Por: Adolfo Flores Fragoso/[email protected]
María fue su nombre. Su forma de ver la vida nunca tuvo un valor inferior
La percepción masculina contra las mujeres conquistadas (nativas, españolas o negras) en la naciente Nueva España siempre tocó los límites de la reducción a nada.
Una escena bastante empobrecedora y empobrecida por los varones recién llegados de la península.
Así inició la edificación de la Puebla de los Ángeles.
Gracias a relatos de una mujer sabemos del caso.
Se trata de una dama, pareja política de cierto familiar de los Callejo Rumayor y Alonso y Prieto, según consta en el libro del Cabildo, número 66, foja 232.
Transcrito hasta el año 1797, corresponde a un relato manuscrito del siglo XVI.
María de Estrada fue su nombre.
Su forma de ver la vida nunca tuvo un valor inferior. Esa visión que no tiene que ver con obligadas ropas blancas para usar en el interior del cuerpo o casa. O con esa indignidad oculta que exige el macho.
Lo cierto es que en la península no valía la mujer.
Mucho menos en la Nueva España.
Un mero objeto en el significado de un hombre “normal”, pero “educado”, según cierta mentalidad. Tan portuguesa, también.
Sin generalizar, por supuesto.
De brillo ausente, sólo en algunos casos.
Interpretaciones tan ajenas a la idea musulmana de dios. Que son mejores y más respetuosas.
Y tan firmes.
De hecho, María de Estrada como mujer vecina y constructora de la Puebla de los Ángeles, tuvo la valía de mangonear a quienes quisieron hacerlo con ella.
No por menos sobrevivió a la inquisición española (acusada de bruja) y a un intento de violación y asesinato en cierta isla del Caribe.
Sobrevivió, aunque hoy nadie la recuerde.
Tal vez en 1531 le robaron el mes de abril.


