Mario Galeana
En sus cuatrocientos años de existencia, el Colegio de San Ildefonso en Puebla ha tenido varias vidas.
Academia de excelencia y hospicio en los albores y el ocaso del virreinato, respectivamente, cuartel militar en el trajín de la Independencia, hospicio nuevamente durante la industrialización y hoy, en la posmodernidad, un edificio gubernamental.
Construido sobre la avenida Reforma, el portentoso inmueble de piedra gris fue ideado, al principio, como un hospital para indígenas, pero la idea mutó con rapidez para construir una iglesia y un colegio.
Su edificación inició en 1622 por el obispo Alonso de la Mota y Escobar, quien fallecería tres años después. Pero, para entonces, había delegado a los padres de la Compañía de Jesús el desarrollo de un colegio en donde se enseñara moral, filosofía y teología escolástica.
Por aquellos años del siglo XVII, la Puebla de los Ángeles florecía como una de las principales ciudades virreinales, tanto por su actividad económica como por las autoridades civiles y eclesiásticas que radicaban en la ciudad, como explica María de los Dolores Dib y Álvarez, catedrática de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).
“Alonso de la Mota y Escobar cede este terreno para hacer el colegio a cargo de los jesuitas, e incluso se les asignan los beneficios de una hacienda en Atlixco para que de ahí pudieran garantizar su sostenimiento”, explica.
La construcción terminó aproximadamente en 1625, y se tiene registro de que, al menos en la construcción de la iglesia, que permanece a un costado del colegio hasta hoy, participó un arquitecto andaluz llamado Francisco de Aguilar.
“Se destina esa gran porción que hoy vemos del conjunto del edificio y la capilla, porque realmente era la capilla del colegio. Y, como sabemos, está ubicada en una de las calles más importantes de la ciudad. De hecho, marca uno de los ejes que definen la traza de la ciudad”, abunda la subdirectora de Conservación del Consejo del Centro Histórico de la Ciudad de Puebla a principios de los dos miles.
Ciento cincuenta años antes, la orden de los jesuitas ya había fundado el Colegio del Espíritu Santo (1587) –Edificio Carolino de la BUAP– y el Colegio de San Jerónimo (1585)–a un costado del Carolino–.
El primero era una academia, pero una parte de su edificio funcionaba como residencia de la orden. Mientras que el segundo era casa de residencia para los jóvenes que aspiraban a ingresar a la orden.
Además del Colegio de San Ildefonso, los jesuitas también construirían el Colegio de San Ignacio (1702) –exactamente frente al de San Ildefonso– y el Colegio de San Javier (1744) –que fue, sucesivamente, penitenciaría, hospital psiquiátrico y, hoy, edificio gubernamental–.
Pero el Colegio de San Ildefonso se convirtió en una escuela de estudios avanzados y su prestigio granjeó a sus egresados el acceso a la Universidad de México, que aceptaba a unos cuantos en toda la región.
“El Colegio de San Ildefonso era principalmente para los mismos españoles, es decir, para hijos de españoles y criollos. El Colegio de San Luis había sido dedicado para la instrucción de los indígenas, mientras que el de San Ildefonso ya era para estudiar cuestiones más específicas”, detalla Dib.
UN HOSPICIO CONTRA LA VAGANCIA … Y UN CUARTEL
Cuando los jesuitas fueron expulsados de la monarquía de España, con ellos marcharon los profesores de todos los colegios instalados en Puebla.
El destierro, precisa la académica de la UPAEP, quedó fechado en 1767.
Ante la expulsión, el obispo Victoriano López Gonzalo solicitó que el antiguo colegio fuera utilizado como hospicio para pobres… o, para ser más precisos, una “casa de misericordia; arbitrio único, eficaz y útil, preservativo universal contra la mendicidad viciosa y, el más proporcionado medio para desterrarla”.
Lo explica la investigadora María de Lourdes Herrera Feria en un artículo publicado en 2015 en la Revista Mexicana de la Historia de la Educación: “Lo concibieron como el depósito de vagos y delincuentes menores que por sus características físicas no podían ser destinados al ejército, de huérfanos y desamparados y de pobres de ambos sexos, pero también como la casa de corrección para una amplia gama de jóvenes indisciplinados y de mujeres insumisas”.
En aquellas últimas décadas del siglo XVIII, las autoridades hispanoamericanas pretendían atender las consecuencias de la pobreza, la vagancia y la mendicidad, a decir de la investigadora por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).
“En septiembre de 1780, el obispo de Puebla ofreció el auxilio de cierto caudal, que por última disposición se le había dejado a beneficio de obras piadosas, para los gastos de construcción de piezas, oficinas y divisiones por un monto de cuarenta mil pesos y así no sólo reparar sino reedificar el Colegio de San Ildefonso, que ya estaba en estado ruinoso”, precisa.
Y, finalmente, el decreto por el cual se creó el hospicio fue expedido el último día de ese mismo mes de septiembre.
Al principio, en el hospicio se dio cobijo a tres clases de personas: niños menores de nueve años y gente de la tercera edad con discapacidades; niños mayores de nueve años con alguna discapacidad, sin oficios ni educación; y personas de todas edades que, “teniendo vigor y fuerzas para trabajar, se han dedicado a la detestable ociosidad de la vida mendicante”.
Con todo, las autoridades batallaron con la constitución jurídica y el financiamiento del hospicio, y sólo hasta 1832 intervino el Congreso del Estado para garantizar una bolsa de aportaciones.
Pero sólo 30 años después, en medio de los estertores de la Independencia y de guerras sucesivas por el país, el hospicio se convirtió en un cuartel de guerra. Sus amplios muros de piedra proveían refugio contra el plomo enemigo y su ubicación era estratégica para el control militar de la ciudad.
Hacia finales del siglo XIX, en 1877, el inmueble fue destinado una vez más como hospicio para personas y permaneció así hasta que, en el siglo XX, fue ocupado como sede del Benemérito Instituto Normal del Estado (BINE).
Durante el morenovallismo, las autoridades intentaron enajenarlo, pero una oleada de protestas civiles cejó su venta a particulares. Fue remodelado y hoy alberga oficinas de la Secretaría de Salud y hasta la sede en Puebla de la Universidad de la Salud.
Un edificio y una vida distinta por cada época.