Textos: Dulce Liz Moreno
Fotos: Mireya Novo,de Agencia Enfoque
Joaquín (tercero) heredó de su abuelo la mirada completa: la forma oblicua de los ojos, caídos a los extremos, que a primera vista le hacen parecer triste aunque esté muy de buenas.
Se ríe y los pliegues de la piel le enmarcan aún más el parecido con el primer Joaquín Caltzalco de su ascendencia.
El cantante de mariachi más célebre del rumbo del Popocatépetl y de Puebla capital dejó la amplitud de su registro vocal a su hijo mayor, Pepe, y el cabello con rizos al otro varón, Joaquín; las dos chicas del cuarteto de hermanos no le entraron a la música.
Pepe puso en manos de su hijo Joaquín un violín cuando había cumplido 10 años.
“Lo dejé después de un año; por impaciente, creo, porque hay que estudiar todos los días mucho tiempo para dominar la afinación, la técnica”, platica en la mesa de un café.
Trabajó de garrotero y cargador en un negocio de barbacoa y las ganas de seguir los pasos de padre y abuelo no se le quitaron.
Lo suyo llegó con las cuerdas de la guitarra y la vihuela.
Le resultaron divertidas las llamadas armonías en la integración del mariachi.
Además, le pareció vital el rasgueo constante que le da soporte a los sonidos de sones, jarabes y huapangos.
A los 13 años tomó con entusiasmo la vihuela y aprendió los rudimentos.
Poco después cambió de trabajo, fue empacador y se quedó sin horas para dedicar al estudio.
Retomó el instrumento más agudo de las armonías y, entonces, su papá le impuso rigor.
Ni futbol, ni maquinitas, ni jugar con los amigos. Joaquín tenía que estudiar hasta dominar los círculos de acordes.
Desde los 14, se pegó con los adultos para tocar serenatas, fiestas y ceremonias.
Estuvo en Los Sapos, Santa Inés y “La 12” –jardín frente al Señor de los Trabajos, sobre la 11 Norte–, sitios base para los musicos de traje de charro.
En “La 12”, los más mayores le decían que miraba igualito que lo hacía su abuelo, con la misma forma que lo hace lucir como cargado de nostalgia.
De los 15 a los 18 años, trabajó con su papá en los ensambles. Pepe lo llevaba como bonus cuando algún mariachi lo llamaba: “Vengo contigo, si aceptas que traiga a mi hijo”.
Siendo mayor de edad, Joaquín entró a trabajar a una tienda departamental, en el área de crédito. El horario le ahorcó la posibilidad de dedicar las noches a hacer música.
Todos los días llegó a las 11 de la mañana y salió a las 10 de la noche. Sin tiempo ni entusiasmo para hacer tareas escolares, se concentró en hacer bien las labores.
Pero entre los clientes reclamones, los deudores amenazadores y 11 horas diarias en un solo lugar, encerrado, se le acumularon en el ánimo.
Sintió presión y una especie de asfixia.
El día que cumplió 21 años dio un giro su vida.
Tuvo tantas ganas de correr a respirar al aire libre y vislumbró su futuro estacionado en un escritorio sin posibilidad de moverse, que renunció.
Así. Dijo que se iba y se fue.
Era viernes.
Al día siguiente, sábado, llegó con guitarra y traje de charro a sumarse a cualquier mariachi que lo quisiera alinear.
Volvió a sentirse vivo.
“Ese día supe que lo mío, lo mío es la música y el mariachi”.
En una maroma –tocar con algún ensamble que lo llama como refuerzo para un solo evento–, fue “descubierto” por un músico de la Ciudad de México muy emprendedor.
Lo sumó a su proyecto. Primero se llamó Los Villa y después Mariachi Juvenil Internacional de México.
Por primera vez, Joaquín estuvo con ejecutantes de su edad.
Le gustó aún más.
Luego, estuvo cinco meses con el Mariachi 2000 en El Alto, el otro punto de encuentro de charros cantores.
Ahora mismo, forma parte del Mariachi Juvenil Alas de Puebla, otra vez con chicos de su edad.
Entre los maestros que lo han forjado intérprete de armonías, cuenta en primer lugar a su papá, con todo y sus largas horas de encierro sin posibilidad de salir como método didáctico.
Menciona de manera especial a Ramón Ríos La Chiva Loca, enorme ejecutante de guitarrón, que grabó con Vicente Fernández y tenía su centro de operaciones en un cuarto de la vecindad de la 9 Oriente, frente al jardín de Santa Inés.
