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Entretelones de una exposición

Crónica Puebla por Crónica Puebla
18 mayo, 2022
en Metrópolis
Entretelones de una exposición

Foto: Agencia Enfoque

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Para entender el tiempo no se necesita un reloj; se necesita un museo.

Porque a pesar de que nuestra experiencia más intuitiva nos diga que el mundo está hecho de cosas, los museos de muestran que, en realidad, el mundo está hecho de sucesos: de cosas que no permanecen, sino que ocurren.

Aunque aparentemente preservan objetos, lo que los museos hacen es guardar la memoria de esas piezas: el contexto histórico en que fueron fabricadas y su representación en la época. Todos, de una u otra forma, son sucesos: la escena de un cuadro novohispano es un suceso.

Además de su función histórica, los museos también son centros de conversación: sitios en los que se genera un diálogo, un tipo de reflexión que permite entender nuestra experiencia en el tiempo, sea pasado, presente o futuro.

Como reflexiona el curador y museógrafo Gustavo Ramírez, “los artistas han dejado de ser aquellas personas que realizan arte ‘bonito’, para semejarse con los periodistas: son gente que opina y desarrolla discursos sobre ciertos temas”.

Puebla tiene larga tradición museística que comenzó formalmente en 1926, con la apertura del Museo Regional Casa de Alfeñique donde se conservan, hasta hoy, objetos y obras diversas sobre la historia del estado.

Mucho antes, en 1813, la segunda Academia de Artes ya albergaba una gran colección de obras que se convirtió en acervo del Museo Casa de los Muñecos, como apunta el historiador Federico Adán Hernández Juárez.

Hasta ahora, los museos han ofrecido una representación de la realidad en la que no se observan las costuras: el proceso de montaje de un inmueble o de una exposición es desconocido para la mayoría de visitantes.

Tras cada exposición, hay un largo trabajo que puede tomar años de una cadena de personas, desde directivos, coordinadores, museógrafos, curadores y restauradores, hasta artistas, guías, proveedores, transportistas y, claro, el público.

¿CÓMO SE PLANEA UNA EXPOSICIÓN?
No hay medida única. Por ejemplo, el director ejecutivo del Museo Amparo, Ramiro Martínez Estrada, explica que cada una de sus exposiciones temporales, que suelen ser de arte contemporáneo, toma tres años desde la planeación hasta su inauguración.

“Esto varía de acuerdo con la institución y los proyectos. Incluye la definición del proyecto, quién será el investigador o curador que lo trabajará, la selección de obras que se realiza, las peticiones que se presentan, las solicitudes de préstamo, la parte educativa y su inauguración”, explica.

En cambio, para María Eugenia Jiménez Melo, quien ha participado en exposiciones como artista y curadora, los procesos han tomado tres meses, en promedio.

“Sí, puede haber procesos que son de años, que yo creo que son proyectos magníficos, pero también me ha tocado que curadores ya se fijaron en tu trabajo por algo y te piden una pieza específica. O bien, que te piden elaborar una pieza para una curaduría, que también es un reto padrísimo”, narra.

El trabajo del curador es el mismo que el de un investigador académico: elabora una tesis en la que se desarrolla una idea o una hipótesis y, con ese punto de partida, busca a los artistas con quienes puede desarrollar los conceptos de la investigación.

Las exposiciones pueden realizarse con base en una tendencia específica o a partir de una coyuntura. Desde el solipsismo contemporáneo hasta la influencia de uno de los grandes pintores del siglo XX.

El Museo Amparo, por ejemplo, se enfoca en exponer la producción de artistas mexicanos: mexicanos que han vivido toda su vida en el país, mexicanos nacidos en el extranjero, o extranjeros nacidos en México.

Y, en general, en artistas que hayan tenido un desarrollo a partir de la década de los años 90. “Esa es una línea de trabajo, pero tenemos otra de arquitectura, de diseño, de colección de México antiguo. Algunas las generamos nosotros mismos, pero otros proyectos se generan por otras instituciones que consideramos que enriquecen nuestro programa”, detalla su director ejecutivo.

Para la artista plástica María Eugenia Jiménez Melo, quien realiza curaduría no necesariamente debe ser un creador, sino una persona creativa que piense en el hilo conductor que reúne las piezas y a los artistas tanto como a la investigación.

“Se necesita mucho ojo, una mirada, mucha experiencia en ver, en leer el mundo. Cuando he participado en trabajos de curaduría, me parece que me baso en mi gran atracción por esas obras –que a menudo son obras que yo no puedo hacer–, y trato de no imponer nada a los artistas, sino de hacer procesos creativos horizontales”, abunda.

A partir de ese momento, la exposición se convierte en el borrador de una película. Con ayuda de un museógrafo, el curador traza una suerte de storyboard que ilustra cómo visualiza la exposición, cuánto espacio tiene el lugar en el que se montará y de qué manera se desarrollará el acomodo de las obras.

