continuara aprendiendo. Al llegar a la adolescencia, sus padres le preguntaron –como si en realidad no lo supieran ya–, qué le gustaría hacer. Otros niños habrían dicho futbol; él dijo música, dijo piano.

A esa edad entró a estudiar al Conservatorio de Música en Puebla capital. Emilio saldrá de allí con un título de licenciado en música pianista, 12 años de experiencia a cuestas y su debut como solista.

“Cuando nosotros salimos siendo músicos del Conservatorio, estamos más cercanos a ser deportistas de élite que artistas de música. Es, en realidad, como un deporte de competencia y, por tanto, el instrumento no se ve como una forma para pasar el tiempo, sino como las horas que uno entrena para ser mejor que el otro”.

En el Conservatorio conoció a su novia, la soprano Analí Santiago. Juntos han creado una academia de música en la que él imparte clases de piano y ella de canto. También toca con la Orquesta Sinfónica del Conservatorio y, a veces, con algunos amigos con los que creó un ensamble. Tiene la intención –lo supo hace mucho tiempo– de tocar para toda la vida.

¿Y el órgano de su padre? “Funciona. Mi papá tiene su trabajo, sus preocupaciones y su responsabilidad. Pero cuando tiene tiempo, sale su espíritu bohemio: lo veo sentarse y tocar. Era un bebé y ya lo escuchaba, era un adolescente y lo veía tocar. Ahora sigo escuchándolo”.

Etiquetas: clarineteJacinto Emilio Victoria LópezOrquesta Sinfónica del Benemérito Conservatorio de Música de PueblapianoRoberto García Pérezsolistas

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