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Nemesio García Naranjo, gran hombre de cultura

Crónica Puebla por Crónica Puebla
22 febrero, 2022
en Opinión
Nemesio García Naranjo, gran hombre de cultura
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Por: Lic. Guillermo Pacheco Pulido
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Las más grandes lecciones de la historia son: nadie se preocupó por la historia y las ideas de todos los hombres y mujeres son siempre contemporáneas.

El hombre vale porque expresa y defiende sus ideas, sin limitación o miedo o nostalgia alguna

Por ello su verdad es comprendida porque su conciencia no fue doblada ni vendida. Su vida tiene el valor de una cá­tedra inmortal.

Enseña con sabiduría los caminos de la pluralidad y la tolerancia con los sen­deros del respeto.

Su palabra, su pensamiento y su plu­ma tomaron el camino de la verticalidad, por ello permanece en el recuerdo frater­nal de la historia.

José Nemesio García Naranjo es autor de una magnífica obra literaria. Son re­levantes sus comentarios respecto de su posición ideológica y la explica en los 10 tomos de sus memorias.

Formó el famosísimo “Cuadrilátero” integrado por José María Lozano, Que­rido Moheno y Francisco M. Olaguídel (algunos letrados señalan que estuvo en este grupo el abogado Víctor Velázquez), grupo de oradores y magníficos juristas.

José Nemesio García Naranjo fue tam­bién respetado periodista, escritor, poeta, catedrático, historiador, político, servidor público como secretario de Relaciones Exteriores y Educación Pública.

Se reconoce que, por encima de sus respetuosas concepciones políticas, es un destacadísimo mexicano hombre de cultura.

Los 10 tomos de sus memorias cons­tituyen una aportación al estudio de la historia y a la cultura mexicana desde fi­nes del porfiriato hasta los años 30 del si­glo pasado.

Una importante consulta para cono­cer a fondo a este gran intelectual mexi­cano es el Diccionario de Escritores Mexi­canos del siglo XX. Profesores de la Es­cuela Nacional Preparatoria, y de la Uni­versidad sobre la Historia de México.

De entre su caudal de trabajos cultu­rales, amplísimo, hoy publicamos el qué intituló: “El símbolo de un nopal”, que leyó en la ciudad de Nueva York en octu­bre de 1930.

El NOPAL es emblemático de México porque es agresivo, viril, hermoso y se sostiene con heroísmo ejemplar: no ha menester de la caricia de los manantia­les para germinar; no requiere el castigo encantado de la poda para crecer; no ne­cesita el esmero cuidadoso del hortelano para perpetuarse. Nace en regiones ári­das y polvorientas en donde fracasarían los álamos, los pino y los fresnos; se desa­rrolla bajo las saetas de un sol queman­te; se nutre frugalmente de las rocas y del aire; conserva su verdor eglógico a través de las cuatro estaciones; levanta sus pen­cas hostiles contra las inclemencias que lo rodean; y exprimiendo gota a gota a las peñas avaras que lo sustentan, sabe con­vertir los jugos que le dan vida en el almí­bar de las tunas carmesíes que se ofren­dan entre espinas como si quisieran sig­nificar el enorme sacrificio con que fue­ron elaboradas.

Como el nopal es nuestro pueblo. La historia no ha sido para México un him­no sino una elegía. De otros países no ha recibido caricias sino zarpazos. Francia, que tan noblemente ha distribuido sus libertades en el mundo, a nosotros nos quiso encadenar con un imperio; los Es­tados Unidos, que tantas veces han de­mostrado su generosidad, a nosotros nos quitaron la mitad de nuestro territorio. Nuestro pasado se amasa con lágrimas y sangre, y México, rodeado de infortu­nios, ha clavado sus raíces en las peñas donde se quebrarían las hojas de acero de los arados; ha extraído miel hiblea de las rocas. Ha conservado en medio de las tragedias el color exultante de la esperan­za inmortal; y en la frugalidad astringen­te de los desiertos, ha sabido cosechar las rosas fragantes y los frutos sazonados de una cultura superior.

Por esto has hecho bien, querido artis­ta, en escoger la cáctea áspera como sím­bolo de tu existencia. Sigue considerando al nopal como linfa de Castalia, bande­ra de combate, mandamiento de una re­ligión. Ninguna otra planta podría ofre­certe mejor modelo en esta gigantesca ciudad de indiferencia y de hierro. Desde un punto de vista espiritual, Nueva York es tan polvosa y acre como nuestras no­paleras. Aquí las palmas se marchitan y los laureles pierden su follaje. No basta tener color y perfume para triunfar: se hace necesario envolver el espíritu en es­pinas para sobreponerse al medio hostil y dominarlo. Hay que ser fuerte, agresivo y sobrio; en una palabra, hay que apren­der a vivir en el desierto.

