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¡Mujer ejemplar!

Crónica Puebla por Crónica Puebla
25 agosto, 2021
en Opinión
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Por: Lic. Guillermo Pacheco Pulido
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Ni Sócrates pudo definir lo que es la justicia; se ponía a preguntar qué era la justicia y recibía muchas respuestas y ninguna admitía.

Ya los romanos, casi casi crea­dores del Derecho, dijeron que: “La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a ca­da quien lo que le corresponde”, concepto más claro, pero no muy comprensible.

A veces las personas gritan “justicia” y la idea es que se les haga caso.

Pues bien, la vida del hombre está plagada de esa palabra y con ella se ha escrito la historia de la humanidad.

La justicia a Juana de Arco:

Nace en Domrémy Francia la llamada Doncella de Orleans, en la época de la Guerra de los cien años (Inglaterra-Francia).

Conoce que los ingleses han matado a su familia. Se conven­ce que Dios la ha dado una comi­sión que es la de sacar a las tro­pas inglesas de Francia. Se en­trevista con el Delfín francés, pa­ra que le proporcione tropas pa­ra levantar el cerco que tenía Orleans.

Juana de Arco, identificada por la población como la Donce­lla de Orleans, vistió el uniforme de batalla, se enfrentó a los ingle­ses, pero al final fue puesta pri­sionera como consecuencia de una traición, a pesar de haber li­berado a la población de Orleans expulsando a los ingleses en esa región.

El conflicto entre Inglaterra y Francia duró 116 años, con bre­ves periodos de paz.

Finalmente, por propuesta de Napoleón Bonaparte, se le reco­noce a Juana de Arco como sím­bolo nacional de Francia.

Por otra parte, la justicia cas­tiga a Juana de Arco, pues ésta no se retractó, sino que afirmó sus revelaciones sobre que había recibido la encomienda divina de defender a Francia; el 30 de ma­yo de 1431 fue atada a una es­taca y quemada viva en la plaza del mercado de Ruán, al noroes­te de Francia, y sus cenizas fue­ron arrojadas al río Sena.

En 1920 fue declarada Santa por el papa Benedicto XV.

Los jueces de la Inquisición hicieron su justicia, a pesar que Juana de Arco, como campesina, les hizo saber la encomienda reci­bida de defender a Francia.

Los jueces la condenaron por herejía. La Doncella de Orleans –que así se le conocía a Juana de Arco– con su vida nos demostró que los mejores maestros y maes­tras del mundo son los que ense­ñan a los demás que el sacrificio de desarrollar el bien de todos va­le la pena, porque produce valo­res de bondad, de verdad, de ca­ridad y de solidaridad.

Fue una humilde campesina con mentalidad de servicio, con sueños de libertad. Sus pláticas partían del fondo de su espíritu, de su inmensa devoción hacia principios religiosos que la ins­piraron en sus enfrentamientos y diversas luchas bélicas, con los que finalmente demostró que te­nía razón en lo que decía y hacía.

La justicia humana fue ver­daderamente ciega con el trato que le dieron a la heroína. Ella tenía razón, pero no hubo justi­cia. Al tiempo, la misericordia y la verdad se encontraron a su fa­vor, fue declarada heroína, santa y mujer ejemplar.

La justicia humana la conde­nó; la razón, la verdad y el tiem­po la absolvieron.

Una justicia que, frente a los razonamientos de la lógica, se fue por los senderos de las interpreta­ciones absurdas.

El pensamiento de Juana de Arco idolatraba y veneraba, con­vencida de sí misma, suficientes conceptos para que fuera exone­rada, pero sufrió la condena de la justicia y sus jueces.

En lugar de abjurar de sus convicciones, aceptó la respon­sabilidad de su pensamiento y su conducta. Esa fidelidad a su rea­lidad trató de ser borrada por su aberrante proceso de herejía y la decisión del tribunal por la que se le quemó en la hoguera.

A la fecha no se sabe con mí­nima claridad qué es o qué se en­tiende por justicia.

Etiquetas: franciainglaterraJuana de Arco

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