Mario Galeana
Los ayocotes son más viejos que las palabras. Los seres humanos los domesticaron hace unos 6 mil años, pero hasta que el tiempo arrojó su nombre sobre todas las cosas, en Mesoamérica comenzaron a llamarlos ayecohtli, una palabra náhuatl que significa frijol grande.
Los ayocotes son eso: frijoles grandes. Miden el triple que un frijol común y quizá tengan más colores que el arcoíris. Antes de hervirse, los granos pueden ser morados, cafés, amarillos, rojizos, negros, corales, pintos, moteados y violetas. Como si se tratara de un puño de arena de mar.
Desde hace muchos años, la gastronomía poblana los ha incorporado al festín de la Navidad como el complemento perfecto de los chipotles dulces rellenos.
Tiene sentido que sea aquí, sobre todo, donde se hayan convertido en una tradición.
La región centro-oriente de Puebla es la principal productora de ayocotes en todo el país, según reportes del gobierno federal. Hay 53 municipios donde se produce, como Quecholac, Ciudad Serdán, Acatzingo, Nopalucan, Santa Rita Tlahuapan y San Matías Tlalancaleca.
En la Mixteca, por ejemplo, suelen comerse junto a otra bebida prehispánica: el atole xoco, una bebida agria a base de maíz colorado picado.
Además de su producción local, la antropóloga culinaria Paola Vera Báez tiene otra hipótesis de por qué los ayocotes pudieron convertirse en un platillo tradicional navideño en Puebla: porque no son carne.
Hace menos de un siglo, la cena de Nochebuena y la cena de Navidad solían separarse por mandato de la Iglesia católica. Y una de las penitencias que se imponía en estas cenas era que no se comiera carne, como sucede en la temporada de Cuaresma.
Por eso muchos platillos navideños provienen de la tierra: los romeritos, los chipotles rellenos, la ensalada de manzana, el ponche, la sidra y los ayocotes son los platillos que se forjaron para cumplir con el mandato religioso.
Pero después del Concilio Vaticano II, una reunión mundial entre los líderes de la Iglesia celebrada en 1959, las cenas se unieron en una sola y se levantó esa medida tajante que prohibía la carne durante estos banquetes.
Los ayocotes, pese a todo, han persistido como fiel complemento de los chipotles rellenos de queso. Hoy se comen en caldo, enteros, con sardinas y tamales; cocidos con orégano, tomillo y laurel.
Una legumbre del pasado instalada en el presente.
VOLCANES
Un nacimiento monumental fue colocado por primera ocasión en el atrio de la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en la colonia Volcanes.
El vocero de la Arquidiócesis de Puebla, Francisco Martínez, explicó que la recreación de este pasaje de la historia es una tradición de la Iglesia católica que recuerda el natalicio de Jesucristo.
Además, exhortó a los poblanos a colocar la representación de esta escena en casa, como símbolo de fe y de cercanía con Dios.
ECUADOR
El pesebre gigante de la Catedral Metropolitana de Quito, Ecuador, es el más grande de Sudamérica en el interior de una iglesia. De sus mil 600 piezas, que se ubican en un área de 270 metro cuadrados, 600 tienen movimiento.
La atracción navideña –que es exhibida después de que fuera restaurada la torre del templo ecuatoriano– muestra varios episodios bíblicos: desde la anunciación del arcángel Gabriel a la Virgen María, hasta el nacimiento de Jesucristo. A la fecha, la representación ha recibido la visita de más de 60 mil personas.