Consecuente con este símbolo, tu ar­te se encuentra erizado de púas. Sobre to­dos los personajes que tú modelas, clavas las espinas de tu sátira. Los tipos neoyor­quinos –Babbitts inconscientes, irlande­ses ortodoxos, negros de Harlem, judíos sórdidos del Bronx– parece que los escul­piste con la punta filosa de una daga. Allí tienes un Mussolini que es un muñeco; un Portes Gil que es de un globo; un Coo­lidge que recuerda a Cacaseno; a Hoover le suprimiste las narices, tal vez para sig­nificar que los jazmines y las rosas le son indiferentes…

Hay, sin embargo, un tipo contra el cual se estrellaron los dardos de tu sáti­ra cruel, y es Jorge Clemenceau: nadie se puede reír de esta caricatura porque el ti­gre es inmenso y ante él se quiebran las espinas del nopal.

Tu ímpetu agresivo se ha abierto paso en este medio adverso; tus obras son ad­mitidas en las exposiciones; han entrado hasta en el Museo Metropolitano y críti­cos prestigiados te han rendido elogios merecidos. Tu triunfo es como un peda­zo de los triunfos de la patria. Este no­pal, que se ha obstinado en crecer y per­petuarse en los páramos espirituales de Nueva York, no es sino uno de los mu­chos retoños de la cáctea gigantesca que emergiendo entre los dos océanos, ex­tiende sus pencas erizadas de espinas y coronadas de tunas, desde Yucatán has­ta California…

No todo es aspereza en el nopal, pues hay grana en las pencas agresivas, y hay miel en los frutos que simulan he­rir. Aparte de tus caricaturas implaca­bles, tú modelas madonas llenas de gra­cia que hablan como arcángeles y pare­cen vestidas de firmamento.

Allí veo tres Reyes Magos, cuyas ma­nos fueron hechas con pétalos de lirio y en cuyos ojos paternales hay resplan­dores de ofrenda. Y es que ningún fru­to supera en agresividad a la tuna, pe­ro ninguno tampoco le puede ganar en dulzura.

Has aprendido a trabajar como el no­pal, sin ruido, sin ostentación, sin char­latanería exuberante, dispuesto siempre a resistir los rigores de la escasez y la fru­galidad. Si viene el riego fecundante, bien venido sea; y si no viene, entonces se ha­ce preciso vencer la naturaleza enemiga y sacar miel de los desiertos; eso es lo que ha hecho México y eso es también lo que están obligados a hacer todos sus hijos.

Sigue pues, querido artista, con esta plata heráldica, como orientación y co­mo guía; ella te ha enseñado ya a ser so­brio, ágil y sobre todo a bastarte a ti mis­mo. Los espíritus superficiales la ven cu­bierta de espinas y huyen de ella en pos de rosales fragantes: esa es la gloria fá­cil que dura como las rosas de Malher­be, nada más una mañana. Sobre el no­pal no se nos posan los ruiseñores ni los zentzontles a cantar romanzas de amor; tampoco lo envuelven con sus colores las parvadas traviesas de las mariposas; pe­ro, en cambio, sobre las pencas bravías se suelen posar las águilas para estran­gular serpientes.

Y como la vida del artista es una lu­cha perpetua, el nopal tiene que se la ale­goría irreprochable de los cruzados de la belleza. Te ha enseñado mucho y te se­guirá enseñando a ser orgulloso, impul­sivo y tenaz. Cada vez que recibas un gol­pe y sufras un desencanto, acuérdate de la planta heroica y piensa que siempre se puede seguir hace adelante; siempre el empuje de las raíces puede romper la dureza de las rocas; siempre se puede sa­car alimento del aire; siempre se puede prescindir de la voluptuosidad y del pla­cer; siempre se puede incrustar en las lla­nuras más áridas y monótonas, el estre­mecimiento glorioso de la vida universal.

NOTA: El humanista respeta a todos los seres humanos, a sus ideales, a sus luchas, a su esfuerzo y a sus esperanzas.

Bajo este aspecto resulta muy inte­resante conocer por qué nuestro escu­do nacional contiene la figura del nopal. Se dice que forma parte de nuestra iden­tidad nacional, junto con el águila y la serpiente. Existe toda una gran cultura mexica al lado de estos símbolos. La dio­sa otomí Acpaxapa sólo aceptaba ofren­das de las flores del nopal.

Estamos permanentemente invitan­do a conocer, amar y vivir a México pa­ra fortalecer nuestra identidad nacional.

Etiquetas: Francisco M. OlaguídelJosé María LozanoJosé Nemesio García NaranjoQue­rido Moheno

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