Por: Mario Galeana
Las obras de José F. Vásquez, uno de los compositores más prolíficos del siglo pasado, estaban dispersas en los lugares más insospechados: un par de sonatas para piano en un tianguis, algunas partituras en un bazar de La Lagunilla, hojas macilentas encontradas en cajones olvidados de anticuarios.
A José J. Vásquez, su hijo y heredero universal, le ha tomado más de 30 años rastrear el archivo de su padre. Hasta ahora ha reunido 187 de 200 partituras que debió poseer al quedarse huérfano, cuando tenía 13 años.
Sin ningún familiar que se hiciera cargo de él, José quedó al cuidado de unas personas que lo metieron a un orfanato y lo despojaron de toda herencia, incluida la obra musical de su padre, originario de Arandas, Jalisco.
A los 34 años, comenzó a preguntarse seriamente quién había sido su papá y qué había hecho, dónde estaba su legado.
Comenzó a rastrear a colegas de su padre, documentos de un pasado borrado por el expolio, y allí entendió que no sólo era la búsqueda de un hijo construyendo la imagen de un padre, sino la restitución de uno de los más importantes acervos musicales del país.

DIRECTOR DE ORQUESTA, COMPOSITOR Y ACADÉMICO
Esas fases son las más recordadas de este músico cuya obra floreció en el siglo XX; también fue funcionario público, promotor cultural y fundador de instituciones
LA CONSERVACIÓNDEL LEGADO MUSICAL
La carrera de José F. Vásquez inició en los primeros años del siglo XX y se extendió hasta 1961, el año en que murió.
En 1910, cuando tenía 14 años, ganó el concurso nacional de piano y obtuvo el premio de las manos del entonces presidente Porfirio Díaz. Ese mismo año compuso su primera obra y, a los 15, escribió su primera opereta.
Fue fundador de la Escuela Libre de Música, de la Facultad de Música de la UNAM y de la Orquesta Filarmónica de la misma universidad. Sus óperas se estrenaron en Bellas Artes y fueron interpretadas por artistas como Plácido Domingo.
Y, sin embargo, nadie que no fuera su propio hijo se había dado a la tarea de reunir, partitura por partitura, como si fueran pétalos sueltos de una flor azotada por el viento, toda la obra del compositor.
Ahora, todo ese legado ha sido depositado en un archivo creado este 15 de julio por la Escuela Superior de Música Fausto de Andrés y Aguirre (ESMUFAA), ubicada en San Pedro Cholula, Puebla, para su preservación, estudio y difusión.
El archivo consta de ocho óperas, cinco sinfonías, tres conciertos para piano y orquesta, dos conciertos para violín y orquesta. Además del tríptico sinfónico Tres acuarelas de viaje, la Sinfonietta, la Suite romántica para orquesta de cuerdas, una Misa de réquiem, el ballet La ofrenda y las cantatas IV Centenario de la UNAM y Liberación, así como una serie de 60 lieder (canciones) con textos en español y en latín y numerosos estudios para piano, tríos, sonatas, romanzas para cuerdas y piano, mazurcas y preludios para piano.

Su nombre brilló de sala en sala, de aula en aula en la Ciudad de México, entre la audiencia de la música de concierto. Pero su fama no se expandió al resto de los estados de la República
La investigadora Enid Negrete, quien ha acompañado la búsqueda del hijo del compositor durante los últimos nueve años, explicó que las obras podrán ser consultadas por el resto de las escuelas de música en el estado.
La escuela musical se comprometió a mantener el archivo mediante técnicas de restauración y conservación aplicadas a las partituras.
“Haremos todo lo que está en nuestras manos para promover esta literatura musical que forma parte del acervo de la nación. Vamos a difundirla, a cuidarla y a realizar año con año un concierto dedicado al maestro Vásquez”, agregó Jorge Aguirre González, director de la ESMUFAA.
La entrega de archivo fue atestiguada por Cuauhtémoc Mario Cruz, director del Conservatorio de Música del estado de Puebla; María de los Ángeles Rodríguez Elizalde, directora de Museos Puebla; y José Luis Espinosa Torres, director del Museo de la Constancia Mexicana.

Incluso se encontraron algunas creaciones del laureado pianista como curiosidades ofrecidas por un “chacharero” en un tianguis
DENUNCIAN OLVIDO
La llegada de este archivo a Puebla ha sido casi fortuita. En los últimos nueve años, este archivo estuvo arrumbado en el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical (Cenidim), del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).
La investigadora Enid Negrete denunció que, a pesar de que la institución se comprometió a restaurar y difundir la obra, “nunca se pusieron guardas a las partituras ni se limpiaron, sólo se fumigaron”.
Cuando Vásquez hijo y Negrete reclamaron la posesión del archivo, la institución lo entregó tal y como lo habían entregado nueve años antes: envuelto en folders que habían sido colocados por la investigadora de manera provisional, a la espera de que el Cenidim dispusiera un material más apropiado para su conservación.
A pesar de que el archivo fue digitalizado, el Cenidim se ha negado a compartir al hijo del compositor una copia de todas las obras, por lo que presentarán una queja formal ante el INBAL, según explicaron cuando estuvieron juntos, el pasado 18 de julio.
“El olvido en el que han tenido estas obras no fue para el hijo de José F. Vásquez, fue para todos los mexicanos. Todos debimos haber crecido escuchando sus óperas, disfrutando sus canciones y de su enorme cantidad de obras”, denunció la experta.
Adolescente brillante
Dicen que, siendo pequeño, José F. Vásquez pasaba tanto tiempo al piano que sus padres vendieron el instrumento para impedir que su hijo se convirtiera en músico. Pero a los 14 ya había sido ganador de un premio nacional de piano y a los 15 había escrito su primera opereta.
Entre sus principales obras destacan El mandarín, El rajá y Citlali (premiada en el único Concurso de Ópera de El Universal, en 1923), que fue su trilogía exótica, obras “en las que no buscaba una recreación cultura auténtica, sino un marco exotista para la historia”, explica la investigadora Enid Negrete.
En 1954, en colaboración con el pianista Carlos Vázquez, escribió un Tercer concierto para piano que fue estrenado en el Teatro de Bellas Artes, en 1956. Su ópera El último sueño fue estrenada en el Palacio de Bellas Artes en 1961, y en ella apareció Plácido Domingo.



