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San José de Gracia y la distopía mexicana

Crónica Puebla por Crónica Puebla
5 marzo, 2022
en Opinión
San José de Gracia y la distopía mexicana
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Por: Rubén Salazar/Director de Etellekt/ www.etellekt.com [email protected] @etellekt_

A un cuando la atención del país entero estaba puesta en Ucra­nia, no tardamos en darnos cuenta que no necesitábamos voltear a Europa para conocer los horro­res de la guerra.

Esta vez los reflectores apuntaron al pe­queño municipio de Marcos Castellanos, en Michoacán, al ser difundido un video en redes sociales que daba cuenta de un aparente “fusilamiento” contra un núme­ro indeterminado de personas que acudían a un velorio.

Ninguna autoridad pudo confirmar a plenitud los hechos observados en la gra­bación, al arribar al lugar donde se susci­tó la matanza, la razón: los asesinos se lle­varon los cuerpos y se dieron a la tarea de barrer –literalmente– las huellas del cri­men, limpiándola con agua y jabón. Y no se trata de un caso aislado del que nos ha­yamos percatado apenas hace una sema­na, sino de un procedimiento habitual de las organizaciones delictivas para evadir la acción de la justicia, que llevan hacien­do desde hace décadas, bajo la máxima de que sin cuerpo no hay delito que perseguir.

Así lo han narrado diversos sicarios de­tenidos por la autoridad, al dar testimonio de las técnicas aplicadas para deshacerse de los cuerpos de sus víctimas, lo mismo disolviéndolos en tinacos repletos de áci­do, incinerándolos para esparcir sus ce­nizas al río (como presuntamente hicie­ron con los restos de los 43 normalistas de Ayotzinapa), que enterrándolos en fosas clandestinas.

Una tragedia que para los familiares de los desaparecidos equivale a una muerte en vida. Que en algunos casos les alcanza en carne propia en represalia por asumir las tareas de búsqueda, ante la indiferencia de las instituciones competentes, que sue­len dar carpetazo a estos asuntos o crimi­nalizar a las personas no localizadas, su­puestamente por “andar en malos pasos”.

Lo que incentiva la impunidad y bestia­lidad con la que actúan las organizaciones delictivas para mantener el control de es­tados y municipios rayando en el genoci­dio. Tan solo en lo que llevamos del presen­te sexenio, 21 mil 846 personas han desa­parecido de manera violenta, un aumen­to de 57% comparado con el mismo pe­riodo del gobierno de Enrique Peña Nieto (RNPDNO, Segob, portal web: consultado el 4 de marzo de 2022). La probabilidad de que la mayoría aparezcan con vida es re­mota, lo que elevaría aún más el número de asesinatos reconocidas por el gobierno de López Obrador.

Y lo más probable es que las víctimas acribilladas el domingo pasado en San José de Gracia acaben engrosando está cruda estadística, cual si fuera un pozo sin fon­do, y que coloca a México a la par de otros países que han enfrentado crímenes de le­sa humanidad por desaparición forzada.

Lo cual no deja de ser útil al presidente y a los gobernadores de su partido (More­na), para maquillar las cifras reales de ase­sinatos y celebrar falsos avances en la es­trategia de “abrazos, no balazos”, sin ex­poner el récord de desapariciones a manos del crimen… y también del Estado.

Un pequeño ejemplo de lo anterior, pe­ro no menos sintomático, se presentó pre­vio a la elecciones intermedias de 2021, al ser detenida la alcaldesa de Nochixtlán, Oaxaca, Lizbeth Victoria Huerta, militante de Morena, y su hijo Johan Matus, por su presunta autoría intelectual en la desapa­rición forzada de la activista Claudia Uru­churtu, quien había denunciado a la al­caldesa –que buscaba reelegirse en el car­go– en instancias oficiales, por su presun­ta malversación de fondos públicos mu­nicipales a través de empresas fantasma. Claudia fue vista por última vez en una protesta contra la gestión de la presiden­ta municipal.

La fiscalía de Oaxaca confirmaría que la activista habría sido “ejecutada”, sin dar a la fecha con su paradero. A Claudia la desapareció el Estado (los gobernado­res y alcaldes, a diferencia de lo que opi­na el presidente, son parte de su estructu­ra) al que la izquierda acusaba con vehe­mencia de la desaparición de los 43 nor­malistas de Ayotzinapa, claro está, cuan­do eran oposición.

Con la activista oaxaqueña han opta­do por meter la cabeza, como avestruces, y para salir del atolladero, no han tenido más remedio que acusar a los “conserva­dores” de construir montajes o provocacio­nes con estos atentados o masacres, como la acontecida en San José de Gracia. Así lo ha reiterado no solo el presidente en su conferencia mañanera, sino prominentes comunicadores de izquierda y medios pro­pagandistas del régimen como el periódico La Jornada.

Desaparecer personas o evidencias que permitan la captura y sanción de los agre­sores no es una pedagogía que haya naci­do en los cárteles (que en su gran mayoría son liderados por exjefes policiacos o ex­militares de élite), como la narrativa ofi­cial o pro oficialista pretenden hacer creer a la opinión pública, sino todo lo contrario: surgió en el seno del Estado.

De hecho, es algo cotidiano que las po­licías de todos los niveles se encarguen de limpiar de forma inmediata e irresponsa­ble la escena del delito en “ejecuciones” o balaceras, estropeando involuntaria o voluntariamente, la cadena de custodia de la prueba y entorpeciendo la labor de los peritos.

Manipular la escena del crimen, ocul­tar cuerpos o, peor aún, negar las eviden­cias por asumir que forman parte de un complot político para dañar a la autodeno­minada cuarta transformación, represen­tan una práctica sistemática de Estado que puede intensificarse alentada por la deses­peración del presidente de pintar una rea­lidad que encaje con su promesa de pacifi­cación, lo que no es una buena noticia pa­ra la democracia, la libertad y la seguridad de los ciudadanos. La comunidad interna­cional no puede seguir cerrando los ojos ante la distopía mexicana.

Etiquetas: crimen organizadomorena

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