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El nacimiento dialéctico de México

Crónica Puebla por Crónica Puebla
15 noviembre, 2021
en Opinión
El nacimiento dialéctico de México
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Por: Antonio Peniche García

En 1920, México era un país dividido, desmembrado; sólo 20% de la pobla­ción de 18 millones de personas sabía leer y escribir; no había ningún siste­ma de seguridad social; existían más de 100 partidos. No se podía realizar un gran con­senso. Había que actuar. Es aquí que entra la Constitución de 1917, la primera del mun­do que plasma los derechos de los trabajado­res. De la misma manera, se necesitaba la vi­sión de conformar no un partido, sino un entero donde confluyeran todas las fuerzas políticas y los diferentes actores que confor­maban los grandes sectores de la vida políti­ca, social y económica de este país, que era un bebé recién nacido.

El PRI y su sistema político, tan criticado hoy y con justa razón, fungió en su momen­to como el padre, el guía de esta nación en pañales. Impulsó reformas, creó institucio­nes que le dieron paz y viabilidad. Había un proyecto de nación. Con todos sus errores y defectos, que no son privativos de la institu­ción, sino de los hombres que la conforma­mos. Las primeras dos generaciones posre­volucionarias tuvieron proyecto. Sólo bas­ta mirar los datos duros y las cifras que se die­ron como consecuencia de buscar la justicia social y no al revés.

El impulso a la educación, a la salud, las carreteras, el sistema de seguridad social. México fue el único país latinoamericano que no conoció los golpes de Estado en el si­glo XX. ¿No el general De Gaulle y la Unión Soviética quisieron saber por qué las cosas funcionaban tan bien aquí? Hay que cono­cer antes de lanzar las críticas irracionales. El llamado “milagro mexicano” no fue una ficción. Existió, aunque para muchas gene­raciones actuales no signifique nada.

Ese padre guió, condujo, orientó, come­tiendo errores sin duda, pero con una idea de nación, con un proyecto al cual hombres de diversas corrientes de pensamiento se su­maron. Sin embargo, ese padre calló y cayó en la soberbia. Como es natural, ese bebé se transformó. Primero en niño, posterior­mente entró en la pubertad y luego en la adolescencia. Pero el padre siguió tratan­do al hijo como a un niño y el hijo se hartó.

Diversos acontecimientos históricos cons­tituyeron señales que deberían haber aler­tado sobre el proceso de maduración que es­taba viviendo el país. En 1958 ya se vislum­bran vientos de cambio, pero sobre todo el 68 constituye el parteaguas en la historia de nuestra nación. Hay un antes y un des­pués. Es la entrada a la pubertad de Méxi­co. El niño quiere ser escuchado. Quiere que su opinión sea tomada en cuenta. Sin embar­go, se vive el manotazo para decirle: “Aquí mando yo”. Más allá de emitir un juicio so­bre si eso fue bueno o malo, lo más preocu­pante fue la ceguera posterior con que se si­guió tratando a la sociedad.

Era un aviso para el régimen de que la sociedad se estaba transformando y quería participar. Sin embargo, se hicieron oídos sordos, pero lo peor fue que se perdió el pro­yecto de Nación. Nos tropezamos con un irreverente y tonto populismo; se disfrutaba de las banalidades del poder perdiendo co­yunturas históricas para relanzar las ideas que construyeran un proyecto acorde a los nuevos tiempos; se cayó en la grisácea actividad de ponderar por encima de la po­lítica a la técnica; nos enfrentamos a la so­berbia hecha persona y a la persona hecha soberbia. Llevamos más de treinta años sin definir el camino. Somos un país a la deriva en el concierto de las naciones.

El segundo gran aviso ocurrió en 1988, en la elección de Carlos Salinas de Gortari. Previamente, había ya ocurrido la gran escisión al interior del PRI, con la se­paración de Cuauhtémoc Cárdenas y Porfi­rio Muñoz Ledo. Además de una importante movilización ciudadana alrededor de la fi­gura de Clouthier. Pero la entrada en defini­tiva a la adolescencia de este país tiene lugar el 2 de julio del 2000. A los mexicanos ya no les interesaba saber qué era mejor o peor. Simplemente estaban hartos de que siem­pre se decidiera por ellos y eligieron poner un hasta aquí, aunque no lo razonaran.

El adolescente tomó la decisión de ir por un camino, pero lo más importante es en­tender el momento que vive México. Al estar en plena etapa adolescente hemos ido dando tumbos y nos hemos tropezado. Pero lo que más se busca y el más grande cues­tionamiento que se tiene es el de quién soy, por qué estoy aquí, a dónde voy.

Debemos encontrarnos a nosotros mis­mos y generar ideas, basadas en lo que ya somos y en lo que queremos convertirnos. Ideas sobre las cuales podamos cimentar el desarrollo social, político y económico, e impulsar las reformas estructurales que ur­ge instrumentar y podamos construir una Nación digna para todos los MEXICANOS.

Como lo menciona Ortega y Gasset, una nación se constituye no solamente por un pasado que pasivamente la determina, sino por la validez de un proyecto históri­co capaz de mover las voluntades dispersas y dar unidad y trascendencia al esfuerzo solitario. Reyes Heroles proclamó siempre: “Primero el proyecto y luego el hombre”. Son tiempos de la nación, no de los partidos.

El nacimiento dialéctico de México necesita realizar su síntesis, cuyo mayor re­to es el de iniciar el proceso de reinvención y de generación de ideas que marquen el rumbo del país, para constituirlas en pro­yectos, planes, programas y acciones. Pero para tener congruencia en ese cami­no y dejar la inmadura adolescencia, de­bemos conocernos, aceptar nuestra iden­tidad mexicana, entender nuestro proce­so evolutivo y a la vida y a la muerte que lleva consigo. Si no, con la carencia del en­cuentro con uno mismo, continuaremos siendo como el hombre inseguro, necio y te­meroso que busca encontrar el camino vía las superficialidades materiales y banales, impulsado por sus estúpidas incongruen­cias y que nunca termina de madurar.

Etiquetas: MéxicopartidosPRI

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