No había Netflix ni cable ni cine en casa ni modo de ver cosas en streaming. Así que el insomnio era cosa pesada en los años 70. Pero ahí estaba la voz. Su voz. Sobre todo en época navideña, cuando en la sala los adultos se divertían con trago y los niños tenían que ir a otro lado.
Ahí estaba él. Nadie sabía cómo era porque tenía voz del barbado de traje rojo que llegaba con montones de regalos, o de niñito o hasta de señora enojona.
Contaba cuentos. Hacía todos los personajes. Nadie sabía qué pasaba del otro lado, pero él, la voz, arrugaba papeles, tronaba los dedos, servía vasos de agua… efectos especiales de aquellos años, pues.
La voz estuvo en esas horas, en esos minutos donde el cuarto ya no era un cubo de block donde los niños estábamos amontonados, casi como castigados.
Se volvía castillo o foso con lagartos o bosque encantado o pista de hielo cuando el único hielo que conocíamos venía en paletas o salía del congelador. Ahí, él. Construyéndonos otros mundos y poniéndolos en nuestra oreja. Años después, grababa CDs y los regalaba. Y yo lograba dormir tras el final.
Pero ya no está. Hoy no está. Ni va a regresar. Se ha ido. Se llevó su voz y sus universos y su modo de hacerme reír. Ya, más grande, supe que las cumbias de los bailes que se armaban en Tlaxcala, en Puebla, hasta en la Ciudad de México las había hecho él. Que eso de “Juguito de mangos” de los sonideros, “La copa de tu desprecio” o “Jamás me verás derrotado” habían salido de su cabeza.
De su cultura de lector voraz, que programaba su chip y hacía que hablara en frases de ocho sílabas, de diez, de doce… según hubiera necesidad de pasar a partitura o a teclado de grupo musical. Luego, me daba orgullo ir en el camión y oír su voz en Radio Alegría o en Radio Tlaxcala.
Recién supe su fecha de debut en cabina: 16 de agosto de 1974. De niño, él quiso ser cobrador. Así nomás.
En camiones o en el tren. Pero un día su oreja descubrió los discos de la parroquia y el sonido de las bocinas de la plaza y a los animadores. Y tomó su radio y se lo pegó a la oreja y prácticamente fue autodidacta del chachachá.
No lo puedo creer. Ya no está. Y no sé cuándo voy a volver a dormir. Descansa, Don Paquito; con el recuerdo de tu voz, voy a intentarlo también.



