La llama olímpica en Tokio 2020 se apagará hoy, dejando atrás un halo de sentimientos encontrados.
Bajo la inspiración del lema del barón de Coubertin: “Más rápido, más alto, más fuerte”, hubo ciertamente momentos de exaltación y expresiones extremas de júbilo por el logro de triunfos, hazañas y nuevas marcas.
No obstante, tras obligar a posponer un año la contienda deportiva e incluso de ponerla en riesgo de manera definitiva, el fantasma letal de la COVID-19 acabó por permear el ambiente olímpico y opacar su inigualable distintivo de fiesta universal.
Del recuento estrictamente deportivo hablarán los especialistas, sin bien resulta fácil colegir que la disputa toral sigue centrada justamente entre las dos grandes potencias mundiales: los Estados Unidos de América y China.
Destaca, no obstante, el declive de los estadounidenses en las pruebas de alberca, de pista y de campo, así como la irrupción en el medallero de atletas de otras latitudes, como es el caso de Italia, Gran Bretaña, Australia, Países Bajos y Nueva Zelanda, entre otros.
El caso de México, cuyo desempeño fue más que decepcionante, merece un análisis especial. Las precarias cuatro medallas de bronce y su ubicación en los últimos sitios de la tabla general exigen medidas inmediatas, incluido el cese de la dirigente de la Comisión Nacional del Deporte, Ana Guevara.
Algún día entenderemos que el deporte es una expresión superior de la cultura y que, como canal de formación integral, debiera ser parte de las políticas públicas educativa y social. Lástima que en estos tiempos, tales objetivos sean más que una quimera.
Así, llegamos al final de unos Juegos Olímpicos inéditos, que transitaron irremediablemente entre temores, dudas, desconcierto e incertidumbre.
No puede soslayarse que previo a la justa una gran mayoría de la población japonesa había manifestado su rechazo a su celebración. Sus temores a la letalidad de la pandemia eran justificados.
Tampoco puede pasar inadvertido que, por las múltiples restricciones impuestas por los organizadores, esta vez fue imposible la convivencia humana de otras veces, tanto de atletas de todo el orbe, como de turistas y espectadores locales.
Y menos aún podrá olvidarse lo devastador que fue durante las competencias, observar las tribunas vacías y los estadios y arenas deportivas desolados.
Es cierto, nada fue igual esta vez, pero aun con sus inconvenientes, incluyendo los de orden económico, debe destacarse que finalmente Japón como país organizador cumplió a cabalidad.
El primer ministro japonés Yoshihide Suga había dicho en la víspera: “Lo más simple y sencillo hubiera sido rendirse, sin embargo, el gobierno sabía del compromiso contraído ante la comunidad internacional y asumió enfrentar el desafío”.
Su esmero y enorme esfuerzo, se deben no sólo apreciar, sino emular.
Hay quienes dicen que lo hicieron “por obligación moral”. Agregaría que fue una cuestión de honor.
Esas, como otras virtudes acreditadas históricamente, los nipones las exaltan de manera ejemplar.
Hoy la mira está en París 2024.
Ojalá que para entonces convivamos a plenitud la tan ansiada “normalidad” y lo hagamos inspirados también en principios éticos, morales y de alto honor.


