Iván Mercado / @ivanmercadonews / FB IvánMercado
En materia de muertes y contagios por una enfermedad sin control, la suerte y destino de los mexicanos están echados con las incomprensibles declaraciones del presidente López Obrador, al señalar que él se pondrá un “tapabocas” una vez que se haya terminado la corrupción en nuestro país.
Bajo ese principio y con base en sus promesas de campaña, sobre gobernar un país limpio de corrupción desde el primer día de su administración, el Ejecutivo ya debería presentarse ante los mexicanos con una actitud de solidaridad, para los que han sufrido en carne propia la pandemia, y de responsabilidad, para los que aún están sanos, portando en todo acto público un cubre bocas; sin embargo, si no lo hace es porque implícitamente reconoce que aún en su gobierno prevalece el cáncer de ésta nación y porque pareciera que para él esta prenda simboliza un signo de debilidad y no un ejemplo de inteligencia sanitaria.
No importa cuál sea el verdadero motivo a tan inexplicable renuencia, lo cierto es que fiel a su personalidad, el jefe del Estado mexicano no tiene pensado lanzar un ejemplo nacional de respeto a la enfermedad y de cambio en el manejo de una política sanitaria a todas luces desastrosa.
No hay casualidades.
Las tres primeras naciones con el mayor numero de muertes por la pandemia del SARS-CoV-2 (Estados Unidos, Brasil y México) son también tres países manejados por una política populista que no permite cambios ni virajes, dado que sus líderes representan una especie de conciencia y expresión popular que, por ser emanadas del pueblo mismo, no pueden equivocarse por ese principio de “sabiduría y bondad” que tanto se pregonan en nuestro país.
Otro rasgo característico de los líderes como Trump, Bolsonaro o López Obrador es que han insistido, sin recato, que sus gobiernos no son el producto de una votación más, sino que sus administraciones deben ser vistas y aceptadas como una especie de parteaguas en la historia, es decir, que llegaron no por una voluntad y deseos circunstanciales de los electores, sino porque así está marcado una especie de destino.
Es esa creencia de “supra poder” la que los obnubila y los lleva a menospreciar cualquier crítica, a condenar a todo aquél que no piense igual y, en el extremo, a dividir a naciones enteras planteando escenarios sociales de “morales e inmorales”, de ciudadanos “puros e impuros” o de “conservadores y liberales”.
Encumbrados socialmente y apostados a tomar como verdad absoluta esa circunstancia de poder, esta clase de gobernantes se saben o se manejan como una representación del poder absoluto.
No hay constitución que los supere, no hay leyes que valgan si éstas vienen del pasado, no hay datos que los cuestionen o científicos que los contradigan y, por su puesto, no hay realidad que los rebase, porque ellos mismo se han encargado de construir mentalmente una realidad paralela en la que surgen “otros datos” o donde el crecimiento o decrecimiento económico de una nación no define la calidad de vida de sus habitantes.
Está claro que, bajo esta lógica, una pandemia como la que nos tiene sometidos en México, no va a venir a cambiar sus planes, ilusiones o sueños transformadores, porque aún una contingencia mundial como la COVID-19 es vista sólo como “otro” obstáculo momentáneo, que debe ser sorteado sin importar las consecuencias, porque nada ni nadie debe impedir el fin: ser ellos los impulsores de un cambio histórico para el que fueron llamados.
No obstante, los números son fríos y no mienten.
Estados Unidos reportó este fin de semana 154 mil 700 muertes por Covid-19, Brasil registró 93 mil 600 decesos y México 47 mil 500 (cifra sin el múltiplo de tres sugerido por la misma autoridad federal). Entre las tres naciones punteras a nivel mundial se registra un acumulado de casi 300 mil muertes, sí, los tres países con un manejo político y sanitario muy similar, guardan en estos momentos 43 por ciento del total de muertes registradas en el planeta.
Hay pronósticos internacionales devastadores como el del Instituto de Métricas y Evaluación de Salud que calculan que para el 1 de noviembre, México rondará los 97 mil muertos (sin ser multiplicadas por tres).
El modelo matemático del investigador independiente Youyang Gu, en Nueva York, refiere que para los primeros días de octubre nuestro país reportará una verdadera tragedia nacional con más de 80 mil muertes. El mismo científico pronosticó que México estaría en los primeros lugares del ranking de muertes por COVID-19 durante los últimos días de julio y los primeros días de agosto, por supuesto, no se equivocó.
Lo peor de nuestra tragedia no son sólo los miles y miles de mexicanas y mexicanos muertos, sino que desde los más altos niveles en la toma de decisiones está claro que no habrá cambio alguno en el comprobado mal manejo de la pandemia. A estas alturas, ya no importa cuántas muertes más se tengan que manejar en este México indolente e irresponsable, el fin está por encima de todo, incluso de las víctimas.
No importa cuántas denuncias por negligencia o peticiones de renuncia se hagan por parte de gobernadores para que el errático subsecretario López-Gatell deje de una vez por todas una trinchera que lo rebasó desde el inicio de la contingencia.
Nada cambiará, nada favorable sucederá con respecto al manejo de la peor pandemia a la que nos hemos enfrentado los mexicanos.
Afines o no al actual gobierno, todos estamos obligados al uso inteligente del cubrebocas y, a la vez, condenados al mismo riesgo mientras no haya una vacuna o tratamiento que nos proteja de la enfermedad.
Así las cosas, todo indica que la suerte de las y los mexicanos está echada y sólo queda el camino del manejo consciente y disciplinado de cada uno de los que aquí estamos haciendo frente a las dos enfermedades más desafiantes de este México contemporáneo: el SARS-CoV-2 y el populismo.