Él le mostró los tips del trabajo fino con la vihuela, le contó los secretos de la métrica y le abrió el repertorio.
Con su tutela, Joaquín despegó. Iba en tercero de secundaria y tenía 15 años.
Luego de la entrevista, el instrumentista y cantante –”afino, pero mi voz no tiene nada que ver con la de mi papá o la de mitío”– accede a entrar a la vecindad donde pasó las tardes de adolescencia aprendiendo a dominar la vihuela.
Permite que Mireya Novo le haga unas fotos. Sube la escalera donde ve de frente el cuarto de estudio, atraviesa hacia el segundo patio con vihuela en una mano y guitarra en la otra.
Se traslada a “La 12”, donde su abuelo cantó por años con los mejores ensambles.
Encuentra a uno de los contemporáneos de su tío, lo saluda.
Frente al rótulo del Mariachi Atlixco, cuenta que su papá estuvo con esos músicos.
Y encuentra lo que estaba buscando: la casa de barda azul donde su papá se tomó dos fotografías hace más de 25 años.
Se hace una mirando de frente a la cámara, como ha visto a Pepe congelado en ese instante de luz.
Y luego hace otra, con la vihuela colocada en el sitio donde su papá colocó a la bebé Lisset, su hermana.
¡AH, QUÉ VOZ!
Pepe nació en San Nicolás de Los Ranchos. Fue el hijo mayor de Joaquín Caltzalco Techacha.
Tan poco dinero había en casa que tuvo que trabajar cuando no tenía ni estatura para alcanzar las mesas.
Desde temprano supo que tiene voz especial: a los cinco años, cuando quería un refresco pero no había dinero para comprarlo, no faltaba algún borrachín en la esquina o parroquianos en la entrada de las tiendas que le pedían que cantara una canción.
Pepe arrancaba a entonar con singular voz.
Los oyentes le daban unos pesos y él compraba su bebida fría para aliviarse del calor.
Pepe metió las manos al trabajo del campo y también en el oficio
Don Joaquín Caltzalco Techacha idolatraba a Pedro Infante y su voz era parecidísima a la de Javier Solís.
Pepe canta diferente, aunque heredó del papá el gusto, la buena memoria, el sentimiento vertido la interpretación que le permite dominar el pulso bravío que tanto utiliza en forma recurrente el mariachi.
Cuando Pepe tenía 17 años cumplidos, Caltzalco Techacha falleció.
Fue muy exitoso desde joven como cantante, cuenta su hermano Joaquín.
Tanto, que fue cantante-guitarrista con el ensamble más famoso del siglo pasado por calidad, versatilidad y repertorio en todo el país: el Mariachi Metepec.
Llegado a Puebla capital, Pepe se empleó en cuanto trabajo pudo generarle dinero.
Sin miedo, porque sus manos sabían labrar la tierra desde niño, pegarle a la roca volcánica para labrar metates, molcajetes y otras figuras a puro golpe de mazo y cincel.
Y fue a donde se concentraban los mariachis. Especialmente, se asentó, igual que su papá, en el parque de la 11 Norte entre 12 y 14 Poniente.
Le costó trabajo, porque nunca tuvo maestro ni nadie que le enseñara técnica vocal, pero se puso a la altura de los mejores y los rebasó.
El ingeniero químico, con título de la BUAP, siempre ha preferido ser mariachi guitarrista y cantor.
ALMA DE METALERO
¡Cómo le gustaban todas esas canciones!
Ángeles del Infierno habían nacido dos años antes que él mismo, pero sus letras le resonaban sintonizadas con el tiempo en que le tocó crecer: los terribles 80.
Pasó de niño a adolescente con la música de aquella banda, del Tri y de los indispensables del heavy metal: Guns N´ Roses, Scorpions, Metallica y también Bon Jovi.
En su propio hit parade se colaban Caifanes y Maná.
Hoy, Joaquín Caltzalco Flores tiene 46 años de edad y sigue siendo metalero de corazón; rasguea y puntea las cuerdas e interpreta con toda potencia aquellas canciones.
Con el alma cargada de power chord, el padre de una chica y dos varones vive de colocar el sentimiento modulado en la voz y en las armonías… ¡del mariachi!, el género del que huía durante el periodo en que la gente lo llamaba “chavo”.
Es voz y Desde hace un cuarto de siglo.
…
Joaquín es el menor de los dos hijos varones del tigre. Y también su tocayo.
Junto con Pepe, el mayor, y dos hermanas, se crio en San Nicolás de Los Ranchos en medio de carencia severa.
