Dirán que fue una puntada de borrachines trasnochados.
Algunos más certeros, que fue una de las habituales acciones de la delincuencia organizada.
Y otros, de cualquier manera, que los hechos son irrelevantes porque sólo afectan a los “fifís”.
La realidad es que el incendio provocado la noche del miércoles pasado en la discoteca Baby’O es un lamentable suceso, que da pie a muchas lecturas por su enorme carga de simbolismos.
El icónico lugar fue, durante muchos años, uno de los puntos de atracción turística más importantes del devaluado puerto acapulqueño.
Cerrado desde hace 18 meses por la pandemia de coronavirus y casi a punto de reabrir sus puertas, Baby’O se había consolidado como el más exclusivo centro de reunión de personajes de la high society mexicana, además de artistas, empresarios, figuras de la política y deportistas, nacionales e internacionales.
Entre la interminable lista de personajes que desfilaron por la discoteca figuran Tony Curtis, Rod Stewart, Donna Summer, Julio Iglesias, Elizabeth Taylor y Bono, el vocalista de U2.
Además, desde luego y de manera recurrente, Luis Miguel, Belinda, Cristian Castro, Angelique Boyer, Mijares, Yuri, Juan Gabriel, Alejandro Fernández, Eva Longoria, Marc Anthony, Bono y Eiza González, entre otros muchos más.
Cierto, era un lugar de privilegio, elitista y de difícil acceso.
Este reportero estuvo allí en un par de ocasiones y ambas, debo confesarlo, mediante el muy mexicano recurso del influyentismo, que valió en ambos casos mesas de primera fila.
La primera vez fue por mera curiosidad, para corroborar el mito que se había tejido en torno a ese casi mágico antro inaugurado en 1976.
Animado por el par de camarógrafos con los que había viajado a Acapulco a cubrir para Televisa una pelea del célebre José Ángel Mantequilla Nápoles, bastó entonces un burdo “charolazo”.
Regresé muchos años después, con motivo de una reunión internacional de Procuradores de Justicia y como parte del equipo de prensa de la PGR, a invitación muy selectiva del delegado de la institución en Guerrero.
El glamour en su máxima expresión en aquél lugar del que ahora quedan sólo cenizas, de las que –no obstante– pueden construirse varios mensajes y múltiples interpretaciones.
Se trata, de eso no hay duda, de un incendio provocado.
De los videos disponibles se advierte con claridad que al menos tres personas armadas, que previamente había sometido al vigilante, accedieron a la discoteca llevando bidones con gasolina, que luego rociaron y prendieron fuego.
El incidente ocurrió apenas unas horas antes de que asumiera el cargo la nueva presidente municipal de Acapulco, la morenista Abelina López Rodríguez, y en la víspera de que tome posesión como gobernadora de Guerrero la hija de Félix Salgado Macedonio.
Ese mismo día, los cuerpos de cuatro hombres torturados y ejecutados fueron dejados al interior de un auto, frente a la casa de campaña del alcalde electo de Iguala, David Gama Pérez.
No hay que darle muchas vueltas.
Los mensajes son claros para las nuevas autoridades por parte del crimen organizado, que ha sentado en Guerrero una de sus principales plazas y en Acapulco, su base de operaciones.
Esa entidad lidera en plantíos de marihuana y amapola, además es proveedor indiscutible de heroína en el mercado mundial.
Es también zona fértil para la incidencia de otros delitos, como secuestros, extorsiones, cobros de piso, trata de personas, asesinatos y robos a mano armada, cuya expansión alcanzó sus mayores niveles desde que gobiernos “de izquierda” –antes Partido de la Revolución Democrática (PRD), hoy Morena– tomaron el control político.
No olvidar el caso de Iguala que acreditó la estrecha vinculación con la delincuencia organizada del entonces alcalde José Luis Abarca Velázquez y de su esposa, María de los Ángeles Pineda Villa, relacionados con la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa en septiembre de 2014.
No se trata ahora de culpar a la 4T de todo lo que ocurre en el país, pero por lo pronto ya hubo deslindes. En su mañanera del fin de semana, el presidente López Obrador dijo que no se puede atribuir a la delincuencia organizada sin pruebas.
Nada dijo a favor de una investigación profunda, con todos los recursos del Estado.
Jamás asumirá que como otros hechos violentos que ocurren a diario en el territorio nacional, eventos de esa naturaleza son resultado de la equivocada estrategia de “abrazos, no balazos”, que no hace más que hacer crecer a la nefasta impunidad.
De cualquier forma no puede negarse que el incendio intencionado de la prestigiada discoteca Baby’O está pleno de simbolismos, para quien quiera traslucirlos.
Y que más allá del recuerdo anecdótico de un lugar legendario, los hechos que dañan a Acapulco, a México y a todos, son un aviso de lo que está ocurriendo en el país en materia de seguridad, por lo que deberían ser motivo para encender las lámparas de alerta.