Por: Adolfo Flores Fragoso / [email protected]
El poeta potosino Guillermo Aguirre y Fierro fue más que el autor de “El brindis del bohemio”.
A partir de 1901 fue editor y director de publicaciones en su estado natal y en Aguascalientes: El Demófilo, El Tecolote, El Heraldo Independiente y El Noticioso, que dan prueba de su vocación periodística y como cronista más que ejemplar.
Desde la redacción encargaba glorificar a todas las mujeres –inmersas en vidas complicadas y, a veces, “fáciles”–, y denostar a los “mugrosos”, refiriéndose a aquellos individuos que se hacían llamar bohemios cuando en realidad eran sólo “pechones” de cantina.
Aguirre y Fierro era un fiel creyente de los barrios que, para él, eran los únicos espacios habitables de convivencia sin prejuicios ni perjuicios, incluyendo las piqueras.
Carlos Monsiváis proporciona testimonio de lo arriba escrito, como heredero no blasfemo del legado de Manuel Acuña.
Lo cierto es que Guillermo, el poeta, es un desconocido que toleró el amor sin engaños, vinculado a la eternidad, al amor que une hasta la muerte y más:
Sella el rayo que matiza
un estribillo de nada
enamora y acompaña
con ceremonia sencilla.
Un nuevo bien comprendido
la suma antigua preciosa
mina de lucero y filo
complicado del querer (…)
Aguirre y Fierro pudo haber pisado suelo y aserrín poblano, según un epistolario del tlaxcalteca Manuel N. Lira, en ciertos territorios que años después fueron los de Agustín Lara, allá por el barrio de San Antonio de esta ciudad presuntamente angelical.
Leyendas sin muertos, impregnadas de más amor que de amistades nocturnas.


