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¿Por qué la guerra en Ucrania? (*)

Crónica Puebla por Crónica Puebla
11 abril, 2022
en Deportes, Opinión, Política
¿Por qué la guerra en Ucrania? (*)
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Por: Antonio Peniche García
La otra cara de la moneda

 

 Si quieres hacer la paz con tu enemigo, debes trabajar con él

Nelson Mandela

 

Ante un mundo supuestamente civilizado, el diálogo debería de prevalecer. A pesar de que a veces sea difícil encontrar puntos de encuentro, siempre existirán. Nunca deberíamos poner en juego las vidas humanas y menos las de inocentes.

Mahatma Gandhi mencionó en varias ocasiones: “No hay camino hacia la paz, la paz es el camino”.

La violencia engendra más violencia. Una guerra, jamás se justificará. Sin em­bargo, analizar el punto de vista ruso, an­te la tremenda, desgastante y estúpida guerra en Ucrania, es también muy im­portante. Forma parte de la inicua ecua­ción.

Como sentenciaría en algún momen­to de su vida Thomas Mann, el gran es­critor de origen alemán: “La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz”.

En 1991, se dio el colapso del bloque comunista. En buena lógica, la desapari­ción del Pacto de Varsovia debería haber llevado a la disolución de la OTAN, una organización que se creó para hacer fren­te a la “amenaza soviética”.

Es por esta razón que comienza el malentendido entre el mundo occidental (OTAN) y Rusia (Ex-URSS).

Lo conveniente habría sido proponer nuevos formatos de integración para esa “otra Europa” que aspiraba a acercar­se a Occidente.

El momento parecía tanto más oportu­no en cuanto a que las élites rusas, quie­nes probablemente nunca habían sido tan pro-occidentales, estaban accedien­do a la liquidación de su imperio sin opo­ner resistencia.

Sin embargo, las propuestas de una mayor y mejor integración de la Europa del Este, formuladas sobre todo por Fran­cia, fueron enterradas bajo la presión de Washington.

Al no querer verse despojado de su “victoria” sobre Moscú, Estados Uni­dos impulsó entonces la ampliación ha­cia el Este de las estructuras euroatlánti­cas heredadas de la Guerra Fría para con­solidar su dominio sobre Europa.

Para ello, los estadounidenses conta­ban con un fuerte aliado: Alemania, que buscaba recuperar su influencia sobre la Mitteleuropa.

Ya en 1997 se decidió la ampliación de la OTAN hacia el Este, aunque los líderes occidentales habían prome¬tido a Gorbachov que ésta no se ¬produciría.

En Estados Unidos, destacadas perso­nalidades manifestaron su desacuerdo. George KENNAN, considerado como el arquitecto de la política de contención de la URSS, predijo las consecuencias de tal decisión, tan lógicas como perjudiciales:

“La ampliación de la OTAN sería el error más fatal de la política [exterior] es­tadounidense desde el final de la Guerra Fría. Es previsible que esta decisión des­pierte las corrientes nacionalistas, antioc­cidentales y militaristas de la opinión pú­blica rusa; que reavive una atmósfera de Guerra Fría en las relaciones Este-Oeste y que encamine la política exterior rusa en una dirección que ciertamente no será la que deseamos”.

En 1999, la OTAN, que celebraba su 50 aniversario con gran pompa, reali­zó su primera ampliación hacia el Este (Hungría, Polonia y la República Checa) y anunció que continuaría el proceso hasta las fronteras rusas.

La Alianza Atlántica entró, además, si­multáneamente en guerra contra Yu­goslavia, transformando la organización de un bloque defensivo en una alianza ofensiva. Todo, en violación del derecho internacional.

La guerra contra Belgrado se em­prende sin el aval de la ONU, lo que im­pide a Moscú utilizar uno de los últimos instrumentos de poder que le quedan: su poder de veto en el Consejo de Seguridad.

Las élites rusas que tanto habían apos­tado por la integración de su país en Oc­cidente se sintieron traicionadas: Rusia, presidida entonces por Boris Yeltsin, que había actuado en pro de la implosión de la URSS, no fue tratada como un socio al que había que recompensar por su con­tribución al fin del sistema comunista, si­no como el gran perdedor de la Guerra Fría, que debía pagar entonces el precio geopolítico.

Paradójicamente, la llegada al poder de Putin al año siguiente corresponde más bien a un periodo de estabilización de las relaciones entre Rusia y los occi­dentales. El nuevo presidente ruso mul­tiplicó los gestos de buena voluntad hacia Washington tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Aceptó la instalación temporal de ba­ses estadounidenses en Asia Central y or­denó, en el mismo periodo, el cierre de las bases heredadas de la URSS en Cuba, así como la retirada de los soldados rusos presentes en Kosovo.

A cambio, Rusia pretendía que los oc­cidentales aceptaran la idea de que el es­pacio postsoviético, que Moscú define co­mo su “extranjero cercano”, entraba dentro de su esfera de responsabilidad.

Pero, mientras que las relaciones con Europa eran bastante buenas, especial­mente con Francia y Alemania, aumenta­ban los desencuentros con Estados Unidos.

