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Heredero de los ojos de inmensa nostalgia

Crónica Puebla por Crónica Puebla
19 noviembre, 2022
en Cultura
Heredero de los ojos de inmensa nostalgia
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Textos: Dulce Liz Moreno

Fotos: Mireya Novo,de Agencia Enfoque

Joaquín (tercero) heredó de su abuelo la mirada com­pleta: la forma oblicua de los ojos, caídos a los extre­mos, que a primera vista le ha­cen parecer triste aunque esté muy de buenas.

Se ríe y los pliegues de la piel le enmarcan aún más el pareci­do con el primer Joaquín Caltzal­co de su ascendencia.

El cantante de mariachi más célebre del rumbo del Popoca­tépetl y de Puebla capital dejó la amplitud de su registro vocal a su hijo mayor, Pepe, y el cabe­llo con rizos al otro varón, Joa­quín; las dos chicas del cuarte­to de hermanos no le entraron a la música.

Pepe puso en manos de su hi­jo Joaquín un violín cuando ha­bía cumplido 10 años.

“Lo dejé después de un año; por impaciente, creo, porque hay que estudiar todos los días mucho tiempo para dominar la afinación, la técnica”, platica en la mesa de un café.

Trabajó de garrotero y carga­dor en un negocio de barbacoa y las ganas de seguir los pasos de padre y abuelo no se le quitaron.

Lo suyo llegó con las cuerdas de la guitarra y la vihuela.

Le resultaron divertidas las llamadas armonías en la inte­gración del mariachi.

Además, le pareció vital el rasgueo constante que le da so­porte a los sonidos de sones, ja­rabes y huapangos.

A los 13 años tomó con entu­siasmo la vihuela y aprendió los rudimentos.

Poco después cambió de tra­bajo, fue empacador y se quedó sin horas para dedicar al estudio.

Retomó el instrumento más agudo de las armonías y, enton­ces, su papá le impuso rigor.

Ni futbol, ni maquinitas, ni jugar con los amigos. Joaquín te­nía que estudiar hasta dominar los círculos de acordes.

Desde los 14, se pegó con los adultos para tocar serenatas, fiestas y ceremonias.

Estuvo en Los Sapos, Santa Inés y “La 12” –jardín frente al Señor de los Trabajos, sobre la 11 Norte–, sitios base para los musicos de traje de charro.

En “La 12”, los más mayo­res le decían que miraba igua­lito que lo hacía su abuelo, con la misma forma que lo hace lu­cir como cargado de nostalgia.

De los 15 a los 18 años, tra­bajó con su papá en los ensam­bles. Pepe lo llevaba como bonus cuando algún mariachi lo lla­maba: “Vengo contigo, si acep­tas que traiga a mi hijo”.

Siendo mayor de edad, Joa­quín entró a trabajar a una tien­da departamental, en el área de crédito. El horario le ahorcó la posibilidad de dedicar las noches a hacer música.

Todos los días llegó a las 11 de la mañana y salió a las 10 de la noche. Sin tiempo ni entusias­mo para hacer tareas escolares, se concentró en hacer bien las labores.

Pero entre los clientes recla­mones, los deudores amenaza­dores y 11 horas diarias en un solo lugar, encerrado, se le acu­mularon en el ánimo.

Sintió presión y una especie de asfixia.

El día que cumplió 21 años dio un giro su vida.

Tuvo tantas ganas de correr a respirar al aire libre y vislum­bró su futuro estacionado en un escritorio sin posibilidad de mo­verse, que renunció.

Así. Dijo que se iba y se fue.

Era viernes.

Al día siguiente, sábado, llegó con guitarra y traje de charro a sumarse a cualquier mariachi que lo quisiera alinear.

Volvió a sentirse vivo.

“Ese día supe que lo mío, lo mío es la música y el mariachi”.

En una maroma –tocar con algún ensamble que lo llama co­mo refuerzo para un solo even­to–, fue “descubierto” por un músico de la Ciudad de México muy emprendedor.

Lo sumó a su proyecto. Pri­mero se llamó Los Villa y des­pués Mariachi Juvenil Interna­cional de México.

Por primera vez, Joaquín es­tuvo con ejecutantes de su edad.

Le gustó aún más.

Luego, estuvo cinco meses con el Mariachi 2000 en El Al­to, el otro punto de encuentro de charros cantores.

Ahora mismo, forma par­te del Mariachi Juvenil Alas de Puebla, otra vez con chicos de su edad.

Entre los maestros que lo han forjado intérprete de armonías, cuenta en primer lugar a su pa­pá, con todo y sus largas horas de encierro sin posibilidad de sa­lir como método didáctico.

Menciona de manera espe­cial a Ramón Ríos La Chiva Lo­ca, enorme ejecutante de guita­rrón, que grabó con Vicente Fer­nández y tenía su centro de ope­raciones en un cuarto de la ve­cindad de la 9 Oriente, frente al jardín de Santa Inés.

