Por: Adolfo Flores Fragoso/ [email protected]
De qué color es Puebla.
Es una pregunta sin interrogaciones, pues nuestra ciudad no requiere de signos ni explicaciones.
Simbólicos son ciertos dos ángeles, a veces en negro y blanco, tal vez expulsados de cierto cielo como arcángeles caídos y entregados en cierto trazado de cierta ciudad, y la construcción (con la obligada bendición) de un par de ciertas torres –a veces doradas– de cierta catedral, según consta en un cierto escudo, autoría tal vez de un dibujante inciertamente oscuro, iletrado y tan sabio como talentoso.
¿Con qué color inhalamos y vivimos a Puebla? Tal vez sea la pregunta correcta.
En cierta carta rubricada y dirigida a los reyes de la península en el siglo XVI, Francisco el Roxo exige ser el titular de la mayordomía de la nueva ciudad de la Puebla de los Ángeles, para mantener su virginidad y blancura.
Refiere el diseño de una ciudad claramente impregnada de frágiles talaveras –pintadas con claros– pues, anteriormente, había sido nicho de víboras que cambiaban de piel (‘poblaníamente’ hablando) en esta región nunca descrita, que fue la única y bella Cuetlaxcoapan, para ser preciso.
Sin rebatir al Roxo, es seguro que estuvo convencido de lo que escribió sobre lo diferente y muy húmeda que era la nueva ciudad sumergida en su blancura inicial.
Enamorado que fue, el Roxo supo de la cercanía de un olfato y unos labios con pálidas humedades que son erotismo a flor de un par de besos, no necesariamente en la oscuridad, pero sí, en un mediodía o un atardecer bochornosamente poblano.
El Roxo lo redactó muy bien en aquella epístola, muy a modo de sus dichos, esos de colores perversamente pintados desde su mano izquierda hasta la cabeza, pelirrojamente poco atrayente, por cierto.
Andrés de Herrera, otro habitante fundador de la Puebla, propuso edificar una “ciudad mostrenca”, gris, con ese gris de cantera inmortal, según constan sus dichos en libros hoy archivados, bitácoras de la recién soñada que fue la Puebla de esos escasos inmigrantes que no eran ángeles, pero muy castellanos.
Marina Muñoz (la “viuda” –le llamaban–, con cuatro hijos peninsulares pequeñitos, según consta en libros del primer cabildo local) fue enamorada secretamente por un nativo indio también de la Puebla, por lo que ella soñó con una ciudad muy café, “cafecita”, como escribiría uno de sus nobles mestizos hijos posteriores. Hijos negados en su genealogía, por impropia voluntad.
Sancho Ordóñez nunca buscó el matrimonio en la Puebla de los Ángeles, pero aquel habitante fundador la vistió de color verde con árboles de frutos que le entregaron indios calpenses y cholultecas. Antes de morir, Sancho ordenó ceder sus terrenos a los carmelitas, a los indios y a los negros que tanto lo cuidaron en sus escasas necesidades.
Otro casado con “una mujer ‘desta’ tierra” (que consta en un acta del escrutador Francisco Ciano) fue Juan Pérez de Palencia, un gran enamorado de los adobes rojos con los que también era edificada la ciudad. Fue el primero en decir que esta Puebla sería vestida “de rojo y talavera”.
Alonso Martín Partidor, otro edificador de esta ciudad, escribió una carta a su esposa quien, en meses posteriores, arribó desde Castilla (aquel territorio de espacios incómodos como imprecisos a la vista de quienes no cabalgaban): “Ocaso me despiertas pasiones lejanas y por eso deseo más tu piel, como la mía te desea a ti, toda vestida de azul en una noche, en un amanecer igual de azul…”. Conquistador y poeta Alonso, tal vez.
En cierta ocasión caminé a la orilla de un río hoy desaparecido, cuya transparencia revelaba un ciento de piedras de tantos colores, como los que contaron Alonso de la Fuente, Alonso Enco de Peñaranda, Juan de Vera, Juan Pérez de la Gama y otros pobladores fundadores, en sus intentos de traer agua a una ciudad recién nacida.
No hay conquistadores de sucio calzón color obispo, sin un corazón alterado, sofocante, terco y duro como …
Con tantos colores como pasiones, por las Pueblas que se nos da por poblar para repintarla con vida.
Con pasión en demasía, por los siglos de los siglos.


