Por: Jesús Peña
En el estado de Puebla, 16 de cada 100 niños sufrió abandono, orfandad y violencia en los confinamientos por la pandemia de COVID-19, lo que afecta el actual regreso presencial a clases, marcado por un profundo rezago que tardará de cuatro a cinco años en ser superado.
Así lo indicó Dulce María Pérez Torres, catedrática-investigadora de la Facultad de Psicología de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), con datos de la Red por los Derechos de la Infancia en México, en su medición de 2021.
En rueda de prensa, la especialista indicó que padecen violencia contra niñas, niños y adolescentes ocho de cada 10.
“Abandono, orfandad y violencia padeció 15.7% de los niños poblanos, dice la estadística; pero la cantidad real bien puede ser el doble o triple, porque el niño no lo dice, pero no participa en clase. Con la educación híbrida algunos estuvieron arrinconados, a oscuras y golpeados”.
Y agregó: “En colegios de menos posibilidad económica se ve cómo las mamás jalonean a los hijos; en otros, los bajan de la camioneta a gritos. Muchos niños y adolescentes son violentados desde que se despiertan para que vayan a la escuela. Esta violencia en la comunidad es un reflejo de lo que pasa en casa”.
La catedrática explicó que en los primeros tres meses de educación a distancia los niños no sabían lo que estaba sucediendo, pero aprendieron a dominar la tecnología para tomar clases.
Pero perdieron la focalización de su atención, por tantas horas frente al computador.
Destacó que las clases debieron abreviarse: 30 minutos para leer un texto, hacer un ejercicio y compartirlo, más 10 minutos de reflexión del trabajo con el niño; pero al mantener la hora completa, el menor comenzaba a distraerse, padres o abuelos prendían la televisión y el niño hacía caso a dos dispositivos.
Los adolescentes se despertaban, prendían el celular, dejaban que el profesor hablara 50 minutos mientras seguían acostados, entonces, cuando despertaban por completo, no habían entendido, no había compresión y no podían participar, ello sin contar los problemas que pudieran tener con el internet, relató.
“Se evidenció que los medios de comunicación fueron más auditivos que participativos, que en las escuelas nos educaban más para la acción y no para la escucha; a eso se deben los grandes rezagos. En presenciales va a ser muy difícil que el niño esté atento a un maestro que se mueve en un escenario muy corto, quien debe cubrir las lagunas que tienen”, señaló.
Pérez Torres indicó que el riesgo ahora es que el niño sólo estudie para pasar el examen, pero no entienda significados.
Por ello, el sistema debe cambiar, tomando el aprendizaje del menor en su casa y así regresarlo a la escuela.
“Antes el camino era de la casa a la escuela y regreso a casa; ahora debe partir de la escuela a la casa y de vuelta a la escuela”.
Durante la pandemia de coronavirus, los niños no sólo vivieron violencia; también fueron llevados al trabajo físico, una combinación que genera la pérdida del interés por el estudio.
Más aún, jóvenes de 18 años llegan ahora a la universidad después que dos años de preparatoria encerrados en casa, volviendo a tener el papel de los niños pequeños de la familia. Ellos llegan con una especie de “infancia atorada” a la formación superior, explicó.
La investigadora también advirtió sobre el riesgo de que crezca el bullying en las aulas, en especial en los menores que han sufrido denostación desde su hogar –a través de apodos o malos tratos–, pues llegan endebles al sistema educativo.
“Los profesores deben estar atentos y retomar reglamentos para tener cierto control. Otro factor será el ciberbullying, aquí hay que ponerlo en manos de autoridades”, apuntó.


