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Primera generación de músicos mariachis

Crónica Puebla por Crónica Puebla
19 noviembre, 2022
en Cultura
Primera generación de músicos mariachis
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Textos: Dulce Liz Moreno

Fotos actuales: Mireya Novo de Agencia Enfoque

Fotos antiguas: cortesía de Hugo Páez

Tac, tac-tac, taca-tacatá.

Los dos palos sona­ban bien en la mesa de madera.

Tacatá, ta, tac.

O la vara en la malla de ace­ro: tirarirará.

Hugo probaba por horas el so­nido de botes, juguetes, trastes.

También le gustaba cantu­rrear cualquier cosa que hubie­ra oído en casa de los abuelos.

Y a media tarde pedía: lléva­me a clases de música, mamá.

Maribel, apurada entre el tra­bajo fuera de casa y criar tanto a Hugo como a Eduardo, creía que su hijo mayor tenía una in­geniosa ocurrencia en medio de la milpa familiar.

El niño de nueve años cum­plidos planteó una resolución. “Estábamos desgranando y me dijo: tú no me haces caso; un día se me van a quitar las ganas de aprender música”, narra ella.

Tan serio estaba Hugo, que Maribel soltó las mazorcas y le dio instrucciones: báñate rápi­do, ve a comprar un cuaderno y prepara un lápiz.

Lo tomó de la mano y llega­ron a tiempo para la clase que Moisés Tlaxaltécatl daba a quie­nes querían tocar sax o clarine­te, leer partituras y cantar.

Meses más tarde, listo en el solfeo, eligió aprender trompeta, la “voz” que le parecía más bri­llante de las canciones que oía: las de Chente en casa del abuelo paterno y las que el abuelo ma­terno Ángel cantaba en las fies­tas: todas las de José Alfredo.

Manuel Páez, su papá, hizo un esfuerzo y juntó los miles.

Una tarde, en clase, Mari­bel y Manuel le cayeron de sor­presa. Hugo abrió el estuche y, ¡guaaaa!, ¡su trompeta!

Fue el primer niño ejecutante en la región. Había chicos can­tantes, violinistas, pero trompe­tistas, sólo el delgadísimo Hugo que en su salón de primaria era el más bajito.

Estudiaba cuatro horas dia­rias y los sábados de 8 a 2 y de 4 a 8, rutina del maestro Moisés.

Para Hugo, faltar a kermeses, partidos de fut y fiestas con piña­ta era normal. Lo más importan­te, de corazón: aprender a tocar.

Toc, toc, toc.

—¡Buenas tardes! Buscamos a Hugo Páez.

—Seguro tiene equivocado el nombre, me llamo Manuel, ¿qué desean, señores?

—Somos mariachis en Neal­tican, nos falta trompetista.

—El que toca es mi hijo, pero es niño y está aprendiendo.

—Nos lo recomendaron.

Y ofrecieron pagarle por ir al municipio contiguo a tocar. El niño dijo que sí.

—Pero, ¿cómo voy a llegar a Nealtican?

—Yo te voy a llevar —le pro­metió Maribel.

Y así se ganó sus primeros pe­sos. El éxito total llegaba con el solo de “Nereidas”, que tocaba subido en una silla para que al­canzara la estatura de los demás.

A los 15 años, le preguntó a su hermano un año menor: “La­lo, ¿y si hacemos un mariachi?”.

“No me imagino haber hecho algo sin mi hermano; pero no di­mensionaba yo lo que implicaba organizar un grupo así”.

Manuel le advirtió la gran responsabilidad.

Y Maribel le repitió la fra­se que aprehendió como con­vicción: “Si las cosas que valen la pena se hicieran fácilmente, cualquiera las haría”.

Papás y adolescentes visita­ron amigos, parientes y vecinos.

Reclutaron a 12 en un solo día. Pero ninguno sabía música, mucho menos tocar.