Él le mostró los tips del tra­bajo fino con la vihuela, le con­tó los secretos de la métrica y le abrió el repertorio.

Con su tutela, Joaquín despe­gó. Iba en tercero de secundaria y tenía 15 años.

Luego de la entrevista, el ins­trumentista y cantante –”afi­no, pero mi voz no tiene nada que ver con la de mi papá o la de mitío”– accede a entrar a la ve­cindad donde pasó las tardes de adolescencia aprendiendo a do­minar la vihuela.

Permite que Mireya Novo le haga unas fotos. Sube la escale­ra donde ve de frente el cuarto de estudio, atraviesa hacia el se­gundo patio con vihuela en una mano y guitarra en la otra.

Se traslada a “La 12”, donde su abuelo cantó por años con los mejores ensambles.

Encuentra a uno de los con­temporáneos de su tío, lo saluda.

Frente al rótulo del Mariachi Atlixco, cuenta que su papá es­tuvo con esos músicos.

Y encuentra lo que estaba buscando: la casa de barda azul donde su papá se tomó dos foto­grafías hace más de 25 años.

Se hace una mirando de fren­te a la cámara, como ha visto a Pepe congelado en ese instan­te de luz.

Y luego hace otra, con la vi­huela colocada en el sitio donde su papá colocó a la bebé Lisset, su hermana.

¡AH, QUÉ VOZ!

Pepe nació en San Nicolás de Los Ranchos. Fue el hijo mayor de Joaquín Caltzalco Techacha.

Tan poco dinero había en casa que tuvo que trabajar cuando no tenía ni estatura pa­ra alcanzar las mesas.

Desde temprano supo que tiene voz especial: a los cinco años, cuando quería un refres­co pero no había dinero para comprarlo, no faltaba algún borrachín en la esquina o pa­rroquianos en la entrada de las tiendas que le pedían que can­tara una canción.

Pepe arrancaba a entonar con singular voz.

Los oyentes le daban unos pesos y él compraba su bebida fría para aliviarse del calor.

Pepe metió las manos al tra­bajo del campo y también en el oficio

Don Joaquín Caltzalco Te­chacha idolatraba a Pedro In­fante y su voz era parecidísima a la de Javier Solís.

Pepe canta diferente, aun­que heredó del papá el gusto, la buena memoria, el sentimiento vertido la interpretación que le permite dominar el pulso bra­vío que tanto utiliza en forma recurrente el mariachi.

Cuando Pepe tenía 17 años cumplidos, Caltzalco Techacha falleció.

Fue muy exitoso desde joven como cantante, cuenta su her­mano Joaquín.

Tanto, que fue cantan­te-guitarrista con el ensamble más famoso del siglo pasado por calidad, versatilidad y re­pertorio en todo el país: el Ma­riachi Metepec.

Llegado a Puebla capital, Pepe se empleó en cuanto tra­bajo pudo generarle dinero.

Sin miedo, porque sus ma­nos sabían labrar la tierra des­de niño, pegarle a la roca volcá­nica para labrar metates, mol­cajetes y otras figuras a puro golpe de mazo y cincel.

Y fue a donde se concentra­ban los mariachis. Especial­mente, se asentó, igual que su papá, en el parque de la 11 Norte entre 12 y 14 Poniente.

Le costó trabajo, porque nunca tuvo maestro ni nadie que le enseñara técnica vocal, pero se puso a la altura de los mejores y los rebasó.

El ingeniero químico, con título de la BUAP, siempre ha preferido ser mariachi guita­rrista y cantor.

ALMA DE METALERO

¡Cómo le gustaban todas esas canciones!

Ángeles del Infierno habían nacido dos años antes que él mis­mo, pero sus letras le resonaban sintonizadas con el tiempo en que le tocó crecer: los terribles 80.

Pasó de niño a adolescente con la música de aquella ban­da, del Tri y de los indispensables del heavy metal: Guns N´ Roses, Scorpions, Metallica y también Bon Jovi.

En su propio hit parade se co­laban Caifanes y Maná.

Hoy, Joaquín Caltzalco Flo­res tiene 46 años de edad y si­gue siendo metalero de cora­zón; rasguea y puntea las cuer­das e interpreta con toda poten­cia aquellas canciones.

Con el alma cargada de power chord, el padre de una chica y dos varones vive de colocar el sentimiento modulado en la voz y en las armonías… ¡del maria­chi!, el género del que huía du­rante el periodo en que la gente lo llamaba “chavo”.

Es voz y Desde hace un cuar­to de siglo.

…

Joaquín es el menor de los dos hi­jos varones del tigre. Y también su tocayo.

Junto con Pepe, el mayor, y dos hermanas, se crio en San Ni­colás de Los Ranchos en medio de carencia severa.

