Por: Jorge Alberto Calles Santillana
Agenda Ciudadana
El asesinato de Armando Linares López, ocurrido el pasado martes, aumenta la preocupación en el gremio, pues es el octavo periodista ultimado en lo que va del año y fue cometido a pocos días de que el parlamento europeo hiciera llegar al presidente López Obrador una observación sobre los obstáculos que encuentran los periodistas críticos para realizar su labor y la terrible inseguridad en la que se desenvuelven.
Seis observaciones son posibles acerca de estos ocho asesinatos.
Una. No son ocho, un número. Son ocho compañeros con nombres y apellidos: José Luis Gamboa, Margarito Martínez, Lourdes Maldonado, Heber López, Jorge Camero, Roberto Toledo, Juan Carlos Muñiz y Armando Linares. Nos hemos acostumbrado tanto a la violencia que nos resulta natural referirnos a las víctimas numerándolas y no nombrándolas. La omisión tiene un efecto catártico: reducimos pena y tratamos el asunto como cosa. Pero también, un efecto deshumanizador: evitamos tener presente que eran hijos, padres, hermanos, amigos y que sus muertes, crueles e injustificadas, han generado cadenas de dolor y trastornos emocionales de larga durabilidad. Además, la sociedad se acostumbra a contar numéricamente y olvida contar narrativamente.
Dos. Han transcurrido setenta y siete días. Así, un periodista es sacrificado prácticamente cada diez días. Si la tendencia se mantiene, al término del año habrán sido ultimados 38 periodistas, cifra escandalosa. Del uno de diciembre de 2018 al 31 de diciembre de 2021, época en la que se ha registrado el mayor número de atentados en contra de trabajadores de la comunicación, fueron asesinados 48. Es decir, en sólo este año se habrá asesinado al ochenta por ciento de los periodistas que fueron eliminados en los otros tres juntos. Con el asesinato de Linares, 2022 superó –en menos de tres meses– el registro de atentados de todo el año pasado, cuando siete periodistas vieron segadas sus vidas.
Tres. La respuesta del gobierno federal ha sido comparar, no de manera correcta, los homicidios de periodistas ocurridos en los sexenios de Peña Nieto y Calderón. Más allá de que el manejo de datos es tramposo, la verdad es que las comparaciones resultan absurdas. A través de ellas, se nos exige entender la realidad con la mira puesta en el pasado. Además de que carece de sentido, esta exigencia es inhumana e irresponsable. Sabemos todos que la violencia no se inició este sexenio, pero lo cierto es que está presente y va en aumento. Que el pasado haya sido oscuro no significa que el presente no lo sea. Ocupémonos de la violencia existente y tracemos estrategias eficaces, reales, profundas que la contengan. Además, a los periodistas vivientes las comparaciones no les garantizan seguridad. Sus vidas están, hoy, en peligro. Eso es lo que cuenta. Eso es lo que hay que atender y resolver.
Cuatro. Estos ocho compañeros son sólo un número pequeñísimo de las más de 115 mil personas que han sido asesinadas en este sexenio. Desde que la violencia se desató, como consecuencia de la guerra contra el crimen organizado iniciada por Felpe Calderón, sólo entre 2011 y 2014 hubo decrecimiento de actividad criminal. A partir de 2015 se disparó y en 2020 y 2021 alcanzó las mayores cifras de la historia. Aparentemente, la ola criminal empieza a aplanarse, pero a niveles altísimos. Las políticas sociales de prevención del delito de Calderón, Peña Nieto y López Obrador han fracasado rotundamente. En 2015, el índice de violencia de los 233 municipios del país con más de cien mil habitantes era de 19.07 puntos; en 2020 creció a 26.58. Un incremento de casi 40 por ciento, según datos del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, A.C.
Cinco. El uso recurrente de las descalificaciones en los discursos del poder en nada contribuyen a la pacificación del país; por el contrario, cada palabra hiriente se convierte en leña para avivar el fuego de la violencia. Es urgente que recuperemos la cordura y que haya una apertura auténtica al diálogo. Eso significa respeto a la prensa crítica. Un principio claro en la democracia es que no hay proyecto político que sea necesariamente bueno, libre de contradicciones y que deba ser conservado perennemente.
Seis. La transformación social es imposible en un clima de violencia como la que caracteriza a nuestro país. El desarrollo social es imposible donde priman violencia, corrupción e impunidad. México ocupa puestos vergonzosos en los índices mundiales de estos tres fenómenos. México debe tomar el camino del desarrollo, lo que reclama políticas públicas efectivas bien diseñadas y operadas bajo consenso. Hechos, no palabras.