“El curador da la historia o la investigación al museógrafo, y éste la traduce a la sala física. El museógrafo es muy importante, porque se encarga de que las obras lleguen bien, de los protocolos de recepción, del montaje, de los abogados, de los honorarios… por nuestro escritorio pasa todo”, abunda Gustavo Ramírez, quien realiza ambas funciones en la Capilla del Arte de la UDLAP.

Ramírez, quien también fue jefe de exposiciones para el gobierno municipal de Puebla entre 2008 y 2011, ilustra todo este proceso: “Así como el curador es un eslabón entre el museo, el público y los artistas, el museógrafo es un eslabón entre el director, el curador, los proveedores y el servicio educativo. Y si servicios educativos no habla con el curador, por ejemplo, la cadena se rompe”.

Foto: Agencia Enfoque

MEDIAR ENTRE LA OBRA Y EL PÚBLICO
Cuando el trabajo del curador y del museógrafo ha cumplido con su cometido, el recorrido de la exposición debería facilitar que la mirada del público viaje a través de las obras. Que navegue a través de los pensamientos o disertaciones del artista.

“Si esto no ocurre, sencillamente la exposición se convierte en una sala donde la gente va y ve cuadros colgados.

Lo que he visto últimamente es que las exposiciones de los museos públicos del estado sólo cumplen la función de abrir la puerta y dejan que la gente vea los cuadros, sin vivir auténticamente la experiencia de los museos. Por eso la gente puede desencantarse de los museos y preferir ir a ver a los payasos al Zócalo”, critica Gustavo  Ramírez.

Aquí cobra relevancia la figura de servicios educativos en los museos, área encargada de generar talleres educativos, pero también de conducir a las personas a través de las exposiciones, con un relato que ayude a entender las motivaciones del artista y su contexto.

“Si bien existe la idea de que la obra de alguna manera habla por sí misma, también es importante –porque hay diferentes públicos, con diferentes niveles de observación o de conocimiento– pensar qué haces para que la gente pueda utilizar ciertos procesos y llegar al entendimiento de la obra”, considera Ramiro Martínez Estrada.

El historiador Federico Adán Hernández Juárez, quien ha estado a cargo de esta área en distintos recintos culturales, procura realizar no sólo un trabajo de formación para las personas que median o guían el recorrido, sino también generar talleres y otras actividades en esos recintos que refuercen el conocimiento aprendido durante la visita.

En medio de todo este proceso, desde la curaduría hasta la exhibición final, hay trabajo previo de restauradores, que reparan desperfectos que una obra pueda tener a lo largo del tiempo; proveedores del equipo necesario para el montaje de la exposición, que puede ser muy específico para no dañar las obras; y transportistas de las piezas.

Foto: Agencia Enfoque

¿Y EL MUSEO DEL FUTURO?
En una época poblada de objetos (o sucesos) de obsolescencia programada, los museos se enfrentan también a un dilema: cómo mantenerse vigentes frente a la experiencia del tiempo.

El curador Gustavo Ramírez cree que los museos deben responder a las necesidades del presente, información multimedia, teorías de sensorización humana, hiperconexión y, en general, que incorporen herramientas utilizadas en el celular, que es, posiblemente, el objeto más usado en la actualidad.

“No digo que sólo se hagan cosas digitales, sino pensar en lo que vivimos. El Museo Tamayo tiene una muy buena página, una agenda clarísima, una app que puedes bajar para tu recorrido… eso es la mediación. El mundo de los museos es una industria, no es caridad social entre fifís y chairos, sino que debe brindar la mejor de las experiencias a quien sea”, dice.

Ramírez cree que los museos necesariamente deben incorporar la obra de artistas locales y la mediación por  parte de servicios educativos, lo que, en su opinión, no está sucediendo actualmente dentro de los espacios  culturales del estado.

La artista María Eugenia Jiménez Melo cree que, aunque los museos históricos cumplen una función especial, los espacios que acopian arte contemporáneo deben ser lugares horizontales, con mucha interacción entre los visitantes y las obras.

Y toma como ejemplo dos lugares: el Museo Erasto Cortés, donde el acervo permanece “activo” por la realización de talleres de grabado y venta de obras por parte de artistas; frente al Museo Internacional del Barroco, que “se ha vuelto un espacio para aventarse selfies… que, aunque está bien que pase, no tendría que ser lo más  importante”.

El director ejecutivo del Museo Amparo, Ramiro Martínez Estrada, considera, en cambio, que no hay una fórmula probada para garantizar el futuro de un museo.

“Cada institución tiene su propia razón y vocación, y está inserta en una comunidad en la que su principal interés es servir. La evolución del museo depende de la evolución de la comunidad, de la evolución física, financiera y social de la comunidad, y por eso es muy aventurado dar un consejo, más allá de estar cercanos a esa  comunidad”.

Foto: Agencia Enfoque
Etiquetas: metropolismuseosPuebla

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