El padre de familia se ausen­taba largo tiempo y nada de la cosecha de éxito como cantan­te de mariachi en Puebla capital llegaba a la casa levantada en la falda oriente del Popocatépetl.

Doña Esperanza Flores hacía su mejor esfuerzo, pero no había dinero que alcanzara.

Al chico espigado de rizos co­lor obsidiana no le hacían gracia las clases en la escuela.

Lo que le gustaba era oír su música.

Metido a rondalla en secun­daria, dejaba a un lado el re­pertorio obligado de los músi­cos de Saltillo y, mejor, le saca­ba los acordes a la guitarra pa­ra “Piel de azúcar”, que hizo éxi­to José José.

“No cantas tan feo”, decían los compañeros.

“Te sale chida”, lo animaban quienes descubrían el desafío que le significaba tocar la guita­rra y afinar los versos: cantar le daba pena.

Reconoce que se sentía abru­mado, que no era lo suyo que otros lo oyeran.

Quizá por la sombra enorme de la fama de voz templada y cer­tera por la que su papá era famo­so en el pueblo, municipios cer­canos y capital del estado.

No sabe bien a bien de dón­de sacaba la determinación pa­ra evitar quedarse mudo frente a más de tres.

…

Salido de la prepa, la necesidad de ingresar dinero a casa llevó a Joaquín a trabajar en el almacén de vajillas y utensilios de cocina más grande de la Angelópolis.

Checaba entrada antes de las ocho, en la mañana, y termina­ba seis o siete, sol metido ya, pa­ra acumular horas extra.

Y ahí estaba, todos los días, en la matriz de la 8 Poniente y 5 Nor­te, de pie, de aquí para allá, car­gando, recibiendo tan pocos pesos que no le rendían para el gasto diario ni había modo de ahorrar.

En cambio, Pepe su herma­no, graduado de ingeniero quí­mico, había dejado de tomar de­cenas de trabajos de alto desgas­te físico y estaba dedicado a can­tar con mariachis y tocar la gui­tarra; mantenía familia propia y cada fin de semana la agenda se le saturaba con serenatas, mi­sas, fiestas patronales y banque­tes particulares.

Pepe lo invitó a sumarse al gremio que exige media semana de disponibilidad las 24 horas, mantener la línea para lucir el traje y nunca dejar de estudiar.

“Pero a mí me gusta el rock…”, pensó al principio.

Al poco tiempo se decidió. Ex­perimentó la diferencia: recibía mil pesos por semana en la cris­talería y en su primera jornada de mariachi, durante cinco ho­ras había generado 800. Requi­sito: completa dedicación.

“El estudio, la formalidad y el desempeño que se necesita para ser un buen cantante o instru­mentista de mariachi no es me­nos que otras licenciaturas: hay que estudiar todos los días, apren­der repertorio, interpretar”.

A sus hijos interesados en se­guir sus pasos desde la vihuela –Iván (16) y Sergio (14)– les ex­tiende la recomendación: “Nun­ca se avergüencen de este traba­jo y no dejen, ni un día, de prac­ticar y aprender”.

El tesón para especializarse en su instrumento y mejorar la técnica para proyectar la voz le ha valido a Joaquín Caltzalco Flores acompañar a cantantes reconocidos en el país, a salir de gira, a alternar con el Mariachi Vargas y otros destacados dentro y fuera de fronteras mexicanas.

A ser enrolado en ensambles de alto nivel cuando se requiere a los mejores músicos de la región.

“Aprecio y valoro este bendito oficio”, asegura.

Dice que carece de academia en la ejecución. Tuvo de maes­tro a Braulio Reyes y es autodi­dacta pegado el oído a la inter­pretación de los mejores. Carli­tos Cruz, “que fue amigo de mi papá y me contaba anécdotas” también le dio instrucciones pa­ra comenzar con la guitarra y te­ner los básicos de las otras armo­nías: vihuela y guitarrón.

Su sonido, al cantar, luce.

Empezó a hacer base en Los Sapos, en los 90, uno de los sitios tradicionales donde cualquiera que necesitara músicos con traje de charro podía hallarlos y hoy ese uso se ha desterrado.

Le han pedido que grabe dis­cos. Su suegro, Carmelo Paulino, fallecido en 2020, lo hizo muchas veces para producir pistas y trata­ba de animarlo a seguir esa línea.

Forma parte del ensamble “Guerrero”, apellido de los her­manos fundadores que en Cuet­zalan comenzaron a hacer es­cuela con su interpretación.

El alma de rock no le ha cam­biado; al darle sitio especial a la música de mariachi se le agrandó.

Cuando acomete –con gus­to especial– las románticas que grabó Javier Solís, algunas que cantó Vicente Fernández, lo en­trega todo. Eso sí, poniéndole pausa a su soundtrack interno metalero.

 

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