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El final del Universo

Crónica Puebla por Crónica Puebla
29 julio, 2022
en Opinión
El final del Universo
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Dr. José Manuel Nieto Jalil

Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Sur Tecnológico de Monterrey Campus Puebla

La mayoría de los científicos consideran que el Universo, en el que estamos, nació mediante una gran explosión inicial conocida como Teoría del Big Bang, hace unos 13 mil 800 millones de años, cuando aún no había estrellas ni galaxias, cuando el Universo empezaba a hacerse material

Diversas estimaciones realizadas por los científicos concuerdan que la edad del Uni­verso asciende a unos 13 mil 800 millones de años, es decir, el tiempo transcurrido a partir de la gran explosión o Big Bang, su enfriamiento y expansión hasta nuestros días. Según la teoría del Big Bang, la ma­teria era un punto infinitamente pequeño y de altísima densidad que, en un momen­to dado, explotó y se expandió en todas las direcciones, creando lo que conocemos co­mo nuestro Universo, lo que incluye tam­bién el espacio y el tiempo.

En los últimos años, los físicos teóri­cos han logrado reconstruir esta cronolo­gía de los hechos a partir de un 1/100 de segundo después del Big Bang. Después de la explosión, al tiempo que el Univer­so se expandía y se enfriaba lo suficiente, se formaron las primeras partículas su­batómicas: electrones, positrones, meso­nes, bariones, neutrinos, fotones, hasta las más de 90 partículas conocidas hoy en día; más tarde se formaron los átomos. Aquí la gravedad jugó un papel importan­te: debido a ella, la materia se fue agrupan­do hasta formar nubes de estos elemen­tos primordiales. Algunas crecieron tan­to que empezaron a surgir estrellas y for­maron galaxias.

Hoy en día la incertidumbre se ha re­ducido a 20 millones de años, basándose en una serie de diferentes estudios y que todos coincidieron en valores extremada­mente similares acerca de la edad del Uni­verso. Estos incluyen estudios de la radia­ción de fondo de microondas y mediciones realizadas por la nave espacial Planck, la sonda de anisotropía de microondas Wil­kinson y otras sondas.

Las mediciones de la radiación cósmi­ca de fondo nos permiten calcular el tiem­po de enfriamiento del universo desde el Big Bang.

En paralelo, las mediciones de la velo­cidad de expansión del Universo obteni­das pueden utilizarse para calcular la edad del Universo extrapolando hacia atrás en el tiempo.

Por otro lado, desde principio del siglo XX se pensó que el Universo se venía ex­pandiendo de forma uniforme como con­secuencia del Big Bang. Científicos como Albert Einstein, Edwin Hubble, Georges Lemaître; Stephen Hawking y George Ga­mow, por sólo citar algunos, reforzaron este concepto con sus teorías. En 1998 un equipo de investigadores australianos y estadounidenses descubrió, a través de la observación de supernovas distantes, que la expansión del Universo no era uni­forme, sino acelerada; es decir que, de for­ma inexplicable, el Universo crecía cada vez más deprisa.

Alguna clase de energía desconocida tenía que ser, por fuerza, la impulsora de esa aceleración sin freno a todas luces más poderosa que la energía gravitatoria de Newton. Los astrofísicos llamaron ener­gía oscura a las fuerzas que provocan esta expansión, pero todavía falta mucho por conocer sobre cómo funciona este pro­ceso. Las ecuaciones de Einstein indican que está compuesto en su mayor parte de energía oscura, la cual produce gravedad repulsiva.

A partir de ese momento surge la teoría del Big Rip (gran desgarramiento o Teo­ría de la Expansión Eterna) sobre el fin del Universo que asegura que, si el Universo contiene suficiente energía oscura que in­cremente de forma descontrolada el cre­cimiento de este, la gravedad irá poco a poco perdiendo fuerza, por lo que se pue­de llegar a un punto en que las galaxias se irán separando y luego perderán cohe­sión interna debido a que su gravedad no es lo suficiente fuerte como para mante­nerlas unidas.

Esto provocaría una cadena de acon­tecimientos que haría que las estrellas se desprendieran de sus galaxias, los plane­tas de sus estrellas y así hasta llegar a un punto en que hasta los propios átomos de­jarían de estar unidos.

El Universo que hemos estudiado y que conocemos quedará poblado por diferen­tes cuerpos celestes diseminados y la gra­vedad seguirá disminuyendo cada día más. Pronto, los propios cuerpos se des­garrarán, dejando lugar a elementos bá­sicos, que se irán simplificando hasta que no quede más que radiación, es decir, par­tículas subatómicas separadas entre sí.

El cumplimiento de esta hipótesis de­pende de calcular con gran exactitud la cantidad de energía oscura en el Univer­so. Si el Universo contiene suficiente ener­gía oscura, podría acabar con él. Según calculo, si se sobrepasa el valor crítico, pri­mero las galaxias se separarían entre sí, a mil millones de años del final. Luego la gravedad sería demasiado débil para man­tener integrada cada galaxia y, 60 millo­nes de años antes del fin, sólo habría estre­llas aisladas.

Aproximadamente tres meses antes del fin, los sistemas planetarios perderían su cohesión gravitatoria. En los últimos mi­nutos, se desbaratarían estrellas y plane­tas.

El Universo quedaría reducido a áto­mos, pero no se habría acabado todo. La interacción electromagnética no sería su­ficiente para mantener los átomos unidos y serían destruidos en los últimos 10-18 segundos antes del fin del espacio-tiempo y sólo quedaría radiación. El Universo se pa­recería al Big Bang pero casi infinitamen­te menos denso y en el cual el factor esca­lar sería infinito.

Los autores de esta hipótesis han cal­culado que el fin del Universo, tal como lo conocemos, demorará en producirse unos 130 mil millones de años, aproximada­mente 10 veces la edad actual del Univer­so. Pero vale la pena cuestionarse si los da­tos experimentales con que contamos en la actualidad se ajustan muy bien con el Big Rip y que ellos apuntan definitivamen­te a que ocurra el fin del Universo.

La NASA y agencias espaciales de va­rios países tienen la mira puesta en los da­tos que se puedan obtener de dos impor­tantes telescopios, primeramente, en el te­lescopio James Webb lanzado el pasado di­ciembre. Los datos ya recopilados y los fu­turos permitirán incrementar una amplia gama de investigaciones en los campos de la astronomía y la cosmología, donde uno de sus principales objetivos es observar al­gunos de los eventos y objetos más distan­tes del Universo, como la formación de las primeras galaxias.

En segundo lugar, el telescopio Roman Nancy Grace de la NASA, con lanzamien­to previsto para el 2027. Aunque la NA­SA no haya finalizado el diseño de la mi­sión del telescopio Roman, pone muchas expectativas en él debido que uno de sus objetivos centrales es investigar la expan­sión del Universo y la aceleración cósmica desde sus inicios con múltiples métodos, con el objetivo de medir con precisión los efectos de la energía oscura, la consisten­cia de la relatividad general, y la curvatu­ra del espacio-tiempo y poder investigar el destino final del Universo.

Etiquetas: NASARomantelescopiouniverso

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