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Escultor de sonidos

Crónica Puebla por Crónica Puebla
18 septiembre, 2021
en Cultura
Escultor de sonidos
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Por: Dulce Liz Moreno

Nació rockero, se gra­duó ingeniero civil y hoy es constructor de instrumentos es­pecializado en violín.

No es uno cualquiera: Adrián Salazar González ganó el Premio Grandi-Taglietti a la mejor tesis, por su trabajo de posgrado en Laudería en el Instituto Stradi­vari de Cremona, Italia, la ciu­dad del violín.

Tuvo que graduarse de la ca­rrera de las estructuras, los ca­minos y los puentes y dejar su natal Durango, aterrizar en la UDLAP con instrumento en ma­no, para tener los primeros lazos con su verdadera pasión en la vi­da y luego abrazarla con fuerza del otro lado del mundo.

RUTA DE DESCUBRIMIENTOS

En Durango nació y a los siete años empezó a tocar la guita­rra. En la familia no hay ante­cesores músicos, salvo el abuelo Raymundo que rasgaba el ins­trumento como pasatiempo y la tía abuela Graciela que tenía un piano.

Adrián Salazar González le tomó tanto gusto a la guitarra, que le dedicó horas cada día por su cuenta se volvió experto.

Y llegada la adolescencia, el embrujo de la guitarra eléctri­ca le surtió efecto y fue el músi­co principal de la banda de rock en los tiempos de prepa.

Interpretaba los solos de los éxitos de Metallica, Guns and Roses y un ejecutante le atra­jo como imán: Walter Giardino, fundador y líder de la banda ar­gentina Rata Blanca.

Saltó mar adentro en el océa­no del rock.

Estudioso desde siempre, se bebió cuantos textos pudo sobre las figuras que los rockeros men­cionaban en entrevistas como inspiración y desafío: Paganini, Bach, Vivaldi.

“Y por esas fechas, a los 17, conocí el violín. Me gustó tanto que fue desplazando a la guita­rra. Los primeros seis meses fue muy difícil tocarlo y me metí a un taller de música de cámara,

el único que había en Durango; de hecho la Orquesta Sinfónica no tenía, entonces, mucha difu­sión, pero esto ha crecido hasta que antes de la pandemia se lle­naban los auditorios en los con­ciertos”.

Un año después de tocar en el taller, descubrió “la cosa más fascinante que hay en el mun­do: de dónde viene el sonido” y por qué hay hasta mitos alrede­dor del violín.

Autodidacta en acústica, consiguió libros extranjeros so­bre análisis de la vibración del violín y cálculo aplicado que le resultaron sumamente comple­jos; prefirió voltear hacia los tex­tos de divulgación que, con dia­gramas e ilustraciones, le reve­laban cómo son las vibraciones del violín.

Se enteró de un curso de lau­dería en Morelia en 1998.

“En Durango no hay laude­ros, así que me fui al curso de dos semanas y pude ver lo que ya me interesaba y había hecho solo por mi cuenta; en 1997 ya construía violines pero en forma autodidacta”.

NEXOS FIRMES

Acabada la carrera de ingenie­ría civil y hecho el semestre de prácticas, decidió ir por otro ca­mino y comenzar la licenciatura de música en la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP). Tuvo contacto con lauderos de Querétaro y Xalapa.

En 2003, cuando inició ca­rrera en San Andrés Cholula, el profesor de violín era Julio Salda­ña y la Orquesta de Cámara rea­lizaba giras a países europeos.

Con su maestro, Adrián con­siguió contactar con lauderos de Suiza y el mundo se le abrió.

Como violinista en la orques­ta, se enroló en los viajes de 2005 y 2007. El primero, a República Checa; el segundo, a Italia.

“Tocamos en Milán, llegamos a Piacenza y yo ya había investi­gado que Cremona estaba a me­dia hora de ahí; propuse un tour a la ciudad del violín”. Él se perdió abstraído en los talleres de los lu­tiers y casi lo dejan ahí, porque el tiempo se le fue sin darse cuenta.

Supo que tenía que regresar algún día a la ciudad donde se desarrolló la laudería más famo­sa, cuna de la familia Amati y Antonio Stradivari.

A QUEMAR PESTAÑA

Graduado violinista, se apuntó a estudiar música barroca en Ita­lia. Y laudería en la ciudad de los violines. Las dos cosas, al mismo tiempo, para ahorrar costos.

Todo el día se le iba en clases.

Tenía que conocer el camino que marcó Félix Savart, médico francés que estudió física por su cuenta e instaló en su casa un taller donde experimentó la he­chura de instrumentos de cuer­das y madera con base en prin­cipios matemáticos.

Llegó a ser científico especiali­zado en acústica e inventor; unió proyectos con Jean Baptiste Biot y a ellos juntos se debe la ley Biot-Savart, una de las bases de la teo­ría electromagnética actual.

Su afición más fuerte, en ple­no siglo XIX, fue la composición de los sonidos logrados con la fricción de cuerdas sobre cuer­pos de madera, así que estudió los patrones del modo de vibra­ción de las tapas del violín. Y asentó fundamentos indispen­sables para la construcción de los instrumentos.

El duranguense revisó la pro­ducción científica sobre acústica de Savart e hizo del laboratorio de física, en la escuela, su casa.

Empleó cientos de horas para resolver una incógnita: ¿cómo es el montaje acústico de los instru­mentos de arco?

Todo lo enfocó en la elastici­dad de las maderas que se usan para construir violines. El labo­ratorio de acústica de Cremo­na le permitió experimentar con densidad y peso de la madera y los que se denominan “módu­los”: corte, torsión, tracción y elasticidad.

Esa investigación la hizo for­mal, la consolidó como tesis de posgrado y le valió el premio Grandi-Taglietti.

Etiquetas: Adrián Salazar GonzálezOrquesta SinfónicaPremio Grandi-Taglietti

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