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Partidos políticos: se buscan líderes

Felipe Flores por Felipe Flores
10 noviembre, 2021
en Soliloquio
Hay candidatos con nexos criminales: Miguel Barbosa
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Desde hace mucho tiempo, los partidos políticos en México han dejado de representar a la socie­dad.

Y no sólo eso, los partidos figuran en­tre las instituciones que menos confianza inspiran entre la ciudadanía, casi a la par que las policías.

Esa falta de representatividad, de con­fianza y credibilidad se debe, en buena me­dida, a la poca visión, escasa ética y muy errada conducción de sus respectivas di­rigencias.

O a su incapacidad.

Es el caso de las principales organizacio­nes partidistas en el país, cuyas crisis inter­nas son inocultables, incluyendo al parti­do actualmente en el poder.

O bien reflejan signos de debilidad y fal­ta de proyectos como en el PRI, o están in­mersos en conflictos internos irreconci­liables, como ocurre en Acción Nacional y en Morena.

Puebla no es la excepción. Sus males los abrevan de sus respectivas dirigencias na­cionales y provienen, en todos los casos, de la falta de auténticos liderazgos.

Toda una contradicción si se apela que, por naturaleza, los partidos políticos ten­drían que ser comandados por auténti­cos líderes.

¿Es el caso de los dirigentes nacionales y locales? Por supuesto que no.

Lo que se observa es que pululan figu­ras oportunistas, defensores a ultranza de intereses faccionarios, capaces de cual­quier cosa con tal de aferrarse al cargo… y al poder.

Se entiende que líder es, por definición, aquel capaz de influir, motivar y hacer que todos los miembros de una organización trabajen unidos en la consecución de lo­gros, metas y objetivos compartidos.

Personajes con carisma, empáticos, con capacidad de persuasión y gestoría, ade­más de habilidades naturales para nego­ciar, concertar e incluso ceder.

Figuras probas, con compromiso y lea­les a los intereses y principios partidistas.

No los hay en ningún instituto político.

Malo que así sea, porque al no ser capa­ces de tener consenso al interior de su par­tido, menos entonces podrán conectar con sus bases y captar nuevos adeptos, militan­tes, simpatizantes y, claro, votantes.

El PRI nacional tiene en Alejandro Mo­reno a un dirigente nacional sin carisma, que no termina por entender cuál debiera ser su rol como partido de oposición. Obli­gado a hacer alianzas con el blanquiazul en varios frentes en la pasada elección, navega sin brújula conforme los vientos soplan.

En Morena no han podido todavía rom­per el cordón umbilical que los maniata a la figura presidencial y en ese trance, Ma­rio Delgado hace lo que puede, que no es mucho. Presume de una unidad partida­ria que es ficticia y parece incapaz de po­der contener la escisión que se viene an­te la celeridad del proceso de la sucesión presidencial.

El caso del PAN con Marko Cortés es de­cepcionante. Pudiera ser bastión de una gran fuerza opositora, pero ya se vio el al­cance de su mira al reconocer de antema­no que en las seis elecciones del año próxi­mo, apenas podría competir en Aguasca­lientes.

Esos males se transmutan a Puebla: un PRI vacío, con una dirigencia sujetada a control remoto; con Morena enfrascado en pleitos y malos manejos y con un PAN cuestionado y entre jaloneos en la víspera de elegir a su dirigencia estatal.

En la renovación de sus dirigencias, ca­lendarizadas para el cierre del año, el PRI resolvió por la fácil y sostuvo a Néstor Ca­marillo tras postularlo “candidato de uni­dad” ante el desinterés de otros posibles aspirantes y pese a los malos resultados en los recientes comicios, en los que per­dió buena parte de las alcaldías que tenía.

Sumiso, enfrenta además confusas es­cisiones, como la protagonizada recien­temente por Enrique Doger, y una nota­ble indiferencia hacia algunas figuras que podrían ser factores de unidad y fortaleza.

En Morena hay muchos nudos por des­atar. En la pasada elección, pese a sucias maniobras, mantuvo la mayoría en el Con­greso local, pero perdió las plazas más im­portantes, incluyendo a Puebla capital y sus municipios conurbados.

Son muchos los aspirantes a la dirigen­cia, pero no todos tienen el perfil. La dispu­ta por el liderazgo presagia encarnizados choques porque ya todos están con la mi­ra en el 2024 con la creencia de poder re­frendar la gubernatura por una mera aña­didura inercial. Nada más falso.

Para el gobernador Miguel Barbosa, que se ha mantenido distante y respetuoso de la vida partidista, el nuevo dirigente esta­tal de Morena debe ser maduro, equilibra­do e imparcial. “Que ese sectarismo que es muy común en la izquierda no exista, que todo sea parejito”, habría dicho.

Y en el PAN, con pronósticos reserva­dos, el próximo domingo tendrá su proceso interno para renovar su dirigencia. ¿Qué podría ocurrir? Lo único claro es que las dos contendientes representan a grupos y a proyectos absolutamente distantes y dia­metralmente opuestos.

Genoveva Huerta Villegas aspira a la re­elección entre duros cuestionamientos por imposiciones y venta de candidaturas en la pasada elección, además de pesarle su identificación con lo que queda de more­novallismo, representado por un desacre­ditado Jorge Aguilar Chedraui.

También ha sido criticada por “apañar­se” una diputación federal, reservada para una militante indígena. Para bien o mal, tiene el apoyo del dirigente nacional Mar­ko Cortés.

La otra contendiente, surgida como emergente por la obligada condición de que la presidencia fuera para una mujer, es Augusta Díaz de Rivera, que compite bajo el cobijo de la vieja y tradicional corriente panista, simbolizada entre otros por Fran­cisco Fraile, Ana Teresa Aranda y el actual legislador Humberto Aguilar Cornado.

Diaz de Rivera cuenta además con las fichas del actual alcalde de Puebla Eduar­do Rivera, cuya apuesta tiene naturales vi­sos de futuro.

La guerra discursiva entre ambas ha sido estridente y de constante descalifica­ción. Las acusaciones mutuas en los cie­rres de campaña no tienen precedente en una disputa interna del blanquiazul.

El resultado del domingo venidero es impredecible, pero lo que resulte propicia­rá además de una inevitable fragmenta­ción interna, un efecto determinante en la sucesión gubernamental del 2024. No ha­brá tiempo de sanar heridas.

Nadie se salva entonces; ni tricolores, ni azules ni guindas.

Todos con enredos a consecuencia de la falta de liderazgos auténticos y convin­centes.

Un mal que todos padecen y que hacen de los partidos meros instrumentos para alcanzar al poder.

Cada vez menos confiables y creíbles.

Y cada vez más, mucho más alejados de la sociedad.

Etiquetas: Ana Teresa ArandaFrancisco FrailePuebla Eduar­do Rivera

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