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No más violencia en el futbol

Felipe Flores por Felipe Flores
12 marzo, 2022
en Soliloquio
Bañan de sangre a La Corregidora

FOTO CUARTOSCURO

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Habría que estar pendientes este mismo lunes del anuncio que hará el gobierno estatal, res­pecto a las medidas de inme­diata vigencia para garantizar la seguri­dad en el estadio Cuauhtémoc, sede del Club Puebla, actual invicto y líder de la Liga MX.

Se trata, desde luego, de una respuesta natural tras los penosos incidentes ocurri­dos hace una semana en Querétaro, que detonaron una realidad subestimada so­bre la violencia que imperó impunemen­te durante años en distintas plazas del fut­bol nacional.

No ha sido Puebla, por fortuna, esce­nario de incidentes en los que ocurran tri­fulcas en las graderías, aunque tampoco hemos estado exentos, porque histórica­mente han ocurrido varias broncas, como aquellas entre porristas poblanos y aficio­nados del ahora desaparecido Veracruz, incluso –no hace mucho– se desató aquí una batalla campal en la zona del estacio­namiento, por citar sólo algunos casos.

De cualquier modo, es relevante que en ámbito de su responsabilidad sea la auto­ridad local la que asuma la coordinación entre las distintas instancias para que, de una vez por todas, haya normas y protoco­los muy puntuales que inhiban toda posi­bilidad de hechos violentos.

De las reuniones convocadas por el go­bierno estatal, a las que ha acudido el pro­pio mandatario Miguel Barbosa con au­toridades municipales, concesionarios del estadio y directivos del Club Puebla, se puede adelantar por lo pronto la decisión de impedir el acceso al Cuauhtémoc a los llamados grupos de animación de los equi­pos visitantes.

Tal medida es fundamental, porque jus­tamente han sido esos grupos –conforma­dos en su mayoría por jóvenes de poco es­crúpulo– los que históricamente han pro­movido incidentes y enfrentamientos afue­ra y dentro los estadios.

Seguramente tendrán que imponerse a corto y mediano plazo otros lineamientos de control, como la posible identificación facial o de otro tipo para acceder al estadio, como la aplicación del llamado Fan ID, que obligará a los aficionados a registrarse con antelación para obtener un código QR, sin el cual no podrán ingresar a los juegos.

Otro aspecto que se ha considerado tie­ne que ver con la necesidad de regular la venta de alcohol y es posible, como ya se decidió en San Luis Potosí, se suspenda la venta de cerveza una vez que concluya el primer tiempo de los partidos.

En este caso habría que preguntar si aplica también para los propietarios de los palcos, quienes suelen introducir bebi­das alcohólicas varias, en cuyo caso el de la propia directiva camotera no es el me­jor ejemplo.

Se supone también que se habrán repa­sado los protocolos para facilitar la movili­dad de los aficionados, porque suele haber un inexplicable desorden, sobre todo en el caso de los accesos, así como también fre­cuentes casos de aficionados que ocupan asientos o plateas que no son de su asigna­ción y no hay nadie que los mueva.

Y ni se diga lo que ocurre en la zona de estacionamientos, que son a todas luces insuficientes y que han sido generoso ne­gocio para grupos de vivales, quienes co­bran 50 pesos por acceso, sin ofrecer nin­guna garantía de seguridad para los vehí­culos y usuarios.

Ya estaremos pendientes de las norma­tivas que se anuncie, pero en cualquier ca­so no puede perderse de vista que la violen­cia de algún modo está implícita en el de­porte, tratándose en esencia de una dispu­ta, una rivalidad, una contienda de unos contra otros.

Ese factor de confrontación hace que frecuentemente las pasiones se desborden y se llegue a los linderos de lo que podría­mos entender como violencia, cuya acep­ción más simplista indica que es el “uso de la fuerza para conseguir un fin”.

Cierto que no hay fanatismo o fidelidad a un equipo que pudiera justificar cual­quier violencia, así sea física o verbal con­tra alguna persona, que pudiera ser un afi­cionado del equipo contrario, pero lo cier­to es que el ambiente de rivalidad estará siempre gravitando en los escenarios.

Quienes han tenido largas travesías por distintos escenarios deportivos sabrán de lo que estoy hablando. Al menos en mi ca­so, acompañado siempre por uno de mis hijos o con algunos de mis hermanos, con los que comparto gustos futboleros, he sido testigo o víctima de sucesos nada gratos.

Uno de ellos –debo decirlo– ocurrió en el mismo estadio Cuauhtémoc y lo prota­gonizó un muy alto directivo del equipo Puebla, cuyo nombre me reservo. Ese rijo­so personaje agredió muy groseramente a uno de mis hermanos por festejar un gol a favor del equipo rival. Nada ocurrió des­pués, pero esa actitud debiera excluirse de cualquier escenario deportivo, más cuan­do se trata de un directivo.

Hace algunos años nos tocó también presenciar una golpiza a pocos metros de nuestros asientos, en el entonces estadio Azulgrana de la capital del país, en un par­tido Atlante-Ciudad Madero. Casi en nues­tras narices, porristas del equipo propiedad entonces del Sindicato de Pemex vapulea­ron a tres aficionados atlantistas, que fes­tejaban un gol a favor.

Esa ocasión debimos salir por piernas, cuando esos tipos –sin miramiento algu­no– lanzaron hacia las tribunas botellas de vidrio de las decenas de cervezas que habían bebido durante el partido.

No fue la única ocasión que debimos salir apresuradamente de un estadio. En Ciudad Nezahualcóyotl varios porristas de aquel bravo equipo de Neza nos identi­ficaron como aficionados del Atlante y nos arrojaron lo que los aficionados conocen como “agua de riñón”. Todo quedó en una persecución, pero el susto fue mayúsculo.

La peor experiencia que tengo en la me­moria, aunque no fue propiamente una re­yerta, pero sí un lamentable suceso produ­cido por la incompetencia de los organiza­dores, ocurrió hace ya casi 37 años en el estadio México 68 de Ciudad Universitaria.

Aquella vez se jugó la final entre el América y Pumas de la UNAM, pero de­bido a un todavía inexplicado sobrecupo, centenares de personas quedaron atrapa­das en uno de los oscuros túneles de acce­so. Debido al atropellamiento y la falta de oxígeno, ocho personas perdieron la vida por asfixia y hubo un buen número de he­ridos. Ninguno de los asistentes imagina­mos lo que había ocurrido durante el par­tido, pero la depresión y tristeza vino des­pués, al saber los incidentes de esa horri­ble tragedia y los riesgos a los que nos ha­bíamos sometido.

Sean pues bien acogidas todas las medi­das preventivas que sean decididas en Pue­bla, cuando de lo que se trata es garanti­zar la seguridad y comodidad de los aficio­nados y de todas las familias que acuden a los estadios y a cualquier otro espectá­culo masivo.

Bastante violencia hay en nuestro en­torno como para permitir que las activida­des de diversión y esparcimiento también sean sometidas

Etiquetas: futbolMéxicoViolencia

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