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Oscurecimiento oceánico, implicaciones para los ecosistemas marinos y terrestres

Crónica Puebla por Crónica Puebla
5 junio, 2025
en Opinión
Oscurecimiento oceánico, implicaciones para los ecosistemas marinos y terrestres

Especial

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Dr. José Manuel Nieto Jalil. / Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Occidente. Tecnológico de Monterrey.

A lo largo de más de 3,800 millones de años, los océanos han sido elementos fundamentales en la evolución geológica, climática y biológica del planeta. Cubriendo aproximadamente el 71% de la superficie terrestre, los mares actúan como un regulador térmico global, un almacén de carbono y una reserva crítica de biodiversidad. Fue en el ambiente acuático marino donde surgieron las primeras formas de vida unicelular, cuya evolución posterior dio origen a la diversidad biológica actual. La química oceánica, modulada por interacciones entre la atmósfera, la geosfera y la biosfera, ha sido determinante en la configuración de procesos como la fotosíntesis, la oxigenación de la atmósfera y la estabilidad del clima planetario.

Los océanos son una vasta red de interacciones biogeoquímicas. Actúan como una gigantesca máquina térmica que absorbe, redistribuye y libera calor, determinando la temperatura global. Funcionan como un pulmón alternativo del planeta: el fitoplancton que flota en la superficie marina produce al menos el 50% del oxígeno que respiramos. Son también una despensa colosal, hogar de más de dos millones de especies, muchas aún desconocidas, que se entrelazan en tramas alimenticias y genéticas que apenas comenzamos a comprender.

Históricamente, las civilizaciones han dependido de los mares para el comercio, la alimentación y la expansión. Pero más allá de su utilidad práctica, los océanos han sido fuente de inspiración, misterio y temor. Desde las epopeyas de Homero hasta las exploraciones de Cousteau, el océano ha simbolizado lo inconmensurable, ese abismo azul que puede tanto nutrir como devorar. Hoy, sin embargo, enfrentamos un nuevo desafío: ya no es la furia de las olas lo que amenaza, sino la sutil alteración de su equilibrio óptico, químico y térmico.

Durante décadas, la ciencia ha documentado el aumento de temperatura en la superficie marina, la acidificación derivada de la absorción de dióxido de carbono, la sobrepesca y la contaminación por plásticos y metales pesados. Sin embargo, una nueva amenaza se cierne bajo la superficie: el oscurecimiento progresivo de las aguas oceánicas. A simple vista, podría parecer un cambio menor. No lo es. Esta transformación, silenciosa y extendida, amenaza con alterar el delicado balance de la vida marina y, por ende, los servicios ecosistémicos de los que dependen millones de seres humanos.

La estructura funcional de los ecosistemas marinos superficiales depende de forma crítica de la disponibilidad de radiación electromagnética, particularmente en el rango fotosintéticamente activo (400–700 nm). Esta región, denominada zona fótica, puede alcanzar profundidades de hasta 200 metros en aguas oceánicas oligotróficas, y constituye el entorno donde se desarrolla la mayor parte de la producción primaria marina. El fitoplancton, principal productor primario del océano, utiliza esta radiación para fijar carbono inorgánico y sostener la base de las redes tróficas pelágicas. 

Además, numerosos taxones de invertebrados y vertebrados marinos exhiben patrones de migración vertical diel, comportamiento que se sincroniza finamente con los gradientes de luz solar y lunar. Asimismo, múltiples especies ajustan sus ciclos reproductivos en función de la variabilidad lumínica ambiental. Cualquier perturbación en la disponibilidad de luz afecta de manera directa tanto la eficiencia fotosintética como las señales cronobiológicas que regulan estos procesos, alterando con ello la estabilidad funcional de toda la biocenosis marina.

Esta reducción se traduce en una contracción vertical de la zona fótica de hasta 50 metros en regiones extensas, e incluso en descensos superiores a los 100 metros en sectores críticos como la Corriente del Golfo, el Mar Báltico y áreas polares. La magnitud de esta transformación óptica implica una reconfiguración potencial de las condiciones ecológicas bajo las cuales operan los ciclos biogeoquímicos y las interacciones tróficas en el medio marino.