Hugo aplicó su disciplina: tras las clases de secundaria, toda la tarde a estudiar y el sábado com­pleto, para los 18 amigos.

Se estrenó de maestro de sol­feo. Buscó luego quiénes les en­señaran a tocar. Todos los papás apoyaron comprando instru­mentos y, para destacar, se pre­sentaron en público por prime­ra vez en camisa roja y panta­lón blanco.

Invitaron de padrinos a ma­riachis profesionales y ha sido el concierto más sentido de Tecua­nipan. No han dejado de tocar.

Ya fueron a Nueva York. A gi­ra, a encabezar el Desfile de la Hispanidad, a tocar para los pai­sanos de San Jerónimo que viven y trabajan allá.

Todo ello, dirigidos por el fun­dador adolescente. Tan joven es­taba, que a veces los clientes de primera vez piden hablar “con algún mayor”.

Hoy tiene 32 años de edad, hizo la licenciatura en música en la BUAP y es administrador de empresas titulado por la UVM.

Eduardo ejerce en California de ingeniero en mecánica au­tomotriz pero Cristian, el tercer hermano, es su violinista fuerte.

Reconoce como primer maes­tro a José Cuanalo, trompetista hermano de su mamá, quien la convenció de la versatilidad del instrumento y le enseñó las ba­ses de lo que hoy es su vida.

UN ROBUSTO SOPORTE HIZO TODA LA DIFERENCIA

Lo reconoce así: sin su famila, el primer mariachi de San Jeró­nimo Tecuanipan no existiría.

Hugo Páez Cuanalo se sien­te afortunado y agradecido por el papá que le tocó: sin externar sus reservas para no desanimar­lo, ha impulsado su carrera co­mo músico.

Y hace una mención espe­cial para su mamá. Él era tan niño que no se aguantaba el ins­trumento con estuche y era ella quien lo llevaba ida y vuelta a su primer trabajo.

Iban a ensayos y eventos de Tecuanipan a Nealtican, muni­cipios contiguos sin transporte público para comunicarlos, de modo que debían transbordar en Acuexcomac (junta auxiliar de San Pedro Cholula).

“Era tan bajito, que el direc­tor del mariachi lo subía a una silla y lo presentaba diciendo que acababan de sacar al trom­petista del kínder”, relata Mari­bel Cuanalo Morales.

Cuando está ocultándose el sol detrás del volcán, ambos ac­ceden a recrear la escena que se les repitió aquel año: juntos, del brazo o de la mano, haciendo la parada a la “combi”.

Su motor se llama Eduardo. Lo extraña porque vive en Esta­dos Unidos, por su profesión, y le encantaría que volviera a to­car las armonías con el maria­chi de chamacos.

Cristian, su violinista favori­to, tiene una agenda apretada con su carrera de músico clási­co, pero alterna en el ensamble.

Emmi ha llegado al final, el cuarto hermano y el menor. Y sin haberle contado la historia tomó primero el violín y, ahora, es su alumno de trompeta, “pa­ra poder tocar como lo hace Hu­go”, dice el niño que ya comien­za a dominar el repertorio vesti­do de charro.

Un apoyo extrafamiliar: Jordi Albert. En la BUAP, los maestros de Hugo le reprochaban el estilo del mariachi, les parecía “agre­sivo” y llegó un momento en que su trompeta dejó de sonar. El director de Jazz de la Univer­sidad Veracruzana en Xalapa, doctor en pedagogía de instru­mentos de metal, a quien seguía en Facebook, lo sacó del hoyo.

Tras diez días intensivos en la ciudad verde, con clases de anatomía, ejercicios con popo­tes y soportes para cuello y ca­beza consiguió retomar sonido.

PULE TÉCNICA CLÁSICA Y MEMORIA DE MARIACHI

Se contraponen, sí, pero algo be­be un estilo del otro; por tanto, Cristian Páez Cuanalo navega en las aguas del mariachi y del clá­sico con brújula bien calibrada.

