Mario Galeana
Hace 26 años, un comité binacional formado entre México y Estados Unidos inició la construcción del Gran Telescopio Milimétrico (GMT) Alfonso Serrano, el mayor del mundo en su clase y “la mayor inversión en ciencia que se ha hecho en este país”, a decir de su director, el astrónomo Miguel Chávez Dagostino.
El ensamble comenzó el 20 de enero de 1997 sobre la cima del volcán inactivo Sierra Negra, enclavado sobre el Parque Nacional Pico de Orizaba, en el estado de Puebla, y se prolongó durante 20 años.
Fueron dos décadas de labor que requirieron una inversión de 200 millones de dólares –70% aportados por el gobierno mexicano–, el acarreo de toneladas de material a bordo de 3 mil 800 camiones y una temperatura promedio de 0 grados centígrados a una altitud de 4 mil 700 metros, con oxígeno y visión escasos.
Al cabo de 2011, el coloso estaba en pie y con la mirada puesta hacia el cosmos. En esa primera etapa se consideraron 11 trabajos experimentales y, para 2013, el GMT había realizado sus primeros resultados con la observación de dos galaxias paralelas.
El GMT está diseñado para observar lo invisible en el universo.
Como posee una superficie reflectora de 50 metros de diámetro –el equivalente a medio campo de futbol profesional–, es capaz de captar la luz milimétrica de los objetos celestes que no emiten luz visible debido a que la materia esencial del universo es fría.
Sólo a través de la lectura de ondas milimétricas, el GMT ha sido capaz de detectar luz en regiones aledañas del universo en donde se forman y evolucionan planetas, estrellas y galaxias que llegan a tener una temperatura de -230 grados Celsius.
LOS PRIMEROS
DESCUBRIMIENTOS
Para 2017, el centro astronómico hizo uno de sus principales descubrimientos: la confirmación de la existencia de la segunda galaxia más distante del universo, bautizada con el nombre de G09-83808, y la detección de moléculas de agua en ella.
Así como revela lo invisible, el GMT también revela el pasado:
la señal de aquella galaxia lejanísima se emitió hace más de 12 mil millones de años, “cuando el universo tenía menos del 10% de su edad actual”, según explicó el astrofísico Jorge Zavala, responsable del equipo internacional de científicos que participaron en el descubrimiento.
Los científicos comprobaron que las propiedades de esta galaxia eran similares a las que poseen objetos mucho más cercanos a la Tierra, lo que implica que la formación de estos cuerpos no ha cambiado mucho desde el inicio del Universo.
Antes, en 2016, el GMT fue utilizado para estudiar los anillos de polvo que circundan a la estrella Épsilon Eridani (EE), con una edad de 800 millones de años –el Sol tiene 4 mil 500 millones de años– y localizada a 10 años luz de distancia.
Ya desde finales del siglo XX se sabía que la estrella EE poseía un cinturón de polvo de muy baja temperatura, pero las imágenes obtenidas por el GMT mostraron por primera vez “la emisión estelar y el anillo de polvo completo” de aquel cuerpo celeste.
“Además, demostró que el abrillantamiento en secciones del anillo encontrado con otros telescopios menos sensibles, bien podría tratarse de galaxias muy luminosas, distantes e imperceptibles con telescopios ópticos, que presentan una prominente formación de nuevas generaciones de estrellas”, resume el astrofísico Miguel Chávez Dagostino en un artículo publicado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) en 2017.
A finales de 2018, un grupo de astrofísicos encabezados por la doctora Anna Lia Longinotti anunciaron que, a través del GMT, habían identificado un poderoso viento de gas molecular frío –con una velocidad de 30 mil
kilómetros por segundo– en una galaxia que se ubica a 800 millones de años luz de distancia.
Este tipo de vientos son característicos de agujeros negros supermasivos que cruzan una galaxia activa. Lo que los científicos comprobaron fue una conexión entre dos ráfagas de viento molecular: una generada en el corazón de la galaxia, y otra en regiones distantes a su alrededor. Un fenómeno que se conoce como retroalimentación.
“La novedad del resultado es que vemos retroalimentación en una galaxia en la que no la esperábamos. Los otros dos objetos en los que se observa este fenómeno son más ricos en gas y polvo, mientras que esta galaxia es muy parecida a la Vía Láctea.
Esto abre una puerta para investigar si también las galaxias menos luminosas y con características diferentes pueden contribuir a la retroalimentación del núcleo activo de galaxia”, explicó Longinotti.
UN CIRCUITO PARA MIRAR
LOS AGUJEROS NEGROS
Un ojo incandescente brota de la oscuridad, entre las estrellas, como un anillo al rojo vivo en el fondo del cosmos. Hasta antes del 10 de abril de 2019, nadie sabía que así es como sería el primer agujero negro observado por la humanidad.
Aquella imagen que dio la vuelta al mundo fue posible por el trabajo del consorcio internacional Telescopio del Horizonte de Sucesos, formado por ocho grandes centros astronómicos, incluido el GMT.
Este fue el “avance científico más importante del 2019”, según según la prestigiosa revista Science, puesto que se trató de la primera imagen capturada de un agujero negro supermasivo.
Sagitario A*, como se nombró a este agujero negro, se localiza en el centro de la galaxia Mesier 87, a una distancia de 55 millones de años luz, y tiene una masa 6 mil 500 millones de veces mayor que la del Sol.
En el descubrimiento participaron 200 científicos adscritos al GMT, el ALMA (Atacama Large Millimeter/submilliter Array) y APEX (Atacama Pathfinder Experiment), en Chile; el SMA y JCMT, en Hawái, el SPT, en el Polo Sur, el STM, en Arizona, Estados Unidos; y el PV, en España.
El papá del GTM
Alfonso Serrano Pérez-Grovas era descrito por su esposa, Leticia Vázquez, como “un científico loco genial”.
Nació en Ciudad de México, fue astrónomo, investigador y académico y director del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE) durante nueve años, quizá la etapa de más desarrollo de este centro de investigación.
Ya desde 1987, como director del Instituto de Astronomía de la UNAM, comenzó a promover el proyecto del Gran Telescopio Milimétrico, que despertó polémica de tan ambicioso.
No cejó y, tras años de cabildeo, consiguió que el INAOE y la Universidad de Massachussets firmaran un acuerdo binacional para su construcción.
Observó toda la etapa inicial de instalación del GMT: la construcción del camino hasta la cima del volcán Sierra Negra, la disposición del telescopio, su antena y sus anillos; incluso así, el proyecto siempre estuvo en vilo.
“A veces no tenía para pagar al personal; para que no se fuera, hipotecó su casa. Otra locura genial para no frenar”, cuenta su esposa. A principios de 2011, Serrano Pérez-Grovas observó lo que los astrónomos llaman
“la primera luz científica”: la primera imagen captada por el artefacto. Poco después, supo que padecía cáncer de páncreas y murió el 12 de julio de 2011, dos meses más tarde.
“Me dijo que él debía concluir el telescopio a como diera lugar porque, de no hacerlo, no podría darle la cara a la comunidad científica de aquí y del mundo”, narra Vázquez.




