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4 de octubre: no se olvidará

Crónica Puebla por Crónica Puebla
7 octubre, 2022
en Opinión
4 de octubre: no se olvidará

CUARTOSCURO

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Agenda Ciudadana

Jorge Alberto Calles Santillana

La decisión del Senado, del pasado martes 4, de mantener al ejército en labores de seguridad hasta el 2028, sintetizó cinco procesos políticos: uno, la larga historia de nuestras fallidas políticas públicas de seguridad; dos, la también larga historia de corrupción de la gran mayoría de los políticos; tres, la historia del interés de quienes han ocupado la presidencia en someter a los otros poderes, en detrimento del estado de derecho; cuatro, las ilegales prácticas de López Obrador para imponer su voluntad y, cinco, el empoderamiento del ejército registrado en estos últimos años. En corto, la fusión de lo peor del pasado y del presente ha incrementado las posibilidades de que tengamos un estado narco-militar. El 4 de octubre será, al igual que el 2, una fecha inolvidable.

La discusión sobre la conveniencia o no de mantener al ejército está li­gada a la historia de la formación del crimen organizado en México. Ésta inició a fines de los 70, cuan­do el negocio de las drogas se hi­zo relevante para bandas mexica­nas. Los gobiernos priístas –bajo influencias de y arreglos con el go­bierno norteamericano– minimi­zaron el problema. Aceptaron ne­gociaciones; altos funcionarios fue­ron cooptados y el trabajo guberna­mental con los aparatos de seguri­dad, las policías y las comunidades fue ignorado.

Más recientemente, Felipe Cal­derón inauguró un segundo capí­tulo cuando decidió combatir al narcotráfico desde una perspecti­va criminal y, a sabiendas de que los cuerpos policíacos ya estaban infil­trados, recurrió al ejército. Este en­foque impidió a Calderón reconocer las coordenadas políticas y socia­les del fenómeno, lo que le habría conducido a desarrollar otro tipo de políticas públicas. El resultado fue claro: se incrementó la violencia y el negocio no abandonó su boyan­te trayectoria.

El tercer episodio corresponde a la política de “abrazos, no bala­zos”, cuyos resultados no han si­do sino, por una parte, incremen­tar el poderío del crimen organiza­do y el número de homicidios dolo­sos en el país, y por otra, despertar sospechas de la existencia de con­tubernio entre el gobierno federal y los cárteles de drogas, especialmen­te el de El Chapo Guzmán. La pro­mesa de que en seis meses la vio­lencia sería asunto del pasado –una de las razones por las que el presi­dente obtuvo una copiosa votación favorable– ha quedado incumpli­da. Esta historia nos ha conduci­do a aceptar que el ejército se ha­ya hecho cargo de nuestra seguri­dad y que continúe haciéndolo los siguientes seis años.

Pero la propuesta militarista fue aceptada gracias a que senado­res priístas que antes la habían re­chazado se doblaron ante las ame­nazas de que sus prácticas de en­riquecimiento ilegal fueran saca­das a la luz pública; sumaron, así, sus votos a los oficialistas de More­na. Políticas como ésta difícilmen­te serían aprobadas si los políticos carecieran de historias negras. La gran mayoría de los políticos, de to­dos los partidos, se han valido de sus cargos y sus trayectorias para enriquecerse, desde hace muchísi­mos años.

Esto lo sabe perfectamente el presidente; no le resulta difícil, por tanto, hacer avanzar sus proyec­tos. Tales niveles de corrupción son propios de los regímenes autorita­rios y no transparentes, como lo ha sido el nuestro. De esa forma, la política mexicana se mueve en círcu­los viciosos: no somos un país de­mocrático porque nuestros políti­cos no tienen prácticas democráti­cas y porque promueven poco la le­gislación democrática.

Por otro lado, en estos años, el presidente ha debilitado todas las instituciones que, muy a pesar de los propios políticos, se habían ve­nido erigiendo como resultado de las luchas civiles.

La gran mayoría de los presiden­tes han sido víctimas del presiden­cialismo. Si asumieron la presiden­cia con claras intenciones demo­cráticas, el gran poder concentra­do en ella los condujo no sólo a ol­vidarse de ellas, sino a desear más y más poder.

La mayoría de los presidentes ha pretendido limitar u obstaculizar a los otros dos Poderes, en aras de avanzar sus proyectos y fantasías.

Presidentes con impronta auto­ritaria, como López Obrador, han ido más allá. Han buscado debili­tarlos. En estos cuatro años lo he­mos atestiguado. López Obrador no sólo ha buscado reducir la ca­pacidad de los otros poderes de in­fluir en los procesos políticos; ha hecho todo a su alcance por some­terlos, subordinarlos. Esta es una de las razones por las cuales el es­tado de derecho jamás ha sido rea­lidad en México.

Las prácticas intimidantes e ile­gales del presidente anudan estos tres procesos. Como nunca, des­de la presidencia se han lanzado amenazas abiertas y veladas con­tra quienes contravienen la volun­tad presidencial. La presión se con­vierte, así, en una fuerza imbatible. El presidente ha conseguido, una vez más, imponer su voluntad y sus deseos. Adicionalmente, ha conse­guido debilitar la alianza opositora al grado que difícilmente PRI, PAN y PRD podrán marchar juntos en futuras elecciones.

La modificación del artículo quinto transitorio de la Constitu­ción abona a favor de un mayor em­poderamiento del ejército. Y ocu­rre, quizás no de manera coinci­dente, cuando la Secretaría de la Defensa ha sido hackeada.

Esto no es un hecho menor, pues las filtraciones han puesto en claro que los militares han sido los pro­motores de la anexión de la Guar­dia Civil a su institución; que es­pían a grupos civiles, activistas, pe­riodistas y opositores; que conocen perfectamente qué grupos delicti­vos controlan qué áreas del crimen, en qué zonas y con qué complicida­des, sin que tal conocimiento se ha­ya traducido en un efectivo comba­te a la delincuencia.

No deja de hacer ruido, además, que el presidente mismo haya re­chazado promover una investiga­ción del hackeo, tal vez porque po­dría descubrirse que fue producto no sólo del abandono de políticas de la seguridad cibernética, sino tam­bién de colaboración interna. El hackeo tal vez se ha hecho público en el momento preciso para hacer ver, tal vez, que se ha incurrido en una práctica peligrosa: haber em­poderado políticamente, aún más, al brazo armado del estado.

Si en dieciséis años el gobierno federal ha sido incapaz de fortale­cer los cuerpos policíacos de todos los niveles para asegurar la paz so­cial civil, se antoja casi imposible que lo consiga en los próximos seis.

No resulta difícil pronosticar que el empoderamiento del ejército al término del plazo será tal, que muy probablemente será la institución la que determine el futuro de la se­guridad, y no los representantes del poder civil. Si Calderón no hubiera echado mano del ejército y hubiera promovido, en cambio, seriamente el fortalecimiento y la profesionali­zación de las policías, tal vez el po­der del crimen organizado no sólo no habría crecido, sino que su capa­cidad corruptora habría decrecido.

Hacer participar al ejército en la seguridad tuvo un efecto adver­so: grupos de la institución militar se corrompieron y participaron con el crimen organizado en el tráfico de drogas y personas. Ayotzinapa no deja dudas de que esto ocurrió.

Esta síntesis de procesos podría estar anunciando el fortalecimien­to de un narco-Estado militar. Esto sería terrible.

Etiquetas: 4 de octubreAgenda CiudadanacorrupcionEjércitoJorge Alberto Calles Santillanamilitarización del paísnarcoestadoSenado de la República

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