El barco del PRI nacional está en naufragio y en plena deriva, pero antes de su hundimiento definitivo hay todavía algunos que hacen esfuerzos desesperados para salvarlo. Casi ninguno, por desgracia, de la filial poblana.
Así lo revela al menos el desplegado reciente del Comité Estatal priísta.
En otro tiempo y en otras circunstancias, hubiera tenido alto valor el apoyo solidario que figuras del PRI poblano le brindaron a su dirigente nacional. No es el caso en el actual contexto.
No al menos a favor de Alejandro Moreno Cárdenas, indefendible a todas luces tras constantes desvaríos. Su desempeño al frente del PRI desde 2019 no le ayuda nada.
La suma de derrotas electorales, incluyendo las recientes en cuatro entidades, es demoledora. Desde entonces, Morena y sus aliados han ganado 22 gubernaturas –incluida Puebla– y son mayoría en 17 Congresos locales.
Al actual dirigente tricolor tampoco le abona su trayectoria personal. Las acusaciones por enriquecimiento y corrupción son letales y no han sido aclaradas.
A simple vista, entonces, Alito no parece tener las credenciales para dirigir a un partido político en crisis, cuya mayor urgencia es recobrar simpatías y el respaldo popular ante el riesgo de extinción.
Parece evidente que Alito no merece tampoco respaldo tan franco y tan ciego con el de la dirigencia poblana. Ninguna de sus debilidades fue expuesta en el comunicado del pasado lunes, bajo la rúbrica de personajes del tricolor de ayer y de hoy.
En la lista de firmantes figuran militantes tan disímbolos como Guillermo Jiménez y Melquiades Morales, además de los diputados federales Blanca Alcalá y Javier Casique, y los legisladores locales Jorge Estefan Chidiac, Isabel Merlo Talavera y Néstor Camarillo.
De los dos exgobernadores podría entenderse por su arraigada cultura política. Fueron educados todavía con valores antes irrebatibles, como la disciplina y la lealtad partidista.
Los demás llegaron de su mano a los cargos que ahora ostentan y tienen todavía perspectivas en el futuro inmediato. La traición no es lo suyo, pero tampoco la capacidad de cuestionar.
El caso del dirigente estatal Néstor Camarillo es distinto, pero también comprensible. Inexperto, carente de iniciativa y liderazgo, llegó allí sólo para obedecer. Y lo ha hecho muy bien.
Lo cierto es que hay en todos los adherentes una absoluta complacencia, incluyendo la de los liderazgos sectoriales y alcaldes que se sumaron sólo por inercias a un comunicado que no aporta evaluación alguna, ni propone acciones para recuperar espacios perdidos.
Se apoya a ultranza, pero se oculta la posibilidad del debacle que se avecina. No hay propuestas, ninguna alternativa para evitar el desplome.
El argumento de defensa se debilita aún más cuando se constriñe a las embestidas emprendidas por el gobierno de Morena contra Alito, por su abierta oposición a las reformas energética y electoral.
“El gobierno de Morena se ha dedicado a perseguir a quienes pensamos diferente y, sobre todo, a quienes se han opuesto a las reformas constitucionales retrógradas como la eléctrica, que atentaba contra el medio ambiente y nuevas inversiones; o la electoral, que pretende destruir la democracia para instaurar una dictadura”, sostiene el comunicado.
Nadie duda que los misiles contra la dirigencia priísta provengan desde Palacio Nacional, pero ¿qué esperaban?, ¿no recurría el PRI a esa sucia estrategia en sus tiempos de dominio absoluto?, ¿acaso no han entendido de que esos ataques son amagos de una guerra que ya comenzó y que culminará en el 2024?
Es obvio entonces que, por complaciente, el apoyo al todavía líder del PRI nacional de nada sirve. Valdría más que todos esos esfuerzos se canalizaran en la búsqueda de nuevas perspectivas.
Pese a los nubarrones, hay tiempo para una honesta reflexión, donde quepa la autocrítica, como la que expone Rocío García Olmedo, priísta de arraigo y resultados, cuya voz parece perderse en el desierto.
A su juicio, es momento de valorar la continuidad de las dirigencias –la nacional y la poblana–, porque no garantizan la construcción de los consensos internos que se necesitan para reorganizarse.
“Si consideramos ambos resultados –el electoral y el político– con las dirigencias que hoy tenemos, difícilmente se podrán construir consensos internos y un mecanismo que nos permita corregir nuestros errores”.
Ella propone reconocer la realidad actual y no ocultarla con mensajes mentirosos, por lo que plantea además el diseño de una nueva estrategia “para estos nuevos tiempos, con nuevas propuestas que le interesan a la ciudadanía, a fin de construirse como una alternativa política”.
Directa y franca, García Olmedo se pregunta: “¿Qué pasa?, ¿hemos seguido abandonando nuestra agenda de causas ciudadanas?, ¿el trabajo territorial dejó de tener importancia?, ¿la formación política dejó de importar?, ¿el respeto al trabajo de la militancia se perdió?, ¿los intereses personales cobraron importancia?, ¿todo lo anterior, junto?”.
“Hoy más que nunca necesitamos autocritica en el PRI, si seguimos cerrando los ojos, nada va a cambiar”, sentenció.
Y como era de esperarse, Néstor Camarillo no hace caso. Y, por supuesto, descarta la propuesta para una reunión con líderes del PRI en Puebla, a fin de evaluar a la dirigencia y su operación en los comités municipales, poniendo en riesgo incluso las eventuales y necesarias alianzas con el PAN.
Misma postura –qué raro– la que asume ahora el dirigente nacional Alejandro Moreno, ante un reclamo cada vez más punzante de los exdirigentes priístas Claudia Ruiz Massieu, Carolina Monroy, Manlio Fabio Beltrones, César Camacho, Pedro Joaquín Coldwell, Beatriz Paredes, Roberto Madrazo, Dulce María Sauri y Humberto Roque Villanueva, así como del coordinador de los senadores, Miguel Ángel Osorio Chong.
Alito Moreno evade la reunión urgente a la que es convocado. Con la brújula extraviada, se aferra al timón ante la tormenta que amenaza con hundir su barco.
Y con él, los muchos poblanos que también van a bordo.


