Por: Arturo Chávez Flores
El confinamiento, a través de esta cuarentena, así como el acontecimiento mismo de haber llegado hasta ella a través de la pandemia, nos ha mostrado muchos problemas y dificultades, sociales e individuales, que la vida cotidiana nos presenta y ante la cual hemos cerrado nuestros ojos para no observarla.
Cuestiones de convivencia familiar, social y de relación con la naturaleza nos han puesto en tela de juicio nuestros pensamientos, valores y acciones.
Una frase que se expresaba continuamente en la cuestión clínica donde los pacientes desean regresar a esa situación previa, donde aparentemente no existían síntomas o malestares de sus trastornos ansiosos o depresivos, es el regreso a su vida normal.

El fundamento del deseo de ese regreso es distinto y justificado desde diversas perspectivas: la urgencia laboral y económica, la convivencia fuera de la familia, la satisfacción de las necesidades en todos sus aspectos.
¡Necesitamos volver a la vida normal! Es el grito que comienza a escucharse. Sin embargo, el problema social que se muestra a plenitud en este tiempo no es más que eso, la corona que se ha montado sobre el mundo.
La coronación de esa normalidad equivocada del mundo que hemos creado y sufrimos. Es un momento excelente para hacer un repaso de aquellos elementos de lo que hemos vivido como normalidad: un mundo en donde brilla el egoísmo, la injusticia, la explotación de la naturaleza y de los mismos seres humanos, una transformación radical de los medios y valores económicos, el conflicto de los valores morales y jurídicos, el valor disminuido de la vida.
Un mundo en el cual hemos creído que teníamos el control y lo mucho que hemos aprendido es que no tenemos ese control que pensamos tener en ninguna de las esferas de la naturaleza ni de la vida social.
Es inevitable hacer una crítica constructiva de aquello que hemos vivido y notar que la normalidad que creíamos dista mucho de aquello que pudiera ser congruente.
Nuestro enfoque ha sido muy contradictorio en sí mismo; ha sido opuesto al sentido de estabilidad de la naturaleza, de armonía y equilibrio. Y son las situaciones conflictivas, los problemas de enfermedad, las guerras, los fenómenos naturales –sismos, tsunamis–, los cuales han permitido que esa naturaleza no egoísta del ser humano vuelva a resurgir. Nuestro propósito será practicar y permitir la continuación de ese nuevo pensamiento, de esa naturaleza compasiva y amorosa con los demás, con esa conducta responsable hacia la naturaleza.
Una actitud integral hacia una comunidad como sistema social. Requerimos que nuestro actuar esté fundamentado por un cambio de pensamiento, donde el ego solo sea posibilidad en la medida de diferenciarnos los unos a los otros, pero no para diferenciarnos creando una distancia negativa, una ruptura de relación y convivencia. Es obvio que necesitamos reactivar algunos puntos que nos permiten la vida, pero volver a la normalidad que vivíamos, ¡nunca!


