Alejandro Montiel Bonilla
Quizás pocos lo sepan en el país, pero Adabi (Asociación de Archivos y Bibliotecas) ha rescatado miles de documentos esenciales para la historia de México, ha asesorado miles de proyectos en todo el país para rescatar nuestro patrimonio, en una sola frase podemos decir que Adabi de México ha salvado de la desaparición definitiva una enorme porción de la historia mexicana. Lo sorprendente es que lo ha hecho en tan solo 17 años.
No tengo noticias de alguna otra fundación que haya hecho tantas acciones claves en tan poco tiempo.
Para mí en lo personal, Adabi significa la conjunción rarísima de cuatro factores: inteligencia financiera, inteligencia patrimonial, perseverancia y paciencia.
Estas virtudes representadas por don Alfredo Harp Helú, la Dra. María Isabel Grañén Porrúa, la Dra. Stella González Cicero y el Mtro. Jorge Garibay Álvarez. En ellos radica el corazón de Adabi, en ellos radica el éxito de esta fundación.
Como poblano y exsecretario de Cultura del Estado de Puebla les estoy profundamente agradecido por la restauración y catalogación completa de la Biblioteca Palafoxiana de Puebla. Les cuento brevemente la historia: el sismo del 15 de junio de 1999 dañó cientos de templos católicos y edificios patrimoniales en Puebla, más de mil en todo el estado.
La labor de restauración fue sumamente complicada, muchos templos tardarían años en restaurarse.
El INAH advirtió a la administración estatal que si no se retiraba la colección de libros, el edificio podría colapsar, de hecho, el daño era tan grande que se podía ver el cielo por los orificios que había originado el sismo en la bóveda de la Palafoxiana. Muy bien, había que retirar la colección. Comenzamos a revisar el estado de la catalogación del acervo de la biblioteca más importante, ahora la sabemos gracias a la UNESCO, de América entera. Algunos señalaban 39 mil volúmenes, otros 40 mil, pero en realidad no existía una catalogación científica de la gran biblioteca.
Muchos interesados para restaurar y catalogar aparecieron, entre ellos, nada más y nada menos que la hermana del presidente de la República Mexicana, su compañía requería un presupuesto millonario para restaurar y catalogar la biblioteca. El gobierno del Estado se encontraba en dificultades económicas, pero a su vez, era difícil decirle a la “hermana del presidente” que su proyecto era inviable. Y en ese momento, aparecieron como dos auténticos ángeles poblanos -aunque ellos son oaxaqueños-, don Alfredo y doña Isabel, ellos se interesaron en la recuperación completa de la biblioteca y, además, ellos donarían fondos para lograrlo. Adiós estimada hermana.
De esta forma, con el mayor orden y concierto, la doctora Stella González y el Mtro. Jorge Garibay se enfrentaron a este tremendo problema patrimonial, un edificio que iba a colapsar, según el INAH, una colección no catalogada y un tiempo muy corto para lograr ambas tareas.

Gracias a la sabiduría de estas dos personas, la Biblioteca Palafoxiana hoy no sólo está catalogada en su totalidad, sino que ese trabajo base pudo conseguir que la biblioteca fuera reconocida como MEMORIA DEL MUNDO DE LA UNESCO, en Pekín, en 2005. Un título de categoría mundial, no sólo mexicano o americano, como lo poseen otras bibliotecas de México. Es la única biblioteca en el país que tiene este grado de reconocimiento,
principalmente por tres factores: conservación del sitio original de su fundación, conservación de la estantería original y conservación del acervo original.
Por otra parte, existen muchas anécdotas en esta historia de restauración y catalogación de la Palafoxiana, recuerdo muy bien cuando la Dra. Isabel Grañén me llamó sumamente molesta porque el dinero que ellos depositaban para la restauración de la biblioteca no fluía rápidamente al proyecto, ya se pueden imaginar: la Secretaría de Finanzas del Estado, con su enorme burocracia, entorpecía los trámites para que el dinero llegara de forma expedita. Sin la sensibilidad e inteligencia de David Villa Issa, el proyecto no hubiera caminado.
También recuerdo, que en una visita a una biblioteca de una gran universidad poblana, de esas que cobran sus colegiaturas en dólares, y a la que habían donado fondos para recuperar un archivo, el Sr. Harp Helú me tomó del brazo y me preguntó: “Oye Alejandro, ¿y tú que sabes de libros antiguos, es muy necesario que en los repositorios que resguardan los libros, el piso sea de mármol costoso? ¿No crees que ese dinero, que se gastaron en ese piso, se hubiera podido emplear para más labores de restauración directamente en los libros?”


