Adolfo Flores Fragoso / [email protected]
Hay un perro bravucón en el vecindario que trae pleito con todo transeúnte que pasa frente a sus rejas.
Gruñe, ladra, salta agresivo, ladra, gruñe y lanza misiles y rayos láser desde sus ojos enojados.
Incluso al ave. Su vecino.
Desde su patio embarrotado, el loro parlanchín de la casa de enfrente, lo observa. El loro acierta a realizar tres brinquitos sobre su palito hasta acercarse y sacar su pico de la jaula: “¡puuuuuto!”, le responde cada mañana, cada tarde, siempre, al perro. El perro bravucón, que tiene especial fobia por los promotores de religiones, jardineros, taxistas y los loros, a todos los insulta con ladridos. El loro mueve la cabeza y abre su burlón pico sin quitarle la mirada. El olfato del perro bravucón es extraordinario pues, aunque no vengan pintados de negro-amarillo, exhala rabia contra los del Uber poblano, también.
Lo cierto es que el perro bravucón ha de sufrir claustrofobia y ansiedad pues casi no sale a pasear.
Pero hoy tuvo suerte: doblemente encadenado salió de casa.
Llamó la atención que pese a su estrés cotidiano, no le echó bronca a las mascotas que deambularon con sus acompañantes por el parque del fraccionamiento.
Sus cuatro patas disfrutaron el pasto con el deleite de quien bebe el primer café de la madrugada.
“Plátano”, que así se llama el perro bravucón, sólo mantuvo firme y alerta el cuello (acerca de su nombre, siempre he pensado que es por su color de plátano macho pasado de maduro).
El paseo fue interrumpido por una llovizna inesperada que, llegando a la casa de cada paseante, terminó.
Me asomé por la ventana y observé a Plátano: jugaba con una pelota roja desinflada. Patear y corretear, patearla y corretearla era su acto de concentración.
Unos vecinos escandalosos bajaron del taxi frente a las rejas de Plátano mientras él siguió su juego de patear-corretear la pelota roja. Nada le importó el arribo de los muchachos: acababa de vivir uno de los muy escasos días fuera de su encierro.
Por un momento, la tranquilidad llenó a Plátano.
Esa tranquilidad que permanece mientras un instante de libertad le enseñó que la vida, a veces, puede ser llevadera. Un ejercicio tan simple y complejo el de Plátano: patear y corretear una pelota en el confinamiento.