En 2003, la invasión de Irak por las tropas estadounidenses sin el aval de la ONU supuso una nueva violación del de­recho internacional, denunciada por Pa­rís, Berlín y Moscú.

Esta oposición conjunta de las tres principales potencias de la Europa conti­nental confirmó los temores de Washin­gton respecto a los riesgos que un acerca­miento ruso-¬europeo supondría para la hegemonía estadounidense.

En los años posteriores, Estados Uni­dos anunció su intención de instalar ele­mentos de su escudo antimisiles en Eu­ropa del Este, contraviniendo el Acta Fundacional sobre Relaciones Mu­tuas, Cooperación y Seguridad Ru­sia-OTAN (firmada en 1997), que ga­rantizaba a Moscú que los occidentales no instalarían nuevas infraestructuras mili­tares permanentes en el Este.

Además, Washington ponía en cues­tión los acuerdos de desarme nuclear.

Temor legítimo o complejo de guerre­ro, Moscú percibe las revoluciones que se producen en el espacio postsoviético co­mo operaciones destinadas a instalar re­gímenes pro-occidentales a sus puertas.

En abril de 2008, Washington ejer­ció una fuerte presión sobre sus aliados europeos para que ratificaran el deseo de Georgia y Ucrania de incorporarse a la OTAN, a pesar de que la gran mayo­ría de los ucranios se oponía entonces a esa adhesión.

Al mismo tiempo, Estados Unidos im­pulsó el reconocimiento de la indepen­dencia de Kosovo, constituyendo una nueva violación del derecho internacio­nal, puesto que, en ese momento, jurídi­camente continuaba siendo una provin­cia serbia.

Cuando los occidentales abrieron la caja de Pandora del intervencionis­mo y del cuestionamiento de la intangi­bilidad de las fronteras en el continente europeo, Rusia respondió interviniendo militarmente en Georgia en 2008 y, más tarde, reconociendo las independencias de Osetia del Sur y Abjasia.

Con ello, el Kremlin señalaba que ha­ría todo lo posible para impedir una nue­va ampliación de la OTAN hacia el Este. Pero, al cuestionar la integridad territo­rial de Georgia, Rusia violaba a su vez el derecho internacional.

El resentimiento ruso ha llegado a un punto de no retorno con la crisis ucraniana. A finales de 2013, europeos y estadounidenses dieron su apoyo a las manifestaciones que condujeron al de­rrocamiento del presidente ucranio Vík­tor Yanukóvich, cuya elección en 2010 había sido reconocida por ajustarse a los estándares democráticos.

Para Moscú, los occidentales esta­ban apoyando un golpe de Estado pa­ra conseguir, a toda costa, la adhesión de Ucrania al campo occidental. Des­de entonces, el Kremlin presenta las in­jerencias rusas en Ucrania –la anexión de Crimea y el apoyo militar extraofi­cial a los separatistas del Donbass– como una respuesta legítima al golpe de fuerza pro-occidental en Kiev.

Las capitales occidentales, por su par­te, denuncian este hecho como un desa­fío sin precedentes al orden internacio­nal surgido tras la Guerra Fría.

La Unión Europea, lejos de impul­sar una distensión con Moscú, rechazó la idea misma de una reunión con el presi­dente ruso. Esta negativa al diálogo con­trasta con la actitud de los europeos ha­cia el otro gran vecino de la UE, Turquía.

A pesar de su activismo militar (ocu­pación de Chipre del Norte y de una parte del territorio sirio, envío de tropas a Irak, Libia y el Cáucaso), el régimen autorita­rio de Recep Tayyip Erdoğan, que tam­bién es aliado de Kiev, no es objeto de nin­guna sanción.

En el caso de Rusia, por el contrario, los europeos no tienen otra política más que la de amenazar regularmente con una nueva batería de sanciones, en función de las maniobras del Kremlin.

En cuanto a Ucrania, la política de la Unión queda reducida a repetir la doxa (opinión) de la OTAN de la puerta abierta, a pesar de que las principales capitales eu­ropeas, encabezadas por París y Berlín, ya hayan manifestado en el pasado su oposi­ción y no tengan intención de integrar a Ucrania en su alianza militar.

La crisis de las relaciones entre Ru­sia y Occidente demuestra que la segu­ridad del continente europeo no puede es­tar garantizada sin Rusia –y aún menos contra ella–.

Por el contrario, Washington se es­fuerza en promover esta exclusión, puesto que refuerza la hegemonía estadou­nidense en Europa. Por su parte, los eu­ropeos del oeste, con Francia a la cabe­za, han carecido de la visión y el coraje político necesarios para bloquear las ini­ciativas más provocadoras de Washington.

Los crímenes que se cometen; los abu­sos del poder; las muertes sin razón de hombres mujeres y niños; el uso de las armas a estas alturas del desarrollo de la Humanidad son estúpidas, inconcebi­bles y aberrantes.

Sin embargo, siempre es importante escuchar a las partes involucradas. SIEM­PRE es importante forjarse un criterio propio… porque SIEMPRE hay dos ca­ras de la misma moneda.

(*) Artículo basado en investigaciones en “Le Monde Diplomatique”.

Etiquetas: guerrarusiaUcrania

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