Violinista alumno del Institu­to Superior de Música Esperan­za Azteca, conjuntó un cuarte­to con otro poblano, un músi­co de Veracruz y otro de Ciudad de México.

Y en el mismo año que se en­samblaron, 2019, entraron al Concurso Nacional de Cuarte­tos de Cuerdas.

Se congelaron unos momen­tos cuando vieron quiénes eran los 10 rivales: graduados de maestrías, instrumentistas con plaza fija en la Sinfónica de la UNAM, en la de Bellas Artes.

¿Qué hacer para distinguirse de los demás? Cristian propuso copiar a los mariachis una de sus virtudes: ejecutar de memoria.

Lo secundó Javier Medina, quien nació también en familia de músicos con traje de charro en Calpan, igual, municipio cer­cano al volcán.

En el escenario, los cuatro re­tiraron los atriles y empezaron a tocar pasándose la batuta en es­tafeta horizontal.

Ganaron.

Fueron revelación y campeo­nes al mismo tiempo.

Julio Saldaña –director de or­questa, violinista y su mentor– les advirtió que aquello era un trampolín, no la meta.

Y se lanzaron a gira por Sui­za, Austria, Francia e Italia.

De niño, Cristian fue a Nue­va York con sus hermanos ma­yores, Hugo y Eduardo, como ejecutante en el mariachi que aquellos fundaron.

Luego, ganó becas para cur­sos en la Universidad de India­na y estuvo en veranos con ins­trumentistas de todo el mundo.

“Pensé que eso era todo. Pe­ro al llegar a Europa, ver a los mejores concertistas del plane­ta fue como conocer una nueva dimensión”.

Accede a contar su transfor­mación: al entrar a la primaria, de 6 años, su hermano mayor tenía casi 16 y estaba formando su mariachi. Ensayaban en un cuarto de su casa y sus ojos se fi­jaron en los violines.

Con uno de feria, hecho de palo y con hilo de plástico en vez de cuerdas, regalo de Día de Re­yes, empezó a tocar-soñar. “No sonaba nada, pero él lo tomaba muy inspirado”, cuenta Hugo, su primer maestro.

Cristian era tan tímido que, fuera de casa, no se le despega­ba a su mamá. “Imagíname: con cualquier situación desconoci­da, me ponía a llorar”.

Pero un día vio una presen­tación en público, en el pueblo.

Quiero estar ahí y tocar el violín, dijo a sus papás.

No le creyeron. Ni traje tenía.

“Mi primo acaba de bailar con traje de charro”, argumen­tó, y sugirió que lo pidieran pres­tado. No se consiguió.

El niño subió al escenario en la plaza del pueblo. Se desintegró la vergüenza. Actuó, le aplaudie­ron, bajó contento, pleno.

Meses después, llegó el nuevo uniforme para el mariachi En­canto Juvenil que aún integra: traje color vino. Quiso el suyo.

Y empezó a cantar a los sie­te años, con las ventanas de los dientes recién caídos que le tordían las sílabas.

“Mentira”, que en el 81 pu­so de moda Luis Miguel, su éxito.

Y se iba a trabajar con el ma­riachi, como jugando. Llegaba a sumarse a las tres últimas can­ciones: dos cantadas y una con el violín. Y le daban sus pesos.

A los 10 años le cayó el reto de su vida: quiso ir a la orques­ta Esperanza Azteca, como sus primos. Conquistó al jurado con “El son de la culebra”, aprendido con el mariachi.

No sabía leer ni una nota. No tenía idea de la técnica y las ins­trucciones eran enigmas para él. Nadie lo preparó para ese cho­que. Trabajó el triple. Y hoy es un talento y orgullo nacional.

 

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Etiquetas: Hugo PáezManuel PáezmariachismusicosNueva Yorkprimera generacióntrompetista

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