Hay muchos temas en el tintero, pero esta vez preferimos dejarnos llevar por la creciente euforia que está produciendo el desempeño del equipo de futbol que representa a los poblanos.
La victoria del pasado viernes ante el Monterrey –el equipo con la plantilla más cara del torneo– acredita que, como en la vida, en este maravilloso deporte todo es posible y no hay casualidades.
El prodigioso jugador español Emilio Butragueño dijo alguna vez que en el futbol no bastaba con ganar. “La victoria hay que conseguirla de una forma determinada”.
Esa ha sido justamente la clave del éxito de la escuadra camotera: encontrar los hombres necesarios, el esquema idóneo, el modo propicio para superar a los rivales, cualquiera que sean.
Y eso fue lo que en la víspera hizo Puebla: encontrar acertadamente la forma para adaptarse a las circunstancias del partido tras un gol tempranero y, luego, con una expulsión que le ponía en desventaja frente a un Monterrey herido en su orgullo y ávido de recomponer su mala racha.
No hizo su mejor partido, pero finalmente el Puebla logró su objetivo: a piedra y lodo ganó con la mínima ventaja, mantuvo su calidad de invicto con seis victorias y dos empates, además se afianzó en el liderato de la Liga MX ante lógicos asombros y no pocas envidias.
Entre las virtudes del Puebla actual hay muchas incidencias. Un casi desconocido técnico que llegó de entre las sombras para imbuir un concepto diferente, en el que todo empieza por el amor a la camiseta, por el esfuerzo desmedido, por el orgullo y por el gran compromiso ante una afición que ha sido fiel en las buenas y en las malas.
Y por un grupo de jugadores donde no hay figuras, donde algunos incluso se revaloran para ser llamados a otras escuadras, para que luego sus ausencias sean suplidas y hasta con creces.
“Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”, bien decía el legendario crack argentino nacionalizado español Alfredo Di Stéfano, cuyo nombre lleva el monumental estadio del Real Madrid. Eso es lo que ahora tiene el Puebla.
Ignoro hasta dónde pueda llegar este equipo, si bien el título es un sueño compartido tras una sequía de trofeos de 32 años y de recuerdos casi disipados de aquél Puebla campeonísimo, comandado por Manuel Lapuente.
De lo que hay certeza absoluta es que el Puebla de este torneo, aunado a lo cosechado en los dos recientes, hace abrigar los mejores augurios y eso se aprecia y se dimensiona aún más en los tiempos actuales, en lo que hacen falta motivos de distracción y, sobre todo, de felicidad.
La conmovedora escena de hace una semana del niño Dylan, en las gradas del estadio Cuauhtémoc, lo patentiza todo.
En su eufórico festejo, en sus efusivas lágrimas, estaba el reflejo de muchas emociones contenidas y compartidas; las propias de la recompensa por un gol que significaba evitar una derrota, pero también las de quienes, como Dylan, han pasado por largas jornadas de apremios y desconsuelos.
Todo lo que puede significar un gol: para algunos es un orgasmo, como el de la victoria de este viernes o como el previo para el empate, ya en la agonía del partido frente al Atlas.
Y todo lo que puede significar el futbol.
El técnico inglés Bill Shankly, apodado El Mesías por haber llevado a la gloria al Liverpool, lo resumió al deslizar que “hay gente que piensa que el futbol es una cuestión de vida o muerte, no me gusta esa postura. Es mucho más que eso”.
Extrema descripción entre las muchas otras cosas que significa el futbol, que es –sin duda– algo más que un simple deporte, que parece simple con el rodar infinito de un balón.
Por ejemplo, Albert Camus, filósofo y escritor francés, lo dimensionaba a escalas superiores cuando asumía: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”.
Para Martín Caparrós, periodista y escritor argentino, “el futbol ocupa un lugar desmesurado en nuestras conversaciones, nuestras expectativas, nuestro imaginario: eso que llamamos cultura”.
Y añadía que “hubo tiempos en que los intelectuales lo desdeñaban de un plumazo: era el opio de los pueblos, decían, y era suficiente. Ahora, tiempos de droga pura y pueblos muy confusos, algunos entendieron que no alcanza con decir que el opio es opio, que vale la pena preguntarse cómo droga, para qué, por qué”.
Por eso, concluía su reflexión, “el futbol es, entre otras cosas, una de las grandes intrigas de la historia cultural del siglo. Muchas veces me he hecho la pregunta. ¿Por qué el futbol?”
Yo acoto que eso no lo sabremos y que ni siquiera habría razón para indagarlo.
Hay acaso en el futbol un poco y un mucho de magia, de misterio, de mitos, de religión, de expresiones culturales superiores, manifestadas en diversas formas.
Finalmente puede ser –eso creo– un aliciente de vida, un gran motivo para alentar esperanzas, como las que ahora afloran como luces en el desierto con este Puebla, que igual emociona que nos conduce a insospechadas ilusiones.
Yo con esos bálsamos me quedo.
Y es que el futbol es tantas cosas…


