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Apología de las democracias light

Crónica Puebla por Crónica Puebla
14 marzo, 2022
en Opinión
Apología de las democracias light
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Por: Antonio Peniche García

“La democracia nació y murió en Ate­nas el mismo día”.

La frase es de uno de mis maestros de ciencia política mientras estudia­ba en “Sciences Po”, el Instituto de Cien­cias Políticas en París.

En un inicio, la confusión se apoderó de varios de sus alumnos. Incluyéndome. Comprender el trasfondo del enunciado requiere profundización y elaboración del tema.

El maestro nos llevó a intensas reflexio­nes. Muy válidas en tiempos actuales.

Los grandes pensadores de la Anti­güedad desaprobaban, en su gran mayo­ría, la democracia. Siempre plantearon un amplio abanico de antítesis.

Platón era radicalmente hostil al go­bierno popular.

Aristóteles, como lo comenté en su momento, era partidario de un gobierno aristocrático. El de los mejores, los más preparados, intelectual y espiritualmen­te. Aquellos que, con conocimientos y sa­biduría, servirían al pueblo.

Para Cicerón, los demócratas eran aquellos que querían ser agradables a la masa. Los aristócratas eran los que bus­caban la aprobación de la gente sensata.

Eurípides afirmaba: “La inferioridad de la democracia consiste en la existencia de oradores que se dirigen al pueblo, pare­cen estar de acuerdo con él en todo; pero solo buscan su propio interés. Hacen hoy las delicias del pueblo y mañana harán su desgracia. Para disimular sus culpas, ca­lumnian”.

Heródoto habla del peligro de la demo­cracia, que viene del poder que tienen en ella unos oradores interesados, hábiles en la tarea de alabar.

La palabra “democracia” tuvo un uso despreciativo a lo largo de 23 siglos, prácticamente. Se desaprobaba fuerte­mente su uso. A partir de la caída de Gre­cia, durante todo el Imperio Romano, la Edad Media y el Renacimiento, la demo­cracia estuvo en la sombra.

No fue sino hasta la Guerra de Inde­pendencia estadounidense y la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII, que se volvió a hablar de República.

La democracia se basa en un supuesto generoso: todos los hombres son igua­les. Este pensamiento honra al proyecto de sociedad que se busca construir.

Sin embargo, de entrada, la palabra “equidad” tiene un sentido más amplio y profundo, tema ya abordado con ante­rioridad. Una sociedad equitativa pue­de ser definitivamente viable, eficiente eco­nómicamente y más justa.

No aceptarlo es asumir que la voz del sabio es igual a la del ignorante. Ambos tienen la misma libertad de expresarse. Ambas opiniones merecen ser escucha­das. Pero la opinión de un sabio es mu­cho más valiosa.

En tiempos demagógicos, pareciera que ambas opiniones valen lo mismo. Mu­chos hombres ignorantes, sumidos en la miope terquedad de sus espíritus, cuando hablan y actúan convierten todo en una verdadera catástrofe.

Ya no hablamos y debatimos sobre los pensamientos de los filósofos griegos. Si­no de una tragicomedia de Molière o de Lope de Vega.

“Los sabios son los que buscan la sabi­duría; los necios piensan ya haberla en­contrado” diría Napoleón.

O expresado magistralmente por Al­bert Einstein: “Todos somos muy igno­rantes. Lo que ocurre es que no todos ig­noramos las mismas cosas”.

La democracia da a la gente el poder de gobernarse, pero a la vez incentiva a ca­da votante individual a actuar neciamen­te, en muchas ocasiones. Insensatamen­te, en las más.

La razón es que el voto como individuo no cuenta. Hay pocos incentivos para in­formarse, para emitir el voto basado en la verdad o en lo justo.

También existe poca disciplina y esfuer­zo por cuestionarse e investigar a fondo causas y razones.

Por eso, creo es importantísimo que en una democracia existan contrapoderes. La representación es importante, indu­dablemente.

Pero lo más efectivo y fundamental; lo que visualiza, sustenta y concreta la exis­tencia, a largo plazo, de las naciones es la Ley. La Constitución es el cimiento de una república que pretenda ser justa y equitativa con sus ciudadanos.

Otros contrapoderes, perfectibles pero absolutamente necesesarios, son las ins­tituciones que sirven para proteger y en­marcar a la sociedad.

La democracia ha sido abandonada a sus instintos más salvajes. Y pareciera des­componerse desde adentro.

Hablando de pasiones ciegas y tontas, lo más peligroso sería, en afán de una bus­queda totalitaria de igualdad, dar paso a despreciar la libertad.

En aras de defender la igualdad, se nos olvida de que todo mundo es diferente. El obcecado deseo de igualdad pervierte la singularidad y libertad del ser hu­mano.

La pasión por la igualdad puede llevar a la envidia, los celos y las ganas de dañar. Una vida económicamente activa sig­nifica la supremacía de la libertad sobre la pasión de la igualdad, destaca Ikram Antaki en su Manual del ciudadano con­temporáneo.

El mundo celebra hoy las inconsecuencias e inconsistencias de una vida democrática light. Existe una vacuidad alrededor de la reflexión, de la crítica constructiva, de la conformación de una visión en común, pero respetando ideas y propuestas de los di­ferentes sectores de la población.

Una democracia liberal, basada en el respeto, tratamiento equitativo y la empatía, es un signo de compren­sión y de tolerancia a la diversidad humana.

Es estéril buscar el consenso del pensamiento. Sería fértil y sabio, bus­car el consenso en el objetivo, en la misión.

Moderar los excesos de la democra­cia es imperativo. Las virtudes genuinas de la democracia no insisten en la igual­dad, sino en la ley del mérito. La igual­dad democrática se funda sobre el princi­pio de justicia.

Para finalizar, un cuestionamiento que deberíamos hacernos todos. Es del soció­logo y filósofo estadounidense Charles Horton Cooley:

“¿Existe alguna esperanza o debemos contentarnos con compensar la ausen­cia de grandeza con una abundancia de mediocridad?”.

Etiquetas: democraciasins­titucioneso

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