Por: Antonio Peniche García
En 1920, México era un país dividido, desmembrado; sólo 20% de la población de 18 millones de personas sabía leer y escribir; no había ningún sistema de seguridad social; existían más de 100 partidos. No se podía realizar un gran consenso. Había que actuar. Es aquí que entra la Constitución de 1917, la primera del mundo que plasma los derechos de los trabajadores. De la misma manera, se necesitaba la visión de conformar no un partido, sino un entero donde confluyeran todas las fuerzas políticas y los diferentes actores que conformaban los grandes sectores de la vida política, social y económica de este país, que era un bebé recién nacido.
El PRI y su sistema político, tan criticado hoy y con justa razón, fungió en su momento como el padre, el guía de esta nación en pañales. Impulsó reformas, creó instituciones que le dieron paz y viabilidad. Había un proyecto de nación. Con todos sus errores y defectos, que no son privativos de la institución, sino de los hombres que la conformamos. Las primeras dos generaciones posrevolucionarias tuvieron proyecto. Sólo basta mirar los datos duros y las cifras que se dieron como consecuencia de buscar la justicia social y no al revés.
El impulso a la educación, a la salud, las carreteras, el sistema de seguridad social. México fue el único país latinoamericano que no conoció los golpes de Estado en el siglo XX. ¿No el general De Gaulle y la Unión Soviética quisieron saber por qué las cosas funcionaban tan bien aquí? Hay que conocer antes de lanzar las críticas irracionales. El llamado “milagro mexicano” no fue una ficción. Existió, aunque para muchas generaciones actuales no signifique nada.
Ese padre guió, condujo, orientó, cometiendo errores sin duda, pero con una idea de nación, con un proyecto al cual hombres de diversas corrientes de pensamiento se sumaron. Sin embargo, ese padre calló y cayó en la soberbia. Como es natural, ese bebé se transformó. Primero en niño, posteriormente entró en la pubertad y luego en la adolescencia. Pero el padre siguió tratando al hijo como a un niño y el hijo se hartó.
Diversos acontecimientos históricos constituyeron señales que deberían haber alertado sobre el proceso de maduración que estaba viviendo el país. En 1958 ya se vislumbran vientos de cambio, pero sobre todo el 68 constituye el parteaguas en la historia de nuestra nación. Hay un antes y un después. Es la entrada a la pubertad de México. El niño quiere ser escuchado. Quiere que su opinión sea tomada en cuenta. Sin embargo, se vive el manotazo para decirle: “Aquí mando yo”. Más allá de emitir un juicio sobre si eso fue bueno o malo, lo más preocupante fue la ceguera posterior con que se siguió tratando a la sociedad.
Era un aviso para el régimen de que la sociedad se estaba transformando y quería participar. Sin embargo, se hicieron oídos sordos, pero lo peor fue que se perdió el proyecto de Nación. Nos tropezamos con un irreverente y tonto populismo; se disfrutaba de las banalidades del poder perdiendo coyunturas históricas para relanzar las ideas que construyeran un proyecto acorde a los nuevos tiempos; se cayó en la grisácea actividad de ponderar por encima de la política a la técnica; nos enfrentamos a la soberbia hecha persona y a la persona hecha soberbia. Llevamos más de treinta años sin definir el camino. Somos un país a la deriva en el concierto de las naciones.
El segundo gran aviso ocurrió en 1988, en la elección de Carlos Salinas de Gortari. Previamente, había ya ocurrido la gran escisión al interior del PRI, con la separación de Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. Además de una importante movilización ciudadana alrededor de la figura de Clouthier. Pero la entrada en definitiva a la adolescencia de este país tiene lugar el 2 de julio del 2000. A los mexicanos ya no les interesaba saber qué era mejor o peor. Simplemente estaban hartos de que siempre se decidiera por ellos y eligieron poner un hasta aquí, aunque no lo razonaran.
El adolescente tomó la decisión de ir por un camino, pero lo más importante es entender el momento que vive México. Al estar en plena etapa adolescente hemos ido dando tumbos y nos hemos tropezado. Pero lo que más se busca y el más grande cuestionamiento que se tiene es el de quién soy, por qué estoy aquí, a dónde voy.
Debemos encontrarnos a nosotros mismos y generar ideas, basadas en lo que ya somos y en lo que queremos convertirnos. Ideas sobre las cuales podamos cimentar el desarrollo social, político y económico, e impulsar las reformas estructurales que urge instrumentar y podamos construir una Nación digna para todos los MEXICANOS.
Como lo menciona Ortega y Gasset, una nación se constituye no solamente por un pasado que pasivamente la determina, sino por la validez de un proyecto histórico capaz de mover las voluntades dispersas y dar unidad y trascendencia al esfuerzo solitario. Reyes Heroles proclamó siempre: “Primero el proyecto y luego el hombre”. Son tiempos de la nación, no de los partidos.
El nacimiento dialéctico de México necesita realizar su síntesis, cuyo mayor reto es el de iniciar el proceso de reinvención y de generación de ideas que marquen el rumbo del país, para constituirlas en proyectos, planes, programas y acciones. Pero para tener congruencia en ese camino y dejar la inmadura adolescencia, debemos conocernos, aceptar nuestra identidad mexicana, entender nuestro proceso evolutivo y a la vida y a la muerte que lleva consigo. Si no, con la carencia del encuentro con uno mismo, continuaremos siendo como el hombre inseguro, necio y temeroso que busca encontrar el camino vía las superficialidades materiales y banales, impulsado por sus estúpidas incongruencias y que nunca termina de madurar.


