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Maquiavelo… ¿era maquiavélico?

Crónica Puebla por Crónica Puebla
19 julio, 2022
en Opinión
Maquiavelo… ¿era maquiavélico?
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(Segunda de dos partes)

Maquiavelo está consciente de que todo puede pasar duran­te el arduo proceso de orga­nizar un Estado.

Lo único imperdonable para él es aten­tar contra la existencia de un Estado bien constituido.

Tan es así que el autor no duda en cri­ticar enérgicamente a Julio César, ya que en su opinión es el temible demoledor de la República Romana, obra extraordina­ria de ciencia y sapiencia política.

Julio César es el magistrado supremo de una antigua República y cuya tarea principal era fortalecer y conducir a la prosperidad a esa Roma Republicana.

Habría que leer también sus Discur­sos sobre la primera década de Tito Livio pa­ra comprender su pensamiento de mane­ra integral y donde el autor defiende a la República.

A los ojos de Maquiavelo, César come­te lo que podría decirse un terrible deli­to. Lo equipara con Catilina. Antepone su ego y su visión personal de César al de la República.

Mientras tanto, César Borgia recibe alabanzas y homenajes. Es merecedor de ellos, de acuerdo con su personal análisis, ya que Borgia no sólo no destruye nada, sino que organiza políticamente una re­gión que era gobernada de forma lamen­table y desastrosa.

Un nido de ratas, una madriguera de bandidos. Seres que sólo pensaban en sa­car provecho para ellos mismos. No en go­bernar y administrar un Estado.

Entendiendo la profundidad del pen­samiento de Maquiavelo, para quien esto escribe lo más trascendente de su obra se debe a que es el primero de los grandes es­critores, después de siglos, para quien las razones de Estado son más importantes que las razones personales del príncipe.

Antes habían sido los monarcas o príncipes hereditarios de sangre, “ungi­dos por Dios”, los que eran llamados a go­bernar al pueblo y al Estado.

Algunos fueron de noble corazón y otros, una ruinosa desazón.

Maquiavelo pone, establece, consti­tuye al Estado por encima del monarca.

El príncipe, el monarca o dirigente de­be tomar conciencia de que su papel será aplicar la ley y ser un instrumento que ac­túe en beneficio del Estado.

El príncipe no es la razón de ser de un Estado.

Es al revés, el gobernante debe de estar al servicio de éste.

Si el monarca tiene razones de Esta­do prudentes, justas y sensatas para im­poner la paz, el progreso, la prosperidad de su pueblo, debe tomar medidas por el bienestar de la mayoría.

Medidas que tendrán que ser valientes y afanosas. En muchos casos, serán du­ras, tremendas, tal vez violentas.

Pero siempre, siempre deben justifi­car el bienestar de la población. De las mayorías.

De aquellas que salen todos los días a estudiar, a emprender, a arriesgar. De las que educan, de las que curan, de las que atienden, de las que enseñan…

De las personas que trabajan, viven y conviven en una nación.

De aquellas que con nobles intencio­nes persiguen el bienestar de sus familias.

De las que esperan que el Estado les proporcione seguridad y un ambiente de paz para desarrollarse, crecer, prosperar y apoyar a que su país también progrese.

Es aquí donde se debe enmendar la famosa frase que muchos emplean y de donde se origina el “supuesto pensamien­to maquiavélico”. Aunque no viene explí­cita en sus escritos, sí resume muy bien su pensamiento.

“El fin justifica los medios”.

Hemos dado vuelta durante casi cin­co siglos y no se ha podido eliminar la tre­menda aporía que conlleva la enuncia­ción “maquiavélica”.

Sin embargo, no podremos desmade­jar el nudo central en el que nos hemos metido si no vislumbramos el fondo del asunto.

Crueldad, perfidia y lo que se requie­ra no son más que medios a los que el go­bernante debe recurrir para la consecu­ción del fin fundamental y absoluto para el cual fue electo.

Salvaguardar, administrar y conser­var al Estado.

Existen dos definiciones del maquia­velismo. Una es la que estudia el pensa­miento y la doctrina política del autor.

La otra incluye rasgos de un tempe­ramento carente de empatía, egoísta; to­das sus decisiones están subordinadas al beneficio personal; tiene una mente fría, calculadora y lleva una vida que rebosa en hipocresías y falsedades.

Como lo mencioné inclusive en mi en­trega anterior, está considerado uno de los nueve factores oscuros de la persona­lidad –el factor D–.

Es realmente torpe y banal oír decir que alguien hizo algo maquiavélico por­que traicionó, apuñaló por la espalda, o es un aberrante falso e hipócrita y su nefas­ta jugada le salió bien… tal vez momen­táneamente.

¡Es como si coronáramos y ungiéra­mos al Tartufo de Molière!

“Maquiavelismo” o pensamiento “ma­quiavélico” no define, al menos para mí, la verdadera aportación del filósofo políti­co. ¿Y si mejor lo nombráramos, para dis­tinguir, pensamiento “maquiaveliano”?

No importa.

Al final es un tema de forma.

Lo vital es la comprensión del fondo del asunto. Nicolás Maquiavelo fue un hombre de su tiempo.

Y los tiempos actuales requieren a per­sonas que comprendan que la función del Estado está por encima de los intereses egoístas, particulares y partidistas.

En muchas naciones la democracia se ha pervertido y existen gobiernos que pa­recen empeñados en hacer todo lo contra­rio a salvaguardar, administrar y conser­var al Estado.

Son gobiernos execrables. En muchos casos, manejados por personas indecen­tes y carentes de conocimientos.

Personas ególatras y sin la mínima conciencia de la gran responsabilidad y oportunidad que representa estar al fren­te de un gobierno y poder servir a su país.

Hemos caído en las “demagogias”; el gobierno de halagos, falsas promesas, que son populares, pero difíciles de cumplir, y otros procedimientos que se usan para convencer al pueblo y convertirlo en ins­trumento de la propia ambición política.

En las “kakistocracias” –el gobierno de los peores, los más incompetentes –.

Como diría Aristóteles: “Hay que tener cuidado con la democracia, porque mien­tras más democrática se vuelve, mas tien­de a ser gobernada por la plebe, degene­rando en una octocracia.

Y Polibio la complementa: “Cuando el pueblo es manipulado y decide sin infor­mación. Es el peor de los sistemas políti­cos, el último estado de degradación del poder. La oclocracia se nutre del rencor y la ignorancia”.

Etiquetas: Julio César

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