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El caso de Jicopala y el “háganle como quieran”

Felipe Flores por Felipe Flores
1 diciembre, 2021
en Soliloquio
El caso de Jicopala y el “háganle como quieran”
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Por las “benditas redes sociales”, un ciudadano de la Sierra Norte poblana denunció hace días un acto de arbitrariedad cometido por la Secretaría del Bienestar del gobier­no federal en la pequeña población de Ji­copala, ubicada en el municipio de Za­catlán.

Y es que sin decir “agua va”, en una mañana lluviosa entraron recientemen­te varias máquinas a la zona céntrica de esa comunidad, donde todas las construc­ciones son de adobe y conservan el mismo estilo típico con sus tejas en los techos, y derrumbó una de las casonas.

A los pocos días fue construida en ese lugar una sucursal del Banco del Bienes­tar. La nueva y fea edificación –de un so­lo piso, remate curveado en la parte alta y pintada de color blanco– rompe brus­camente con el tradicional entorno pue­blerino.

Hasta la fecha se desconoce qué auto­ridad concedió el permiso y las licencias de construcción, mientras que los pobla­dores de Jicopala no salen de su sorpresa e indignación. Tienen desconcierto al no saber ante quién expresar su malestar.

Esta historia que para algunos pudiera parecer trivial se repetirá en todo el país, pero en una dimensión inmensamente mayor. Digamos que el incidente de Jico­pala será apenas un mero referente, por­que a partir del pasado 22 de noviembre, mediante decreto presidencial, todas las obras que realice el gobierno federal es­tarán “blindadas”.

Esto es, se harán con o sin permisos, sin rendir cuentas a nadie.

De manera tácita, el acuerdo declara que la realización de prácticamente toda obra o proyecto del gobierno de Andrés Manuel López Obrador es un asunto de “seguridad nacional”.

El documento ya publicado en el Dia­rio Oficial de la Federación refiere en con­creto la infraestructura en comunicacio­nes y telecomunicaciones, hidráulicas, medioambientales o turísticas, de salud, vías férreas, ferrocarriles, energía, puer­tos y aeropuertos, así como cualquier otra obra considerada prioritaria o estra­tégica para el desarrollo nacional.

O sea, todas, incluyendo desde luego las 2 mil 700 sucursales de los llamados Bancos del bienestar.

Dicha protección incluye las gestiones previstas en los trámites de licitación, es decir, de hacerse, sus datos no serán pú­blicos y la información se mantendrá en resguardo, bajo el amparo del principio de “seguridad nacional”.

Cuantas obras públicas haga el gobier­no, chicas, pequeñas, medianas o enor­mes, estarán cobijadas y protegidas –des­de su proyecto hasta su realización y res­guardo– por las Fuerzas Armadas.

Y háganle como quieran.

La sucursal del Banco del Bienestar de Jicopala encuadra en esta nueva dispo­sición, pero en realidad el objetivo presi­dencial va mucho allá. Digamos que ese caso es meramente simbólico.

El propósito de AMLO es “blindar” en especial sus llamados “megaproyectos” que no han avanzado al ritmo que quiere. Hablamos de las obras del Tren Maya, de la refinería Dos Bocas y del Corredor Tran­sístmico, entre las más representativas.

Al paso que van esos trabajos y a po­co menos de tres años de que concluya su administración, acaso apenas el ae­ropuerto será concluido y sólo de mane­ra parcial.

Buena parte de los rezagos obedece a más de un centenar de amparos que han obstruido su avance. Pero otro freno ha sido también lo engorroso de los trámi­tes burocráticos entre diferentes instan­cias y dependencias federales, estatales y municipales.

El director general del Fondo Nacional de Fomento al Turismo, Rogelio Jiménez Pons, ha reconocido que tan sólo en el ca­so del Tren Maya, una de las obras insig­nia del gobierno federal, el retraso es de casi cinco meses debido al papeleo entre Semarnat, Sedatu y Conagua, además que se han enfrentado a fallas geológicas.

Además, pobladores se quejan de que se han violentado zonas protegidas con vestigios históricos y regiones boscosas, e incluso han visto tapar arrecifes con ce­mento, entre otras barbaridades.

El tiempo pasa y ante la desesperación de no concluir las obras, vino la ocurren­cia de AMLO por impulsar su avance anu­lando todos los obstáculos mediante un acuerdo, sin importar que fueran violen­tadas las leyes y transgredida incluso la Constitución.

Para justificarse, en una de sus recien­tes mañaneras, el titular del Ejecutivo fe­deral explicó que su acuerdo tiene el pro­pósito de que sus adversarios, “que están empeñados en ponernos obstáculos”, no puedan oponerse a las obras.

Omitió desde luego decir que con su medida está violando, entre otras dispo­siciones, las leyes de Seguridad Nacional, Adquisiciones, Arrendamientos y Servi­cios del Sector Público, Orgánica de la Ad­ministración Pública Federal y la General de Transparencia y Acceso a la Informa­ción Pública.

En términos constitucionales, no hay ningún precepto que le otorgue faculta­des al presidente de la República para de­clarar sus proyectos de infraestructura como de “seguridad nacional”. Y lo no permitido, está prohibido.

El acuerdo presidencial atenta además contra los derechos humanos y comuni­tarios, inhibe mecanismos institucionales para la defensa del medio ambiente y no acata el principio de máxima publicidad de los actos gubernamentales.

Eso no importó. La consigna es que, sin restricción presupuestal, se terminen cuanto antes las obras en las que miles de trabajadores, la mayoría soldados del Ejército Nacional, trabajan día y noche.

El tema por los excesos en los márge­nes del acuerdo presidencial ya rebasó fronteras. El influyente diario estadou­nidense The Wall Street Journal publi­có esta semana un artículo en el que re­fiere que el decreto de AMLO, “es un acto de desesperación más que de fortaleza”.

Dice que al pronunciarse por encima de la Constitución, para algunos se sin­tió como el principio del fin de la demo­cracia mexicana.

El argumento presidencial, añade, es que busca “agilizar la burocracia y eli­minar los requerimientos judiciales que se interponen en su visión de México, co­mo la construcción del Tren Maya. Pien­sen en ello como una desregulación sólo para proyectos gubernamentales, lo cual no es desregulación en absoluto”.

Y concluye al considerar que “la Cuar­ta Transformación a la que apuesta López Obrador es una visión de México que se asemeja más a lo que era el país en la dé­cada de los 70, cuando el Ejecutivo enca­bezaba una dictadura suave. México ne­cesita esto, razona AMLO, porque sólo un líder moralmente superior como él pue­de traer verdadera justicia. Sin embargo, “aun si este presidente es tan puro como asegura ser, la historia no está de su lado”.

Pero no todo está perdido, por for­tuna. Se sabe que el Instituto Nacional de Transparencia que preside la pobla­na Blanca Lilia Ibarra presentará en los próximos días una controversia consti­tucional, al menos en el ámbito que le co­rresponde, ya que el decreto exhibe una evidente falta de transparencia y rendi­ción de cuentas e incurre en opacidad y… ¿corrupción?.

Habrá seguramente otras impugna­ciones y otros demandantes para que en­tonces sea la Suprema Corte de Justicia de la Nación la que decida una eventual y casi segura anulación del acuerdo pre­sidencial. Los recursos legales llevarán su tiempo, mas no importa.

Lo relevante es que se imponga el mandato de la legalidad. Y que no preva­lezca el “háganle como puedan”, como ocurrió también en el rústico y hermoso poblado de Jicopala.

Etiquetas: AMLOSecretaría del BienestarZacatlán

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