El padre de familia se ausentaba largo tiempo y nada de la cosecha de éxito como cantante de mariachi en Puebla capital llegaba a la casa levantada en la falda oriente del Popocatépetl.
Doña Esperanza Flores hacía su mejor esfuerzo, pero no había dinero que alcanzara.
Al chico espigado de rizos color obsidiana no le hacían gracia las clases en la escuela.
Lo que le gustaba era oír su música.
Metido a rondalla en secundaria, dejaba a un lado el repertorio obligado de los músicos de Saltillo y, mejor, le sacaba los acordes a la guitarra para “Piel de azúcar”, que hizo éxito José José.
“No cantas tan feo”, decían los compañeros.
“Te sale chida”, lo animaban quienes descubrían el desafío que le significaba tocar la guitarra y afinar los versos: cantar le daba pena.
Reconoce que se sentía abrumado, que no era lo suyo que otros lo oyeran.
Quizá por la sombra enorme de la fama de voz templada y certera por la que su papá era famoso en el pueblo, municipios cercanos y capital del estado.
No sabe bien a bien de dónde sacaba la determinación para evitar quedarse mudo frente a más de tres.
…
Salido de la prepa, la necesidad de ingresar dinero a casa llevó a Joaquín a trabajar en el almacén de vajillas y utensilios de cocina más grande de la Angelópolis.
Checaba entrada antes de las ocho, en la mañana, y terminaba seis o siete, sol metido ya, para acumular horas extra.
Y ahí estaba, todos los días, en la matriz de la 8 Poniente y 5 Norte, de pie, de aquí para allá, cargando, recibiendo tan pocos pesos que no le rendían para el gasto diario ni había modo de ahorrar.
En cambio, Pepe su hermano, graduado de ingeniero químico, había dejado de tomar decenas de trabajos de alto desgaste físico y estaba dedicado a cantar con mariachis y tocar la guitarra; mantenía familia propia y cada fin de semana la agenda se le saturaba con serenatas, misas, fiestas patronales y banquetes particulares.
Pepe lo invitó a sumarse al gremio que exige media semana de disponibilidad las 24 horas, mantener la línea para lucir el traje y nunca dejar de estudiar.
“Pero a mí me gusta el rock…”, pensó al principio.
Al poco tiempo se decidió. Experimentó la diferencia: recibía mil pesos por semana en la cristalería y en su primera jornada de mariachi, durante cinco horas había generado 800. Requisito: completa dedicación.
“El estudio, la formalidad y el desempeño que se necesita para ser un buen cantante o instrumentista de mariachi no es menos que otras licenciaturas: hay que estudiar todos los días, aprender repertorio, interpretar”.
A sus hijos interesados en seguir sus pasos desde la vihuela –Iván (16) y Sergio (14)– les extiende la recomendación: “Nunca se avergüencen de este trabajo y no dejen, ni un día, de practicar y aprender”.
El tesón para especializarse en su instrumento y mejorar la técnica para proyectar la voz le ha valido a Joaquín Caltzalco Flores acompañar a cantantes reconocidos en el país, a salir de gira, a alternar con el Mariachi Vargas y otros destacados dentro y fuera de fronteras mexicanas.
A ser enrolado en ensambles de alto nivel cuando se requiere a los mejores músicos de la región.
“Aprecio y valoro este bendito oficio”, asegura.
Dice que carece de academia en la ejecución. Tuvo de maestro a Braulio Reyes y es autodidacta pegado el oído a la interpretación de los mejores. Carlitos Cruz, “que fue amigo de mi papá y me contaba anécdotas” también le dio instrucciones para comenzar con la guitarra y tener los básicos de las otras armonías: vihuela y guitarrón.
Su sonido, al cantar, luce.
Empezó a hacer base en Los Sapos, en los 90, uno de los sitios tradicionales donde cualquiera que necesitara músicos con traje de charro podía hallarlos y hoy ese uso se ha desterrado.
Le han pedido que grabe discos. Su suegro, Carmelo Paulino, fallecido en 2020, lo hizo muchas veces para producir pistas y trataba de animarlo a seguir esa línea.
Forma parte del ensamble “Guerrero”, apellido de los hermanos fundadores que en Cuetzalan comenzaron a hacer escuela con su interpretación.
El alma de rock no le ha cambiado; al darle sitio especial a la música de mariachi se le agrandó.
Cuando acomete –con gusto especial– las románticas que grabó Javier Solís, algunas que cantó Vicente Fernández, lo entrega todo. Eso sí, poniéndole pausa a su soundtrack interno metalero.


