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El éxito de López Obrador

Crónica Puebla por Crónica Puebla
5 marzo, 2021
en Opinión
Vociferación, no conversación

FOTO CUARTOSCURO

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Por: Jorge Alberto Calles Santillana

La popularidad del presidente López Obrador continúa siendo alta y algunos analistas consideran que impactará positivamente a los candidatos de su partido en las elecciones de junio. De ser así, es posible que Morena arrase en la contienda y el presidente cierre su mandato con mucha más fuerza que la que ha tenido durante este primer trienio.

Varios analistas han señalado que el carisma personal del presidente y su ma­nejo informativo en las conferencias ma­ñaneras son la clave de su éxito. Sin du­da. Pero creo que hay que ir más allá pa­ra comprender el fenómeno López Obra­dor, en toda su magnitud.

Buena parte de la popularidad del presidente tiene sus cimientos en el em­pleo que hace de los recursos simbóli­cos que tiene a su disposición desde el poder. La fuerza de López Obrador ra­dica en que, por años, hizo cuatro co­sas que redituaron dividendos que aho­ra capitaliza.

Primera, recorrió el país y se relacio­nó permanentemente con los sectores más desfavorecidos de la población. Se­gunda, a diferencia de los políticos que ya estaban encumbrados en el poder, Andrés Manuel se confundió con la gen­te por su vestimenta descuidada y su vo­cabulario popular, cargado de dichos, refranes y términos propios de la gente sencilla, humilde. Tercero, recopiló los malestares, las inconformidades y las in­satisfacciones de esos grupos y en los es­cenarios públicos nacionales los empleó como instrumentos de crítica feroz al po­der establecido. Cuarta, consiguió tran­sitar por posiciones de poder sin ser acu­sado de incurrir en actos de corrupción y sin que enriquecimiento indebido se hi­ciera evidente.

De esa manera, a fuerza de ser siem­pre él mismo, López Obrador consiguió construir un personaje de hombre de pueblo, honesto, bueno, íntegro, real­mente interesado en combatir el desem­peño corrupto y equívoco de la gente del poder.

López Obrador encarna así, a todos aquellos que por muchos años sólo re­presentaron para el poder una fuerza de legitimidad, un sostén. Nuestra cultura autoritaria, de larga historia, reforzada por la construcción de un presidencialis­mo todopoderoso, cimentado en un par­tido, el PRI, más orientado hacia cooptar y desmovilizar que hacia organizar y em­poderar a los grupos sociales, ha jugado a favor de Andrés Manuel.

Los políticos mexicanos educaron a la sociedad mexicana en la separación del poder político y las demás activida­des, bajo la premisa de que sería el po­der quien autorizara la actividad social, cualquiera ésta fuera, y concediera los recursos para llevarla a cabo. Las clases más poderosas acataron, pero fueron ampliamente favorecidas.

Los demás grupos sociales, sólo fue­ron controlados y recibieron no lo que demandaban o necesitaban, sino lo que quienes ejercían el poder consideraban suficiente para mantener el orden de co­sas y, a ellos, desmovilizados.

En buena medida, esto ayuda a en­tender por qué el discurso plagado de pausas, de explicaciones simplistas, car­gadas de verdades a medias y de datos in­correctos, construidas muchas veces a través de vocablos familiares para los ta­basqueños, pero no para el resto de los mexicanos, se ha convertido en la clave del éxito de López Obrador.

El presidente acude a las mañaneras, no a informar, sino a conversar, a char­lar como lo hace la mayoría de la gen­te. López Obrador sabe bien, y lo mane­ja con gran éxito, que esa gran masa que fue largamente ignorada, que resultaba invisible para la gente de poder, se cree representada, asume que el presiden­te es alguien como ellos. Si la corrup­ción desapareció o se ha incrementa­do es algo irrelevante. Si los trenes, ae­ropuertos y refinerías de verdad resol­verán problemas, tampoco tiene impor­tancia. Si la democracia se desmorona, qué bueno, porque no era una democra­cia para ellos, sino para los otros, los que los ignoraban.

En los noventas, Bill Clinton pudo vencer en las elecciones a George W. Bush, quien se consideraba invencible por sus éxitos en política exterior, con la frase “es la economía, estúpido”.

Clinton proponía, así, atender las ne­cesidades cotidianas de la gente y con eso convenció al electorado. En México, ahora, podemos decir, “no es la econo­mía, ni la democracia, es la identidad”.

El discurso polarizante es la herra­mienta que López Obrador ha empleado toda su vida para identificar a los buenos de los malos. Por eso es un presidente que ha dejado atrás el discurso de un “Méxi­co para todos”, para promover un discur­so de “primero los pobres” con lo cual se proclama portavoz, defensor y prócer de aquellos que nunca contaron con y para nadie. Esto es lo que debería entender la oposición, pero no acaba de entenderlo.

Antes he dicho y repito: para que Mé­xico de verdad crezca y desarrolle su po­tencial, no basta sacar a López Obrador del poder. Es necesario desarrollar un proyecto de verdadero progreso, pero no al estilo del PRI y del PAN, para unos cuantos. Tampoco al estilo de Morena y López Obrador, progreso en el discurso, fantasioso. Urge una tercera vía. No hay oposición capaz de orquestarla.

Etiquetas: AMLObill clinton

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