En el marco de una creciente preocupación por los efectos de las alteraciones antropogénicas sobre el sistema oceánico, un estudio reciente conducido por investigadores de la Universidad de Plymouth y publicado en Global Change Biology ha documentado, por primera vez a escala planetaria, una tendencia sostenida de oscurecimiento oceánico. Utilizando series temporales satelitales de alta resolución y modelos de propagación radiativa en la columna de agua, el análisis revela que entre los años 2003 y 2022 aproximadamente el 21% de la superficie oceánica global, equivalente a más de 75 millones de kilómetros cuadrados, ha experimentado una disminución estadísticamente significativa en la penetración de luz solar. Esta reducción se traduce en una contracción vertical de la zona fótica de hasta 50 metros en regiones extensas, e incluso en descensos superiores a los 100 metros en sectores críticos como la Corriente del Golfo, el Mar Báltico y áreas polares. La magnitud de esta transformación óptica implica una reconfiguración potencial de las condiciones ecológicas bajo las cuales operan los ciclos biogeoquímicos y las interacciones tróficas en el medio marino.

Las causas son múltiples y complejas. El oscurecimiento oceánico es el resultado de una interacción multifactorial de procesos que varían según el contexto geográfico. En ambientes costeros, uno de los principales factores es el incremento en la carga de materia particulada y disuelta, atribuible al aumento de las precipitaciones extremas y a la escorrentía superficial intensificada por la actividad agrícola e industrial. Esta escorrentía transporta nutrientes inorgánicos (nitratos, fosfatos), materia orgánica disuelta (DOM) y sedimentos en suspensión, reduciendo la transmitancia óptica del agua e intensificando procesos de eutrofización. 

En mar abierto, la reducción de la penetración lumínica está asociada al aumento de la temperatura superficial del mar, lo cual modifica la estratificación térmica y limita la mezcla vertical de nutrientes, alterando así la dinámica estacional de floraciones fitoplanctónicas. Asimismo, se ha documentado que la polución lumínica proveniente de zonas urbanas costeras y de infraestructuras marinas puede interferir con los ciclos circadianos y lunares de organismos marinos, generando efectos desincronizantes sobre procesos reproductivos y migratorios dependientes de señales ópticas naturales.

El impacto de este oscurecimiento no es meramente visual: es ecológico, fisiológico y sistémico. El fitoplancton, organismo clave en la cadena trófica y en la captura de dióxido de carbono, depende de la luz para sobrevivir. Si esta se reduce, también disminuye su abundancia y su capacidad de regular el clima. Peces, crustáceos y mamíferos marinos ven alterados sus patrones de alimentación, migración y reproducción. Al verse obligados a concentrarse en capas más superficiales del mar, donde la luz aún penetra, se incrementa la competencia por recursos, alterando la estructura misma de los ecosistemas.

Para los humanos, las consecuencias son directas e ineludibles. El oscurecimiento oceánico amenaza la pesca comercial, ya golpeada por la sobreexplotación, al modificar la disponibilidad y distribución de especies. Reduce la eficiencia del océano como sumidero de carbono, debilitando su capacidad de mitigar el cambio climático. Compromete la producción de oxígeno atmosférico y agrava la vulnerabilidad de las zonas costeras al alterar la biodiversidad y la productividad primaria.

Las regiones más afectadas hasta ahora incluyen la Corriente del Golfo, las zonas polares y mares cerrados como el Báltico, áreas particularmente sensibles al cambio climático. El hecho de que incluso en mar abierto se haya detectado una reducción de la zona fótica indica que los factores involucrados se están redistribuyendo a escala planetaria, probablemente impulsados por cambios en las corrientes oceánicas y en la circulación atmosférica.

Frente a esta evidencia, la comunidad científica alerta sobre la necesidad urgente de monitorear y mitigar este proceso. Las soluciones no serán simples: implican reducir la contaminación agrícola y urbana, controlar el cambio climático y restaurar ecosistemas marinos. También exigen una gobernanza internacional sólida que reconozca al océano como patrimonio común de la humanidad, cuya salud es inseparable de la nuestra.

El mar, ese vasto espejo que ha reflejado nuestros mitos y sustentado nuestras civilizaciones, hoy refleja una verdad incómoda: incluso los procesos más sutiles y profundos pueden tener consecuencias inmensas. El oscurecimiento del océano no es solo un fenómeno óptico, es una advertencia de que la luz que sostiene la vida también puede extinguirse si no aprendemos a protegerla.

Etiquetas: opinión

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