Adolfo Flores Fragoso / [email protected]
Doña Marcela salió hacia la tienda y a medio camino comenzó a gritar que no podía respirar, que sentía su cuerpo caliente, que le faltaba aire, hasta que tuvo un desmayo repentino a metros de su casa y quedó recargada en cuclillas, inconsciente. Dos vecinas protegieron su cabeza con dos jergas y acostaron su cuerpo en el suelo, abrigándola con lo que encontraron. Don Toño se prestó para llevarla al hospital. Las dos vecinas buscaron las llaves y pudieron entrar a la casa para preparar el desayuno de las dos nietas que doña Marce cuidaba. Don Toño apenas pudo bajarla de su taxi y, antes de que poder cruzar la explanada del hospital, Marce comenzó a decir que no podía respirar, con esos gritos quedos de quien va perdiendo la voz y la vida. Muchas horas después comunicaron a Toño que Marce había dado positivo. Su fallecimiento lo confirmó.
Fue una de esas muertes repentinas por el virus que tiene inquietos a quienes saben pero no saben en realidad lo que está matando a toda esta gente. Y no tienen la culpa. Doña Marce nunca creyó en el virus. Pasarán días para saber su destino final. Sólo habrá un presunto diagnóstico, un número, un acta de defunción sin funeral, sin cuerpo al cual reconocer ni despedir. Sus nietas, Clau y Mica, seguirán desayunando lo que haya pues su madre está produciendo dólares en ese lejano Nueva Jersey. Cada vez que se pueda. Cada día que haya trabajo. Las vecinas están preocupadas. Qué será de esas niñas, no portadoras como ya les confirmaron. Marcela murió y dejó a sus nietas por un virus de procedencia desconocida. Esa cosa que probablemente la mató y en la que nunca creyó. “No existe”, insistía. Pero eso que no existía para ella, terminó por despedirla de la vida, tal vez. Sus nietas, de menos de seis años de edad cada una, juegan en casa de las vecinas. “¿Dónde está la agüe?”, preguntan. Pero no hay respuesta. Por el momento.
Lo mejor será sólo ocultar una triste huella de lo que pasó con Marcela, y seguir jugando y alimentado a Clau y a Mica. Mientras, delante de ellas, las dos vecinas contienen sus lágrimas.


